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viernes, 22 de febrero de 2019

LA NATIVIDAD DE LA STMA. VIRGEN Y SU GLORIOSO TRÁNSITO Y ASUNCIÓN AL CIELO en los Escritos de Luisa Piccarreta y de María Valtorta

LA NATIVIDAD DE LA STMA. VIRGEN Y SU GLORIOSO TRÁNSITO Y ASUNCIÓN AL CIELO en los Escritos de Luisa Piccarreta y de María Valtorta “¿…Quieres tú saber cuál es el prodigio más grande que hemos hecho en esta criatura tan santa y el heroísmo más grande de tan bella criatura, que jamás nadie, nadie podrá igualar? Su vida la empezó con nuestra Voluntad, la continuó y le dió cumplimiento, de manera que se puede decir que le dió cumplimiento desde que la comenzó y comenzó desde donde le dió cumplimiento.” (Del Diario autobiográfico de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, volumen 17°, 8-12-1924) “Hija de mi Corazón, mi nacimiento fue prodigioso; ningún otro nacimiento puede decirse que sea semejante al mío. Yo contenía en mí el Cielo, el Sol de la Divina Voluntad y también la tierra de mi humanidad, tierra bendita y santa que producía las más bellas floraciones, y aunque era apenas recién nacida, Yo poseía el prodigio de los prodigios: el Querer Divino que reinaba en mí, el cual formaba en mí un Cielo más hermoso, un Sol más refulgente de el de la Creación, de la cual Yo era la Reina, incluído también un mar de gracias sin límites, que murmuraba siempre amor, amor a mi Creador. Por eso mi nacimiento fue la verdadera alba que pone en fuga la noche del querer humano, y a medida que iba Yo creciendo, así iba formando la aurora y llamaba al día esplendorosísimo para hacer surgir el Sol del Verbo Eterno sobre la tierra. Hija mía, ven a mi cuna a escuchar a tu Mamá pequeñita. Apenas hube nacido, abrí los ojos para ver este bajo mundo, para ir en busca de todos mis hijos y meterlos en mi Corazón, para darles mi materno amor y, engendrándolos a una nueva vida de amor y de gracia, hacer que pudieran entrar en el reino del FIAT Divino, que Yo poseía. Quise hacer de Reina y de Madre, metiendolos en mi Corazón para ponerlos a todos a salvo y darles el gran don del Reino divino. En mi Corazón tenía espacio para todos, porque para el que posee la Divina Voluntad no hay estrecheces, sino anchuras infinitas. Así que te miré a tí también, hija mía, nadie se me escapó, y como aquel día todos festejaron mi nacimiento, también para mí fue fiesta. Pero al abrir los ojos a la luz tuve el dolor de ver las criaturas sumidas en la densa noche del querer humano. ¡Oh, en qué abismo de tinieblas se halla la criatura que se deja dominar por su voluntad! Esa es la verdadera noche, pero noche sin estrellas, al máximo con algún relámpago fugaz, fácilmente seguido por truenos, que retumbando hacen aún más densas las tinieblas y descargan la tempestad sobre la pobre criatura, tempestad de temores, de debilidades, de peligros, de caídas en el mal. Mi Corazoncito se sintió traspasado al ver a mis hijos en esa horrible tempestad, en que los había sumido la noche del querer humano. Por tanto, escucha a tu Mamá: aún estoy en la cuna, soy pequeñita; mira mis lágrimas, que derramo por tí. Cada vez que haces tu voluntad formas una noche para tí, y si supieras cuánto daño te hace esa noche, llorarías conmigo. Te hace perder la luz del día del Querer Santo, te hacer volcar, te paraliza en el bien, te interrumpe el verdadero amor y te hace una pobre enferma a la que le faltan las cosas necesarias para curarse. Ah, hija mía, hija querida, óyeme, no hagas nunca tu voluntad, dáme palabra de que acontentarás a tu Mamita”. (Luisa Piccarreta, “La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad”, 10° día) “¿Pero sabes tú qué fue lo primero que hizo esta noble Reina cuando, al salir del seno materno, abrió los ojos a la luz de este bajo mundo? Al nacer, los Angeles le cantaron la canción de cuna a la Niña Celestial; Ella quedó arrobada y su alma tan bella salió de su cuerpecito, acompañada por multitudes de Angeles, y recorrió Cielos y tierra, yendo a recoger todo el amor que Dios había derramado en toda la Creación, y penetrando en el Paraíso vino a los pies de Nuestro trono a 2 ofrecernos la correspondencia de amor de todo lo creado y pronunció su primer “gracias” en nombre de todos. Oh, cómo Nos sentimos felices al oír el “gracias” de esta Niñita Reina, y le confirmamos todas las gracias, todos los dones, haciéndole superar a todas las demás criaturas reunidas juntas. A continuación, lanzándose a nuestros brazos, se sumergió en nuestras delicias, nadando en el piélago de todos los contentos, quedando embellecida con nueva belleza, nueva luz y nuevo amor; suplicó de nuevo por el género humano, suplicándonos con lágrimas que bajara el Verbo Eterno para salvar a sus hermanos. Pero mientras hacía así, nuestro Querer le hizo saber que bajara a la tierra, y Ella enseguida dejó nuestros contentos y gozos y se fue, para hacer... ¿qué cosa? Nuestro Querer. ¡Qué potente atracción tenía nuestro Querer, habitante en la tierra en esta Reina recién nacida! Ya no Nos parecía extraña la tierra, ya no éramos capaces de flagelarla haciendo uso de nuestra Justicia; teníamos la Potencia de nuestra Voluntad, que en esta Niña inocente Nos sujetaba los brazos, Nos sonreía desde la tierra y convertía la Justicia en gracias y en dulce sonrisa, tanto que, no pudiendo resistir al dulce encanto, el Verbo Eterno apresuró su curso. ¡Oh prodigio de mi Querer Divino, a Tí se debe todo, por Tí se cumple todo, y no hay prodigio más grande que mi Querer habitante en la criatura!” (Luisa Piccarreta, volumen 15°, 8-12-1922) Desde el comienzo de su vida María es la Inmaculada y la Llena de Gracia (Cfr. Gén. 3,15; Lc. 1,28-30). Desde el primer instante de su vida, María, siendo sin mancha de pecado, no heredó ninguna de sus consecuencias (es decir, además de la pérdida de la Gracia, la pérdida de los dones preternaturales): - María no se vió privada del uso de razón, como todos nosotros, ni siquiera por un instante (Cfr. Sab. 1,4). - María fue preservada de la concupiscencia, de las desordinadas inclinaciones del apetito sensitivo (Gén. 3,16). - María fue inmune de enfermedades, debilidades físicas, achaques, envejecimiento y, por último, de la muerte, en que desemboca todo lo demás (Cfr. Gén. 3,19; Sab. 2,23-24). No habiendo muerte espiritual en Jesús y María, no podían ser tocados por el dolor y la muerte corporal, pero si los experimentaron, fue libremente, por motivo de nuestra Redención. “Yo nunca supe lo que es enfermedad ni la más ligera indisposición; a mi naturaleza concebida sin pecado, que vivió sólo de Voluntad Divina, le faltaba el gérmen de los males naturales. Si las penas me cortejaron tanto, fueron todas de orden sobrenatural, y esas penas fueron para tu Madre Celestial triunfos y honores y me daban ocasión de hacer que mi maternidad no fuera esteril, sino conquistadora de muchos hijos. Ya ves, hija querida, lo que significa vivir de Voluntad Divina: perder el gérmen de los males naturales, que no producen honores y triunfos, sino debilidades, miserias y derrotas”. (“La Virgen María…”, 31° día) Al final de su vida, no tocada por achaques, vejez o muerte (por el hecho de ser la Inmaculada), “enferma de amor” irresistible (Cant. 5,8), María “se durmió”. La “Dormición”, celebrada por los cristianos orientales, que conservan esta tradición viva, no es lo mismo que la muerte. ¿Es posible intentar una reflexión teológica? ¿María murió, sí o no? El Magisterio de la Iglesia no se ha pronunciado cuando ha proclamado el dogma de la Asunción de María. Veamos una página del P. Gabriel M. Roschini, OSM. (“La Stma. Virgen en los escritos de María Valtorta”, pag. 234-236, en italiano): ¿Fue verdadera muerte? – Pío XII… al definir dogma de fe la Asunción de María Stma. en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, intencionadamente quiso prescindir de la muerte y resurrección. Al final de la vita terrena de María Stma. tuvo lugar una verdadera separación. Sin embargo hay que tener en cuenta que hay dos separaciones: la del alma del cuerpo (muerte propiamente dicha, con corrupción) y la del espíritu que se separa momentáneamente del cuerpo y del alma vivificante (muerte impropiamente dicha, sin corrupción). 3 «Hay diferencia [–leemos en los escritos de María Valtorta–] entre la separación del alma del cuerpo por muerte real, y la momentánea separación del espíritu del cuerpo y del alma vivificante por éxtasis o arrobamiento contemplativo. Mientras que la separación del alma del cuerpo provoca la verdadera muerte, la contemplación estática, o sea la momentánea evasión del espíritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no causa la muerte. Y eso es porque el alma no se separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace sólo con su parte mejor, que se sumerje en el fuego de la contemplación» (El Hombre Dios, vol. X, p. 354, en italiano). (…) Dicho lo cual, hay que decir que la muerte de María Stma. no fue una verdadera muerte: «“¿Yo morí? [–se pregunta la Virgen–]. Sí, si se quiere llamar muerte a la separación de la parte electa del espíritu del cuerpo. No, si por muerte se entiende la separación del alma vivificante del cuerpo, la corrupción de la materia que ya no es vivificada por el alma, y antes la lobreguez del sepulcro, y antes que todo eso la angustia de la muerte. ¿Cómo morí, o mejor dicho: cómo pasé de la Tierra al Cielo, primero con la parte inmortal [el espíritu] y luego con la perecedera? Como era justo para la que no conoció mancha de culpa”.» (ibid., p. 347). Y en una nota el Autor añade: En otro lugar la piadosa Vidente dice (refiriendo las palabras de Jesús): «Una tradición dice que en la tumba di María, que Tomás abrió, se encontraron sólo flores. Es pura leyenda. Ningún sepulcro encerró el cadaver de María, porque nunca hubo un cadaver de María, según el sentido humano, ya que María no murió como muere quienquiera que tenga vida. Ella se había separado solamente, por decreto divino, del espíritu, y con el mismo, que la había precedido, se reunió su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las que el éxtasis termina cuando cesa el arrobamiento, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de María el que volvió a unirse a su espíritu, tras una larga pausa en el lecho fúnebre. Todo es posible para Dios. Yo salí del Sepolcro sin más ayuda que mi poder. María vino a Mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de putrefacción y lobreguez. Es uno de los milagros más estupendos de Dios. No único, en verdad, si recordamos a Henoc y Elías, que amados por el Señor, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte y llevados a otro lugar, conocido sólo por Dios y por los celestiales habitantes de los Cielos. Eran justos, pero siempre nada en comparación con mi Madre, inferior en santidad sólo a Dios. Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María. Porque María no tuvo sepulcro y su cuerpo fue llevado al Cielo.» (Poema del Hombre-Dios, vol. X, p. 350-351). Por la Sagrada Escritura sabemos que la muerte ha entrado en el mundo como consecuencia del pecado (cfr. Gén. 3,19; Sab. 2,23-24; Rom. 5,12-21). Si Jesús murió –ofreciendo la vida por su libre voluntad (Jn.10,17-18), por motivo de Redención–, ¿por qué no tenía que imitarlo María también en ésto? ¿Entonces María murió? Sí, estando al pie de la Cruz. Hizo totalmente suya la muerte de su Hijo, como había hecho suya toda la vida del Hijo. ¿Y al final de su vida terrena? Fue tránsito, fue dormición, seguida al tercer día por la Asunción en Alma y Cuerpo glorificado al Cielo (Cfr. Cant. 5,2-8; 2,10-14; 8,5; Apoc.11, 19 y 21,1). Por lo demás, San Pablo dice en la 1ª Tes. 5,23: “El Dios de la paz os santifique hasta la perfección, y todo lo que es vuestro: espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprensible para la venida del Señor nuestro Jesucristo”. Veamos por último dos páginas del diario de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta: «… He sentido que me salía afuera de mí misma, en la bóveda de los cielos, junto con mi amante Jesús. Parecía como si todo estuviera de fiesta, el Cielo, la tierra y el purgatorio; todos estaban inundados por una nueva alegría y júbilo. Muchas almas salían del purgatorio y como relámpagos llegaban al Cielo, para asistir a la fiesta de nuestra Reina y Madre. También yo me abría paso en medio de aquella enorme multitud de Angeles, Santos y almas del purgatorio que ocupaban ese nuevo Cielo, tan inmenso que, comparado con él, el otro nuestro que vemos me parecía un pequeño agujero; a mayor razón, que el Confesor me había dado permiso. Pero mientras trataba de mirar, no veía más que un Sol luminosísimo que derramaba rayos, que me penetraban por todas partes, y me volvía como un cristal, tanto que se notaban muy bien las más pequeñas manchas y la infinita distancia que hay entre el Creador y la criatura, pues cada uno de esos rayos tenía su propio matíz: uno manifestaba la santidad de Dios, otro su pureza, 4 otro su poder, otro su sabiduría y todas las demás virtudes y atributos de Dios. Así el alma, viendo su propia nada, sus miserias y su pobreza, se sentía anonadada y, en vez de mirar, se postraba en el suelo ante aquel Sol Eterno, al que nadie puede hacer frente. Lo más sorprendente era que para ver la fiesta de nuestra Madre y Reina, había que mirar desde dentro de aquel Sol, pues la Stma. Virgen parecía tan sumergida en Dios, que mirando desde otros puntos no se veía nada. (…) “Sólo y único Tesoro mío, ni siquiera me has dejado ver la fiesta de nuestra Reina y Madre, ni oír los primeros cánticos que le cantaron los Angeles y los Santos cuando entró en el Paraíso”. Y Jesús: “El primer cántico que le hicieron a mi Mamá fue el Ave María, pues en el Ave María están las alabanzas más bellas, los honores más grandes, y se le renueva el gozo que sintió al ser hecha Madre de Dios; por tanto, digámosla juntos para agasajarla, y cuando tú vengas al Paraíso te la haré encontrar, como si la hubieras dicho con los Angeles por primera vez en el Cielo”. Y así he dicho con Jesús la primera parte del Ave María. ¡Oh, qué tierno y conmovedor era saludar a nuestra Madre Stma. junto con su amado Hijo! Cada palabra que El decía daba una luz inmensa en la que se comprendían muchas cosas sobre la Stma. Virgen; ¿pero quién podrá decir todo, mucho más que soy tan incapaz? Por eso lo paso en silencio.» (vol. 2°, 15-8-1899) «Después de eso estaba pensando en la fiesta de mi Mamá Celestial en su Asunción al Cielo, y mi dulce Jesús con un acento tierno y conmovedor ha añadido: “Hija mía, el verdadero nombre de esta fiesta con que debería llamarse es la fiesta de la Divina Voluntad. La voluntad humana fue la que cerró el Cielo, la que rompió los vínculos con su Creador, la que hizo aparecer las miserias y el dolor, la que puso fin a las fiestas que la criatura debía de gozar en el Cielo. Pues bien, esta criatura, Reina de todos, haciendo siempre y en todo la Voluntad del Eterno –es más, se puede decir que su vida fue solamente la Voluntad Divina– abrió el Cielo, se vinculó con el Eterno e hizo que en el Cielo volvieran las fiestas con la criatura. Cada acto que hacía en la Voluntad Suprema era una fiesta que comenzaba en el Cielo, eran soles que formaba para adornar esa fiesta, eran músicas que hacía llegar para alegrar la Jerusalén Celestial, de manera que la verdadera causa de esta fiesta es la Voluntad Eterna operante y realizada en mi Madre Celestial, que obró tales prodigios en Ella, que asombró Cielos y tierra, encadenó al Eterno con los lazos indisolubles del amor y raptó al Verbo incluso en su seno. Los mismos Angeles, raptados, repetían entre ellos: «¿De dónde viene tanta gloria, tanto honor, tanta grandeza y prodigios nunca vistos en esta excelsa Criatura? Y sin embargo viene del exilio». Y atónitos reconocían la Voluntad de su Creador operante y como Vida en Ella, y estremeciéndose decían: «¡Santa, Santa, Santa! ¡Honor y gloria a la Voluntad de nuestro Soberano Señor, y gloria a la tres veces Santa, Aquella que ha hecho obrar esta Suprema Voluntad». Así que es sobre todo mi Voluntad la que fue y es festejada el día de la Asunción al Cielo de mi Madre Santísima. Fue solamente mi Voluntad la que La hizo subir tan alto, que la distinguió entre todos; todo lo demás habría sido como nada, si no hubiera poseído el prodigio de mi Querer. Fue mi Voluntad la que Le dió la Fecundidad Divina y La hizo Madre del Verbo, fue mi Voluntad la que Le hizo ver y abrazar a todas las criaturas juntas, haciéndola Madre de todos y amando a todos con un amor de Maternidad Divina, y haciéndola Reina de todos Le hacía imperar y dominar. Así pues, ese día mi Voluntad recibió los primeros honores, la gloria y el fruto abundante de su trabajo en la Creación, y empezó su Fiesta ininterrumpida para glorificar lo que hace en mi Madre querida. Y aunque el Cielo fue abierto por Mí y muchos Santos ya poseían la Patria Celestial cuando la Reina fue llevada al Cielo, sin embargo la causa primaria era precisamente Ella, que en todo había cumplido la Suprema Voluntad, y por eso esperaron a la que tanto la había honrado y que contenía el verdadero prodigio de la Santísima Voluntad, para hacerle la primera fiesta al Supremo Querer. ¡Oh, cómo ensalzaba todo el Cielo, bendecía y alababa a la Eterna Voluntad, cuando vió entrar en el Empíreo a esta sublime Reina, en medio de la corte celestial, toda rodeada por el Sol Eterno del Querer Supremo! La veían toda refulgente con la potencia del ‘Fiat’ Supremo; no había habido en Ella ni siquiera un latido en que no estuviera impreso ese ‘Fiat’, y asombrados La miraban y Le decían: «Sube, sube más alto; es justo que la que tanto ha honrado el ‘Fiat’ Supremo, por medio del cual estamos nosotros en la Patria Celestial, tenga el trono más alto y sea nuestra Reina». Y el honor más grande que recibió mi Madre fue ver glorificada la Divina Voluntad”.» (vol.18°, 15-8-1925). 

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