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sábado, 23 de febrero de 2019

LA STMA. VIRGEN EN LOS ESCRITOS DE LUISA PICCARRETA

Selección de textos tomados de los primeros 19 Volúmenes de su diario
(los que recibieron el “Nihil obstat” de su Confesor extraordinario,
San Aníbal María Di Francia, censor oficial de sus escritos,
y el “Imprimatur” de su Arzobispo, Mons. Giuseppe María Leo)
.PRIMera PARTE.
Presentados por el P. Pablo Martín

Todo lo que Nuestro Señor dice a Luisa
respecto a su Madre Santísima
se puede resumir en la misión única de María como Madre de Dios,
en el oficio –derivado de la misión– de Corredentora y Madre nuestra,
y en las condiciones necesarias para que María pudiera cumplir bien
ambas cosas. El Señor se lo explica para hacerle comprender
su propio oficio como “Víctima” y de ahí su propia misión –igualmente única–
de dar comienzo en la tierra al Reino del Querer Divino.
Es decir, que todo lo que Jesús explica de su Madre
es en función de lo que Luisa está recibiendo y de lo que ella tiene que hacer.
Para comprender bien el sentido de fe de Luisa, antes de leer sus páginas,
asistamos a este inocente diálogo de amor entre Jesús, la Madre Celestial y ella:
“Siento que Lo amo sólo a El, tanto que sin Tí sé estar, pero no sin Jesús;
y a Tí no Te desagrada, verdad, porque sabes y quieres que,
entre todos, yo ame más a Jesús”.
(10° Volumen, 19-10-1911)
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LA STMA. VIRGEN EN LOS ESCRITOS DE
LUISA PICCARRETA
1 - El Reino de la paz se halla en el Corazón de María.
“Mi Reino estuvo en el Corazón de mi Madre, y eso fue porque su Corazón nunca estuvo
agitado en lo más mínimo, tanto que en el mar inmenso de la Pasión sufrió penas indecibles,
su Corazón fue traspasado de parte a parte por la espada del dolor, pero no recibió el mínimo
aliento de turbación. Por lo tanto, siendo mi Reino un reino de paz, pude extenderlo en Ella y
sin obstáculo alguno libremente reinar”. (2° Volumen, 4-7-1899)
2 - La fiesta de la Asunción en el Cielo y el “Ave María”.
…He sentido que me salía afuera de mí misma, en la bóveda de los cielos, junto con mi amante
Jesús. Parecía como si todo estuviera de fiesta, el Cielo, la tierra y el purgatorio; todos estaban
inundados por una nueva alegría y júbilo. Muchas almas salían del purgatorio y como relámpagos
llegaban al Cielo, para asistir a la fiesta de nuestra Reina y Madre. También yo me abría paso en
medio de aquella enorme multitud de Angeles, Santos y almas del purgatorio que ocupaban ese nuevo
Cielo, tan inmenso que, comparado con él, el otro nuestro que vemos me parecía un pequeño agujero;
a mayor razón, que el Confesor me había dado permiso. Pero mientras trataba de mirar, no veía más
que un Sol luminosísimo que derramaba rayos, que me penetraban por todas partes, y me volvía como
un cristal, tanto que se notaban muy bien las más pequeñas manchas y la infinita distancia que hay
entre el Creador y la criatura, pues cada uno de esos rayos tenía su propio matíz: uno manifestaba la
santidad de Dios, otro su pureza, otro su poder, otro su sabiduría y todas las demás virtudes y atributos
de Dios. Así el alma, viendo su propia nada, sus miserias y su pobreza, se sentía anonadada y, en vez
de mirar, se postraba en el suelo ante aquel Sol Eterno, al que nadie puede hacer frente. Lo más
sorprendente era que para ver la fiesta de nuestra Madre y Reina, había que mirar desde dentro de
aquel Sol, pues la Stma. Virgen parecía tan sumergida en Dios, que mirando desde otros puntos no se
veía nada. (…)
…“Sólo y único Tesoro mío, ni siquiera me has dejado ver la fiesta de nuestra Reina y Madre, ni
oír los primeros cánticos que le cantaron los Angeles y los Santos cuando entró en el Paraíso”.
Y Jesús: “El primer cántico que le hicieron a mi Mamá fue el Ave María, pues en el Ave
María se encuentran las alabanzas más bellas, los honores más grandes, y se le renueva el
gozo que sintió al ser hecha Madre de Dios; por tanto, digámosla juntos para agasajarla, y
cuando tú vengas al Paraíso te la haré encontrar, como si la hubieras dicho con los Angeles
por primera vez en el Cielo”.
Y así he dicho con Jesús la primera parte del Ave María.
¡Oh, qué tierno y conmovedor era saludar a nuestra Madre Stma. junto con su amado Hijo! Cada
palabra que El decía daba una luz inmensa en la que se comprendían muchas cosas sobre la Stma.
Virgen; ¿pero quién podrá decirlas todas, mucho más que soy tan incapaz? Por eso las paso en
silencio. (2°, 15-8-1899)
3 - Lo que Jesús es por naturaleza propia, María lo es por gracia.
… Después he mirado su bellísimo Rostro y en mi interior sentía un contento indescriptible, y
dirigiéndome a El he dicho: “Dulcísimo Amor mío, ¡soy yo y siento un gusto tan grande al
contemplarte! ¿Qué gusto habrá sentido nuestra Mamá y Reina, cuando Te encerraste en sus
purísimas entrañas? ¿Cuáles gozos y gracias no le habrás concedido?”
Y El: “Hija mía, fueron tales y tantas las delicias y las gracias que derramé en Ella, que
basta decirte que lo que Yo soy por naturaleza, nuestra Madre lo fue por gracia; a mayor
motivo que, no habiendo culpa en Ella, mi Gracia pudo dominarla libremente, de modo que de
mi Ser no hay cosa alguna, que no le concedí a Ella”.
En ese momento me parecía ver a nuestra Reina y Madre como si fuera otro Dios, con esta sola
diferencia: que en Dios es su propia naturaleza, en María Santísima es gracia obtenida. ¿Quién podrá
decir mi asombro? ¿Cómo se perdía mi mente viendo un portento de gracia tan prodigioso? Así que,
dirigiéndome a El, Le he dicho: “Querido Bien mío, nuestra Madre alcanzó tanto bien porque Te
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mostrabas intuitivamente. Yo quisiera saber: ¿a mí cómo Te muestras, con visión abstractiva o
intuitiva? ¡Quién sabe si será abstractiva!”.
Y El: “Quiero hacerte comprender la diferencia que hay entre una y otra. En la abstractiva
el alma contempla a Dios, en la intuitiva entra en El y obtiene las gracias, o sea, recibe en sí la
participación del Ser Divino. ¿Y tú cuántas veces no has participado de mi Ser?…” (2°, 26-9-
1899)
4 - El Corazón de María y el Corazón de Jesús.
Esta mañana he recibido la Comunión y, encontrándome con Jesús, estaba presente la Mamá y
Reina y, oh, qué maravilla, miraba a la Madre y veía el Corazón de Ella convertido en el Niño Jesús,
miraba al Hijo y veía en el Corazón del Niño a la Madre… (3°, 6-1-1900)
5 - La aflicción de María.
“Por ahora no te ocupes de Mí, sino ocúpate, por favor, de mi Mamá; consuélala, que está
muy afligida por los castigos más fuertes que estoy a punto de derramar sobre la tierra”. (4°,
30-9-1900)
6 - El Nacimiento de Jesús.
Encontrándome en mi habitual estado, me he sentido afuera de mí misma y después de dar vueltas
me he hallado dentro de una cueva y he visto a la Reina Mamá, en el acto de dar a luz al Niño Jesús.
¡Qué extraordinario prodigio! Me parecía que tanto la Madre como el Hijo se hubieran transformado
en luz purísima, pero en esa luz se distinguía muy bien la naturaleza humana de Jesús, que contenía en
sí a la Divinidad y le servía como de velo para cubrirla, de modo que rompiendo el velo de la
naturaleza humana era Dios, y cubierto con ese velo era hombre; y ese era el prodigio de los
prodigios: Dios y hombre, hombre y Dios, que sin dejar al Padre y al Espíritu Santo viene a habitar
con nosotros y asume carne humana, pues el verdadero amor nunca se separa. Entonces me ha
parecido que la Madre y el Hijo en ese dichosísimo instante se han vuelto como espiritualizados, y sin
el menor obstáculo Jesús ha salido del seno materno, desbordándose ambos en un exceso de amor, o
sea, transformados en Luz aquellos santísimos cuerpos, sin el menor impedimento, Jesús Luz ha
brotado de dentro de la luz de la Madre, quedando sanos e intactos tanto El como Ella, volviendo
después al estado natural. ¿Pero quién podrá decir la belleza del Niñito, que en el momento en que
nacía derramaba aun externamente los rayos de su Divinidad? ¿Quién podrá decir la belleza de la
Madre, que quedaba toda ella absorbida en esos rayos divinos?
¿Y San José? Me parecía que no estaba presente en el parto, sino que estaba en otro rincón de la
cueva, todo absorto en aquel profundo Misterio, y si no vio con los ojos del cuerpo, vio muy bien con
los ojos del alma, porque estaba arrobado en éxtasis sublime. (4°, 25-12-1900)
7 - El prodigio de vivir con el Divino Niño.
Continuaba viendo el Santo Niño y veía a la Reina Madre a un lado y a San José al otro lado, que
estaban adorando profundamente al divino Niño. Estando totalmente atentos a El, me parecía que la
continua presencia del Niñito los tenía absortos en éxtasis continuo, y si hacían algo era un prodigio
que el Señor realizaba en ellos, de lo contrario habrían quedado inmóviles, sin poder externamente
cumplir sus deberes. (4°, 26-12-1900)
8 - El motivo de la aflicción de María.
Continuando mi estado de privación, esta mañana parece que Lo he visto un poco, junto con la
Reina Madre, y estando Jesús con la corona de espinas, se la he quitado, compadeciéndolo; y mientras
lo hacía me ha dicho: “Compadece también a mi Madre, porque siendo mi padecer el motivo de
sus dolores, compadeciéndola a Ella, Me compadeces a Mí”. (4°, 5-4-1901)
9 - El secreto de María.
“Hija mía, ven conmigo y encontrarás el camino y a Jesús; más aún, quiero enseñarte el
secreto para poder estar siempre con Jesús y vivir siempre contenta y felíz, aun en este mundo;
o sea, fija en tu interno que sólo Jesús y tú estais en el mundo, y nadie más a quien tengas que
agradar, complacer y amar, y que sólo de El tienes que esperar ser amada y acontentada en
todo. Estando así Jesús y tú, ya no te importará si te verás rodeada de desprecios o de alabanzas,
de familiares o de extraños, de amigos o enemigos. Sólo Jesús será todo tu contento y
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El sólo te bastará para todo. Hija mía, mientras que todo lo que existe aquí abajo no desaparezca
del todo para el alma, no puede hallar el verdadero y perpetuo contento”. (4°, 21-8-1901)
10 - La Stma. Trinidad y María.
…Veía ante mí una luz interminable y comprendía que en esa Luz moraba la Stma. Trinidad, y a la
vez veía ante esa Luz a la Mamá Reina, que quedaba toda absorbida por la Stma. Trinidad, y Ella
absorbía en sí a las Tres Divinas Personas, de tal modo que quedaba enriquecida con las tres
características propias de la Trinidad Sacrosanta, o sea, la Potencia, la Sabiduría, la Caridad; y así
como Dios ama al género humano como parto suyo y como una partícula que ha salido de El, y desea
ardientemente que esta parte de Sí mismo vuelva a El, así la Mamá Reina, tomando parte en ésto, ama
al género humano con amor incontenible. (4°, 26-1-1902)
11 - Los dolores de María se han convertido en gracia y gloria para todos.
Hallándome en mi habitual estado, ha venido la Reina Madre y me ha dicho: “Hija mía, mis
dolores, como dicen los profetas, fueron un mar de dolores, que en el Cielo se han vuelto un mar
de gloria; y cada dolor mío ha producido otros tantos tesoros de gracia; y así como en la tierra
Me lleman Estrella del mar, con con seguridad conduce al puerto, así en el Cielo Me llaman
Estrella de luz para todos los bienaventurados, de modo que son recreados por esta luz que Me
produjeron mis dolores”. (4°, 24-2-1902)
12 - “El Señor es contigo”.
“Amada mía, las palabras más deseables y que más consuelan a mi Madre, son el
«Dominus Tecum», porque apenas las pronunció el Arcángel, sintió que se le comunicaba
todo el Ser Divino y se sintió llena del divino Poder, de forma que el suyo desvaneció ante el
Poder divino, y mi Madre quedó con el Poder divino en sus manos”. (4°, 10-1-1903)
13 - La adoración de María en su encuentro con Jesús en la Vía Dolorosa.
Continuando mi habitual estado, por unos instantes he visto a Jesús bendito con la cruz a cuestas, en
el momento de encontrarse con su Santísima Madre, y yo Le he dicho: “Señor, ¿qué hizo tu Madre
en este encuentro dolorosísimo?”
Y El: “Hija mía, no hizo sino un acto de adoración profundísimo e sencillísimo, y como el
acto, cuanto más sencillo es, más fácil resulta para unirse con Dios, Espíritu infinitamente
simple, por eso, en ese acto se infundió en Mí y siguió haciendo lo que Yo mismo hacía en mi
interior; lo cual Me resultó súmamente agradable, más que si Me hubiera hecho cualquier otra
cosa más grande, porque el verdadero espíritu de adoración consiste en ésto: que la criatura
se pierda a sí misma y se halle en el ambiente divino, y que adore todo lo que hace Dios,
uniéndose con El. ¿Crees tú que sea verdadera adoración la que con la boca adora y con la
mente está en otra cosa? ¿O sea, la mente adora y la voluntad está lejos de Mí? ¿O que una
potencia Me adora y las otras estan del todo desordenadas? No, Yo quiero todo para Mí y
todo lo que le he dado, en Mí, y ese es el acto más grande de culto, de adoración, que la
criatura puede hacerme.” (6°, 17-12-1903)
14 - Los siete dolores de María son siete canales de Gracia para todos.
Esta mañana me he encontrado afuera de mí misma y, mirando la bóveda del cielo, veía siete soles
súmamente resplandecientes, cuya forma era diferente del sol que nosotros vemos; empezaban en
forma de cruz y acababan en punta, y esa punta estaba dentro de un corazón. En un primer momento
no se veía bien, porque la luz de estos soles era tanta que no dejaba ver quien estaba dentro, pero
cuanto más me acercaba, tanto más se distinguía que dentro estaba la Mamá Reina…
Luego, acercándose a mí, con toda bondad me ha dicho: “Hija mía, ánimo en el camino del
dolor. ¿Ves estos siete soles que salen de dentro de mi corazón? Son mis siete dolores, que Me
produjeron tanta gloria y esplendor. Estos soles, fruto de mis dolores, hieren continuamente
como flechas el trono de la Santísima Trinidad, la cual, sintiéndose herida, Me manda continuamente
siete canales de gracia, de los que Me hace dueña, y Yo los dispongo para gloria de
todo el Cielo, como alivio de las almas del purgatorio y en favor de todos los viadores (los que
que aún van de camino, los peregrinos) de la tierra.” (6°, 21-12-1903)
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15 - En la Pasión, Jesús le daba todo a su Madre y María le daba todo a su Hijo.
“… En el tiempo de mi Pasión tuve a mi queridísima Madre y, mientras la hacía partícipe
de todas mis penas y de todos mis bienes, Ella, como criatura, estaba atentísima en reunir en
sí todo lo que Me habrían hecho las criaturas, de forma que Yo hallaba en Ella toda mi
satisfacción y toda la gratitud, el agradecimiento, la alabanza, la reparación, la correspondencia
que habría tenido que encontrar en todos los demás…” (6°, 4-9-1905)
16 - Cómo podemos participar en los bienes y en los méritos
de los siete dolores de María.
"Todos pueden tomar parte en los méritos y en los bienes que fueron fruto de los dolores
de mi Madre. El que de antemano se pone en manos de la Providencia, ofreciéndose a sufrir
cualquier clase de penas, miserias, enfermedades, calumnia y todo lo que el Señor quiera
disponer de él, toma parte en el primer dolor de la profecía de Simeón. El que actualmente
está sufriendo y está resignado, se mantiene más estrechado a Mí y no Me ofende, y como si
Me salvase de manos de Herodes, sano y salvo Me protege en el Egipto de su corazón,
participa por lo tanto al segundo dolor. El que se siente abatido, árido y privado de mi
presencia, y sin embargo sigue fiel y firme en sus habituales tareas, más aún, aprovecha la
ocasión para amarme y buscarme aún más, sin cansarse, participa en los méritos y bienes
que adquirió mi Madre cuando Me perdió. El que se encuentra alguna vez en ocasión sobre
todo de ver que soy ofendido gravemente, despreciado, pisoteado, y trata de ofrecerme
reparación, de compadecerme y de pedir por los mismos que Me ofenden, es como si en él
Yo encontrase a mi misma Madre, que si hubiera podido Me habría liberado de mis enemigos,
y participa a su cuarto dolor. El que crucifica sus sentidos por amor a mi crucifixión y trata de
copiar las virtudes de mi crucifixión, toma parte en el quinto. El que está en continuo acto de
adorar, de besar mis llagas, de reparar, de darme las gracias, etc., en nombre de todo el
género humano, es como si Me tuviera en sus brazos, como Me tuvo mi Madre cuando fui
desclavado de la cruz, y participa al sexto dolor. El que se mantiene en mi gracia y
corresponde a ella, sin dar espacio en su proprio corazón a nadie más que a Mí solo, es como
si Me diera sepultura en el centro de su corazón y participa al séptimo." (6°, 17-9-1905)
17 - La única intención de María el día de la Pasión.
“Hija mía, mi Madre salió el día de mi Pasión sólo para poder encontrar y consolar a su
Hijo. Así el alma que verdaderamente ama, en todo lo que hace, su intención es sólo de
encontrar a su Amado y aliviarlo del peso de su cruz…” (8°, 12-1907)
18 - Toda la vida y la santidad de María han salido de la palabra “Fiat”.
Continuando mi habitual estado, me he hallado afuera de mí misma, en un jardín, en el que veía a
la Mamá Reina que estaba sobre un trono altísimo. Yo ardía de deseo de ir hasta Ella para besarle la
mano, y mientras me esforzaba por ir, Ella ha venido a mi encuentro y me ha dado un beso en la cara.
Al mirarla he visto en su interior como un globo de luz, y dentro de esa luz estaba la palabra “Fiat”, de
la que descendían tantos diferentes e interminables mares de virtudes, gracias, grandezas, gloria,
gozos, belleza y todo lo que posee nuestra Reina y Madre, de modo que todo ello tiene como raíz ese
“Fiat”, y del “Fiat” proceden todos sus bienes. Oh “Fiat” omnipotente, fecundo, santo, ¿quién puede
comprenderte? Yo me siento muda; es tan grande que no sé decir nada; por eso hago punto.
Así que yo la miraba asombrada y Ella me ha dicho: “Hija mía, toda mi santidad ha salido de la
palabra «Fiat». Yo no me movía siquiera para respirar, ni para dar un paso, ni para una acción,
ni nada, si no desde dentro de la Voluntad de Dios. Mi vida era la Voluntad de Dios, mi alimento,
mi todo, y eso me producía tanta santidad, riqueza, gloria, honores, no humanos sino divinos.
De manera que el alma, cuanto más unida o identificada está con la Voluntad de Dios, tanto
más puede decirse santa, tanto más es amada por Dios; y cuanto más amada es más
favorecida, porque su vida no es sino la repetición de la Voluntad de Dios; ¿y podrá no amarla si
es la misma cosa suya? Por tanto, no hay que mirar a lo mucho o a lo poco que se hace, sino
más bien si lo quiere Dios, porque el Señor más mira a la pequeña obra, si es conforme a su
Voluntad, que a la grande sin Ella.” (8°, 5-4-1908)
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19 - El “te amo” infinito entre Jesús y María.
Estaba meditando cuando la Mamá Reina daba el pecho al niño Jesús. Decía para mí: “¿Qué
pasaría en ese acto entre la Stma. Madre y el pequeño Jesús?” En ese momento sentí que se movía en
mi interior y que me decía: “Hija mía, cuando mamaba la leche al pecho de mi dulcísima Madre,
juntamente con la leche mamaba el amor de su corazón, y era más amor que leche lo que
mamaba; y sintiendo que en el acto de mamar me decía: "Te amo, te amo, oh Hijo", Yo le
repetía a Ella: "Te amo, te amo, oh Mamá". Y no estaba solo en ésto; diciéndole “te amo”, el
Padre y el Espíritu Santo, la Creación entera, los Angeles, los Santos, las estrellas, el sol, las
gotas de agua, las plantas, las flores, los granitos de arena, todas las cosas corrían junto con
mi “te amo” y repetían: "Te amamos, te amamos, oh Madre de nuestro Dios, en el amor de
nuestro Creador". Mi Madre veía todo eso, quedaba inundada de ese amor, no encontraba
siquiera un pequeño espacio en que no sintiera que Yo la amaba; su amor se quedaba atrás y
casi solo, y repetía: "Te amo, te amo", pero nunca podía igualarme, porque el amor de la
criatura tiene sus límites, su tiempo, mientras que mi Amor es increado, interminable, eterno.
Y eso le pasa a cada alma, cuando me dice “Te amo”, Yo también le repito “te amo”, y
conmigo toda la Creación la está amando en mi amor. Oh, si las criaturas comprendieran cual
bien, qué honor obtienen, aun con sólo decirme “Te amo”, bastaría eso sólo, que a su lado
Dios les daría el honor de responderles: Yo también te amo.” (8°, 27-12-1908)
20 - El Amor consumaba a María, le daba la muerte de Jesús
y la resucitaba a nueva vida.
Estaba pensando a la Madre Celestial, cuando tenía a mi siempre amado Jesús muerto en sus
brazos, qué hacía y cómo se ocupaba de El. Y una luz, acompañada por una voz, decía en mi interior:
“Hija mía, el amor obraba potentemente en mi Madre, el amor la consumaba interamente en
Mí, en mis llagas, en mi sangre, en mi misma muerte, y la hacía morir en mi Amor, y mi Amor,
consumando el amor y todo lo que era mi Madre, la hacía resucitar con nuevo amor, o sea,
toda de mi Amor, de manera que su amor la hacía morir y mi Amor la hacía resurgir a una vida
toda en Mí, de una mayor santidad y toda divina. Así que no hay santidad si el alma no muere
en Mí, no hay verdadera vida si no se consume del todo en mi Amor”. (10°, 21-6-1911)
21 - La Pasión de Jesús llenó continuamente el alma de María
“Hija mía, a mi querida Mamá nunca se le escapó el pensamento de mi Pasión y a fuerza
de repetirla se llenó enteramente de Mí. Así sucede al alma: a fuerza de repetir lo que Yo sufrí,
llega a llenarse de Mí”. (11°, 24-3-1913)
22 - La perfecta unión entre Jesús y María: Ella era el Cielo de Jesús.
Mientras oraba estaba pensando a cuando Jesús se despidió de su Madre Santísima para ir a sufrir
la Pasión, y pensaba: “¿Cómo es posible que Jesús pudiera separarse de su Madre querida y Ella
de Jesús?”
Y Jesús bendito me ha dicho: “Hija mía, claro que no podía haber separación entre mi dulce
Mamá y Yo. La separación fue sólo aparente. Ella y Yo estábamos fundidos juntos, y era tal y
tan grande esa fusión, que Yo Me quedé con Ella y Ella vino conmigo; de manera que se
puede decir que hubo una especie de bilocación. Eso pasa también a las almas, cuando de
verdad estan unidas conmigo; y si cuando están en oración hacen que la oración entre en
sus almas como vida, sucede una especie de fusión o de bilocación: Yo, donde quiera que Me
encuentro, las llevo conmigo y Yo Me quedo con ellas.
Hija mía, tú no puedes comprender bien lo que fue mi Mamá querida para Mí. Yo, al venir a
la tierra, no podía estar sin Cielo, y mi Cielo fue mi Madre. Entre Ella y Yo circulaba una
electricidad tal, que ni siquiera un pensamiento tenía mi Madre que no lo tomara de mi mente;
y ese tomar de Mí la palabra, la voluntad, el deseo, la acción y el paso, o sea, todo, formaba
en ese Cielo el Sol, las estrellas, la luna y todos los gozos posibles que puede darme la
criatura y que ella misma puede gozar. ¡Oh, cómo Me complacía en ese Cielo! ¡Oh, cómo Me
sentía reparado y compensado por todo! Hasta los besos que Me daba mi Mamá contenían el
beso de toda la humanidad y Me devolvían el beso de todas las criaturas. En todo sentía a mi
dulce Mamá. Me la sentía en la respiración, y si era afanosa, Me la calmaba. Me la sentía en el
Corazón y si estaba amargado, Me lo endulzaba. Me la sentía en cada paso y si estaba
cansado Me daba vigor y descanso... ¿Y quién puede decirte cómo Me la sentía en la Pasión?
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En cada golpe de flagelo, en cada espina, en cada llaga, en cada gota de mi Sangre, en todo
Me la sentía y Me hacía el oficio de verdadera Madre... ¡Ah, si las almas Me correspondieran,
si todo lo tomaran de Mí, cuántos Cielos y cuántas Madres tendría sobre la tierra!” (11°, 9-5-
1913)
23 - María quiso hacer suyas todas las penas de Jesús.
“… Y cuando pienso en lo que sufrió mi Mamá querida, que quería hacer suyas todas mis
penas para sufrirlas en mi lugar, al tratar tú de imitarla, rogándome poder sufrir tú las penas
que Me causan las criaturas, voy repitiendo: ¡Mamá mía, Mamá mía!…” (11°, 25-10-1915)
24 - Por qué llora nuestra Madre.
…Había visto llorar a mi Madre Celestial, y habiéndole preguntado: “Mamá, ¿por qué lloras?”,
me ha dicho: “Hija mía, ¿cómo no debo llorar, si el fuego de la Justicia divina quisiera destruir
todo? El fuego de las culpas devora todo el bien de las almas y el fuego de la Justicia quiere
destruir todo lo que pertenece a las criaturas; y al ver que el fuego corre, lloro. Por eso, reza,
reza”. (12°, 18-9-1917)
25 - El dolor de nuestra Madre por lo que sufren sus hijos.
… Luego, por la noche, han vuelto Jesús y la Reina y Madre, llamándome por mi nombre, como
queriendo que pusiera atención. ¡Qué bello era ver cómo hablaban juntos la Madre y Jesús! Mi Mamá
Celestial decía: “Hijo mío, ¿qué haces? Es demasiado lo que quieres hacer. Tengo mis derechos
de madre y Me duele que mis hijos tengan que sufrir tanto. Quieres abrir el cielo para hacer
llover castigos, destruyendo las criaturas y los alimentos que les sirven de comida, y quieres
inundarlas de enfermedades contagiosas: ¿qué harán? Tú dices que amas a esta hija mía:
¿cuánto sufrirá si haces eso? Para no amargarla no lo harás”.
Y tiraba de El hacia mí, pero Jesús respondía decidido: “No puedo; muchos males los evito por
ella, pero todos no. Mamá mía, dejemos que pase el huracán de los males, para que se
rindan”. Y seguían dicendo entre ellos tantas otras cosas, pero yo no entendía todo. Me he quedado
asustada, pero espero que Jesús se aplaque. (12°, 28-5-1918)
26 - Todas las penas inmensas del Corazón de Jesús,
El las siente en el Corazón de su Madre.
“Hija mía, entre tantas heridas que tiene mi Corazón, hay tres que Me dan penas mortales
y un dolor tan acerbo que supera todas las demás heridas juntas, y son las penas de las
almas que Me aman. Cuando veo un alma que es toda mía y que sufre por mi causa,
torturada, conculcada, diespuesta a sufrir aun la muerte más dolorosa por Mí, Yo siento sus
penas como si fueran mías y tal vez aún más. Ah, el amor sabe abrir desgarrones más
profundos, tanto que no deja sentir las otras penas. En esta primera herida, la primera que
está es mi Madre querida. ¡Oh, cómo se desbordaba en mi Corazón el suyo, traspasado a
causa de mis penas, y sentía en lo vivo todas las heridas que lo traspasaban! Y viéndola
morir sin morir, a causa de mi muerte, Yo sentía en mi Corazón la amargura y la intensidad de
su martirio y sentía las penas de mi muerte que sentía el Corazón de mi Madre querida, y mi
Corazón moría con Ella. Así que todas mis penas, unidas con las penas de mi Mamá,
superaban todo. Era justo que mi Madre Celestial ocupara el primer puesto en mi Corazón,
tanto en el dolor como en el amor, porque cada pena sufrida por amor mío abría mares de
gracias y de amor, que se derramaban en su Corazón transpasado. En esa herida se hallan
todas las almas que sufren por causa mía y sólo por amor…” (12°, 27-1-1919)
27 - La amarguísima Pasión redentora de Jesús empezó
desde el seno de su Madre, que la compartía.
“Ves, hija mía, con qué exceso de amor amé a la criatura. Mi Divinidad fue celosa de
encomendar a la criatura la tarea de la Redención, haciéndome sufrir la Pasión. La criatura
era impotente para hacerme morir tantas veces como criaturas habían salido y han de salir a
la luz de lo creado, y por cuantos pecados mortales habrían tenido la desgracia de cometer.
La Divinidad quería vida por cada vida de criatura y vida por cada muerte que con el pecado
mortal se daba. ¿Quién podía tener tanto poder sobre Mí, para darme tantas muertes, sino mi
Divinidad? ¿Quién habría tenido la fuerza, el amor, la constancia de verme morir tantas veces,
sino mi Divinidad? La criatura se habría cansado y habría desfallecido.
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Y no creas que este trabajo de mi Divinidad empezó tarde, sino apenas quedé concebido,
desde el seno de mi Madre, que muchas veces se daba cuenta de mis penas, y quedaba
martirizada y sentía la muerte junto conmigo. Por tanto, desde el seno materno mi Divinidad
se encargó de ser el verdugo amoroso, pero precisamente por ser amoroso era más exigente
e inflexible, tanto que a mi gimiente Humanidad le fue perdonada ni siquiera una espina, ni un
clavo, pero no como las espinas, los clavos o los flagelos que sufrí en la pasión que Me
dieron las criaturas, que no se multiplicaban: tantos quedaban cuantos Me daban. Por el
contrario, los de mi Divinidad se multiplicaban en cada ofensa; de modo que fueron tantas
espinas cuantos son los malos pensamientos, tantos clavos por cuantas son las acciones
indignas, tantos golpes cuantos son los placeres, tantas penas cuanta es la variedad de
ofensas. Por eso eran mares de penas, de espinas, de clavos y de golpes sin número.
Ante la Pasión que Me dió la Divinidad, la que Me dieron las criaturas el último de mis días
no fue sino una sombra, una imágen de lo que Me hizo sufrir mi Divinidad en el curso de mi
vida. Por eso amo tanto a las almas, son vidas que Me cuestan, son penas inconcebibles a
una mente creada. Así pues, entra en mi Divinidad y ve y toca con mano lo que sufrí”. (12°, 4-
2-1919)
28 - Jesús y María forman una sola cosa, un solo eslabón:
María tiene el primado en el Amor.
Estaba diciéndole a mi dulce Jesús: “¿Será posible que yo sea el segundo eslabón de unión con tu
Humanidad? Hay almas para Tí tan amadas, que yo no merezco estar bajo sus pies; y luego está tu
inseparable Mamá, que ocupa el primer puesto en todo y sobre todos. Me parece, dulce Amor mío,
que quieres bromear conmigo, y sin embargo me obliga la obediencia, con la más cruda amargura de
mi alma, a poner eso por escrito. ¡Jesús mío, ten piedad de mi duro martirio!”
Mientras decía eso, mi dulce Jesús, acariciándome, me ha dicho: “Hija mía, ¿por qué te
angustias? ¿No tengo tal vez por costumbre elegir de entre el polvo para hacer grandes
portentos, prodigios de gracia? Todo el honor es mío, y cuanto más débil e ínfimo es quien
Yo elijo, más quedo glorificado. Y luego, mi Mamá no está en la parte secundaria de mi Amor,
de mi Querer, sino que forma un solo eslabón conmigo. También es cierto que tengo almas
queridísimas, pero eso no quita que Yo pueda elegir a una más bien que a otra para una
altura de oficio, y no sólo de oficio, sino para una altura de saltidad tal, como conviene al vivir
en mi Querer…” (12°, 9-2-1919)
29 - Cuántas veces María compartía todas las penas y las muertes de Jesús en su seno.
“… Por eso se necesitaba un poder y un querer divino, para darme tantas muertes y tantas
penas, un poder y un querer divino para hacerme sufrir. Y puesto que en mi Querer estan en
acto todas las almas y todas las cosas, no de una forma abstracta o de sola intención, como
alguien puede pensar, sino que en realidad los tenía a todos en Mí, e incorporados conmigo
formaban mi misma vida, en realidad moría por cada uno y sufría las penas de todos. Es
verdad que en ello concurría un milagro de mi Omnipotencia, el prodigio de mi inmenso
Querer. Sin mi Voluntad mi Humanidad no habría podido hallar ni abrazar a todas las almas,
ni habría podido morir tantas veces. Por lo cual, mi pequeña Humanidad, desde que fue
concebida, empezó a sufrir sucesivamente las penas y las muertes, y todas las almas
nadaban en Mí, como dentro de un vastísimo mar, y eran como miembros de mis miembros,
sangre de mi sangre y corazón de mi Corazón. ¡Cuántas veces mi Mamá, tomando el primer
puesto en mi Humanidad, sentía mis penas y mis muertes y moría junto conmigo! ¡Qué dulce
era para Mí encontrar en el amor de mi Madre el eco del Mío! Son misterios profundos, donde
la inteligencia humana, no comprendiendo bien, parece que se pierde”. (12°, 18-3-1919)
30 - Todas las penas mortales de Jesús y de María,
de El en Ella y de Ella en El, por amor a nosotros.
“… Ah, hija mía, tu estado penoso lo siento en mi Corazón. Siento repetirme la corriente
de dolor que había entre mi Madre y Yo. Ella estaba crucificada por mis penas, Yo estaba
crucificado por las suyas; ¿pero cuál era la razón de todo ello? El amor a las almas. Por amor
a ellas, mi Madre querida toleraba todas mis penas e incluso mi muerte, y Yo, por amor a las
almas, toleraba todas sus penas, hasta privarla de Mí. ¡Oh, cuánto le costó a mi amor y a su
amor materno tener que privar de Mí a mi inseparable Mamá! Pero el amor a las almas triunfó
sobre todo…” (12°, 15-4-1920)
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31 - La recíproca bendición que se dieron Jesús y María
para dar comienzo a la Pasión, como una nueva Creación.
Estaba pensando, cuando mi dulce Jesús, para dar comienzo a su dolorosa pasión, quiso ir a
pedirle a su Madre la bendición, y Jesús bendito me ha dicho:
“¡Hija mía, cuántas cosas dice este misterio! Quise ir a pedirle la bendición a mi Madre
querida, para darle ocasión de que también Ella Me la pidiera. Eran demasiados los dolores
que tenía que soportar y era justo que mi bendición la reforzase. Yo acostumbro a pedir
cuando quiero dar. Y mi Mamá Me comprendió enseguida, tan es así que no Me bendijo, si no
cuando Me pidió mi bendición, y después de haber sido bendecida por Mí Me bendijo Ella.
Pero hay más. Para crear el Universo dije ‘Fiat’ y tan sólo con el ‘Fiat’ puse orden y embellecí
cielo y tierra. Al crear al hombre mi Soplo omnipotente le infundió la vida. Al dar comienzo a
mi Pasión, con mi palabra omnipotente y creadora quise bendecir a mi Madre, pero no la
bendecía sólo a Ella; En Ella veía a todas las criaturas. Era Ella la que tenía el primado sobre
todo y en Ella bendecía a todos y a cada uno, es más, bendecía cada pensamiento, palabra,
acción, etc., bendecía cada cosa que debía de servirle a la criatura. Como cuando mi ‘Fiat’
omnipotente creó el sol, y este sol, sin que disminuya su luz y su calor, prosigue siempre su
curso para todos y cada uno de los mortales, así, mi palabra creadora, benediciendo,
quedaba en acto de bendecir siempre, siempre, sin cesar jamás de bendecir, como nunca
dejará el sol de dar su luz a todas las criaturas.
Pero eso no es todo. Con mi bendición quise renovar todo lo valioso de la Creación, quise
llamar a mi Padre Celestial a que bendijera, para comunicar a la criatura la Potencia; quise
bendecirla en nombre mío y del Espíritu Santo, para comunicarle la Sabiduría y el Amor, y así
renovar la memoria, la inteligencia y la voluntad de la criatura, restituyéndole la soberanía
sobre todo. Has de saber, sin embargo, que cuando doy quiero, y mi Madre querida
comprendió y enseguida Me bendijo, no sólo por Ella, sino en nombre de todos.
Oh, si todos pudieran ver esta bendición mía, la sentirían en el agua que beben, en el
fuego que les calienta, en el alimento que toman, en el dolor que los aflige, en los gemidos de
la oración, en el remordimiento de la culpa, en el abandono de parte de las criaturas…, en
todo sentirían mi palabra creadora que les dice (pero por desgracia no la oyen): «te bendigo
en el nombre del Padre, en el mío, de Hijo, y del Espíritu Santo; te bendigo para ayudarte, te
bendigo para defenderte, para perdonarte, para consolarte, te bendigo para hacerte santo». Y
la criatura haría eco a mis bendiciones, bendiciéndome también ella en todo. Estos son los
efectos de mi bendición, por lo que mi Iglesia, enseñada por Mí, Me hace eco, y en casi todas
las ocasiones, al administrar los Sacramentos y demás, dá su bendición”. (12°, 28-11-1920)
32 - De todos los dones y gracias que Dios ha dado a María
descienden las gracias a todos.
“Dulce Jesús mío, mientras estoy abrazada a Tí, quiero mostrarte mi amor, mi gratitud y todo lo
que la creatura tiene el deber de darte por haber creado a nuestra Reina y Madre Inmaculada, la más
bella, la más santa, un portento de la Gracia, enriqueciéndola con todos los dones y haciéndola
también nuestra Madre, y ésto lo hago en nombre de las criaturas pasadas, presentes y futuras.
Quiero tomar al vuelo cada acto de las criaturas, cada pensamiento, palabra, latido, paso, y decirte
en cada uno de ellos: Te amo, Te bendigo, Te adoro, Te doy las gracias, por todo lo que has hecho a
la Celestial Mamá tuya y mía”.
Jesús ha aceptado mi acto con tanto gusto, que me ha dicho: “Hija mía, con ansia estaba esperando
este acto tuyo en nombre de todas las generaciones. Mi Justicia y mi Amor sentían la
necesidad de este acto de correspondencia, porque son grandes las gracias que bajan sobre
todos por haber enriquecido tanto a mi Madre, y sin embargo nunca tienen una palabra, un
‘gracias’ que decirme”. (12°, 18-12-1920)
33 - La tarea materna de María en nosotros : no hace falta
que la entendamos, basta que confiemos en Ella.
Encontrándome en mi habitual estado, me he hallado afuera de mí misma junto con Jesús. Iba por
un largo camino y unas veces caminaba con Jesús, otras veces con la Mamá Reina. Si Jesús me
desaparecía, me encontraba con la Mamá, y si Ella me desaparecía me encontraba con Jesús. Muchas
cosas me han dicho a lo largo del camino. Jesús y la Mamá eran muy afables, con una dulzura
encantadora. Me he olvidado de todo, de mis amarguras y hasta de su misma privación; creía que ya
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no los volvería a perder. ¡Oh, qué fácil se olvida el mal ante el bien! Al final del camino, la Mamá
Celestial me ha tomado en brazos –yo era muy pequeñita– y me ha dicho: “Hija mía, quiero
corroborarte en todo”, y parecía que con su santa mano me signara la frente, como si escribiera, y me
sellara; después, como si escribiera en mis ojos, en la boca, en el corazón, en las manos y en los pies,
y luego los sellaba. Yo quería ver lo que Ella escribía en mí, pero no sabía leer aquel escrito. Sólo en
la boca he visto dos letras, que decían ‘destrucción de todo gusto’, y en seguida he dicho: “Gracias,
oh Mamá, que me quitas todo gusto que no sea Jesús”. Quería comprender más, pero la Mamá me ha
dicho: “No es necesario que sepas; ten confianza en Mí. Te he hecho lo que hacía falta”. Me ha
bendecido y ha desaparecido, y me he encontrado en mí misma. (12°, 25-12-1920)
34 - Efectos prodigiosos del “Fiat” Divino pronunciado por María.
“El primer ‘sí’ en mi ‘Fiat’ se lo pedí a mi Madre querida y, oh potencia de su ‘Fiat’ en mi
Querer, apenas el ‘Fiat’ Divino se encontró con el ‘Fiat’ de mi Madre se volvieron uno solo. Mi
‘Fiat’ la elevó, la divinizó, la cubrió con su sombra y son obra humana Me concibió a Mí, Hijo
de Dios. Sólo en mi ‘Fiat’ podía concebirme. Mi ‘Fiat’ le comunicó la inmensidad, la infinitud,
la fecundidad en modo divino y por eso pudo quedar concebido en Ella el Inmenso, el Eterno,
el Infinito. Apenas dijo ‘Fiat mihi’, “hágase en mí”, no sólo se adueñó de Mí, sino que a la vez
cubrió a todas las criaturas, todas las cosas creadas; sentía en Ella todas las vidas de las
criaturas y desde entonces empezó a hacer de Madre y de Reina a todos. ¡Cuántos portentos
contiene este ‘sí’ de mi Madre! Si te los dijera todos, no acabarías nunca de oírlos. Ahora un
segundo ‘sí’ en mi Querer te lo he pedido a tí, y tú, aunque temblando, lo has pronunciado.
Este ‘sì’ en mi Querer tendrá sus portentos, tendrá un cumplimiento divino. Tú sígueme y
sumérgete cada vez más en el mar inmenso de mi Voluntad, y Yo Me ocuparé de todo. Mi
Madre no pensó a cómo habría hecho Yo para encarnarme en Ella, sino que dijo tan sólo ‘Fiat
mihi’, y Yo me ocupé del modo de encarnarme. Así harás tú”. (12°, 10-1-1921)
35 - La Encarnación y la Redención han sido fruto del “Fiat mihi” de María.
“Hija mía, el ‘Fiat’ es todo, está lleno de vida, más aún, es la misma vida, y por eso del
‘Fiat’ salen todas las vidas y todas las cosas. De mi ‘Fiat’ salió la Creación: por eso en cada
cosa creada se ve la huella del ‘Fiat’. Del ‘Fiat mihi’ de mi Madre querida, dicho en mi Querer,
que tuvo la misma potencia de mi ‘Fiat’ Creador, salió la Redención; de modo que no hay
nada de la Redención que no tenga la huella del ‘Fiat mihi’ de mi Madre. Incluso mi misma
Humanidad, mis pasos, mis obras, mis palabras, estaban sellados con el ‘Fiat mihi’ de Ella.
En mis penas, en mis llagas, en las espinas, en la cruz, en mi sangre, su ‘Fiat mihi’ había
dejado su huella, porque las cosas tienen la huella que indica el orígen del que han salido. Mi
origen en el tempo fue el ‘Fiat mihi’ de mi Madre Inmaculada; por eso, todo lo que Yo he
hecho lleva la firma de su ‘Fiat mihi’. Así que en cada Hostia sacramental está su ‘Fiat mihi’;
si el hombre se levanta de su culpa, si el recién nacido es bautizado, si el Cielo se abre para
recibir a las almas, es el ‘Fiat mihi’ de mi Madre que signa, que precede y que sigue a todo.
¡Oh potencia del ‘Fiat’, en cada instante surge, se multiplica y se hace vida de todos los
bienes!
Ahora quiero decirte por qué te he pedido tu ‘Fiat’, tu ‘sí’ en mi Querer. Mi oración
enseñada, el ‘Fiat Voluntas tua sicut in Coelo et in terra’, esta oración de tantos siglos, de
tantas generaciones, quiero que tenga su realidad y cumplimiento. Por eso quería otro ‘sí’ en
mi Querer, otro ‘Fiat’ que tuviese el poder creador; quiero el ‘Fiat’ que surge en cada instante,
que se multiplica para todos, quiero un alma que en mi mismo ‘Fiat’ suba hasta mi Trono y
con su poder creador traiga a la tierra la vida del ‘Fiat’, así en la tierra como en el Cielo”.
Yo, sorprendida y anonadada al oir ésto, he dicho: “¿Jesús, qué dices? Tú ya sabes lo mala que
soy y lo incapaz para todo”.
Y El: “Hija mía, Yo tengo la costumbre de escoger las almas más despreciables, pobres e
incapaces para mis obras más grandes. Mi misma Madre no tenía nada de extraordinario en lo
externo, ningún milagro, ningún signo por el que se distinguiera de las demás mujeres. Su
único distintivo era la perfecta virtud, en la que casi nadie ponía atención. Y si a los otros
santos les he dado el distintivo de los milagros o los he galardonado con mis llagas, a mi
Madre nada, nada; y no obstante Ella era el portento de los portentos, el milagro de los
milagros, la verdadera y perfecta Crucificada, y ninguna otra semejante a Ella…” (12°, 17-1-
1921)
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36 - Los tres “Fiat”. De los efectos del segundo “Fiat”
dicho por Ella, sólo María fue espectadora.
“Hija mía, el primer ‘Fiat’ fue pronunciado en la Creación, sin que ninguna criatura
interviniera. El segundo ‘Fiat’ fue dicho en la Redención; quise que interviniera una criatura y
elegí a mi Mamá para dar cumplimiento al segundo ‘Fiat’. Ahora, para que todo quede
cumplido, quiero decir el tercer ‘Fiat’, y lo quiero decir por medio tuyo. Te he elegido a tí para
dar cumplimiento al tercer ‘Fiat’. Este ‘Fiat’ hará que se complete la gloria y el honor del ‘Fiat’
de la Creación y será la confirmación y el desarrollo de todos, del ‘Fiat’ de la Redención.
Estos tres ‘Fiat’ representarán a la Sacrosanta Trinidad sobre la tierra y tendré el ‘Fiat
Voluntas tua’, así en la tierra como en el Cielo. Estos tres ‘Fiat’ serán inseparables; uno será
vida del otro, serán uno y trino, pero distintos entre ellos. Mi amor quiere, mi gloria exige que,
habiendo hecho salir del seno de mi potencia creadora los dos primeros ‘Fiat’, salga así
mismo el tercer ‘Fiat’, no pudiendo contenerlo más mi amor, y eso para completar la obra que
de Mí ha salido; de lo contrario quedaría incompleta la obra de la Creación y Redención”.
Yo, al oír ésto, me he sentido no sólo confundida, sino como trastornada, y decía para mí: “¿Pero
es posible todo ésto? ¡Hay tantos! Y si es verdad eso, que me ha escogido a mí, me parece que sea
una de las acostumbradas locuras de Jesús. Y luego, ¿qué podría hacer o decir yo, desde una cama,
medio lisiada e incapaz como soy? ¿Podría hacer yo frente a la multiplicidad e infinitud del “Fiat”
de la Creación y Redención? Al ser mi “Fiat” semejante a los otros dos “Fiat”, he de correr yo
con ellos, multiplicarme con ellos, hacer el bien que hacen ellos, entrelazarme con ellos. ¡Jesús,
piensa en lo que haces! Yo no soy capaz de tanto”.
¿Pero quién podrá contar todos los disparates que decía? En eso, mi dulce Jesús ha vuelto y me ha
dicho: “Hija mía, cálmate, Yo elijo a quien quiero. De todas formas has de saber que todas
mis obras las empiezo entre una sola criatura y Yo y luego se difunden. De hecho, ¿quién fue
el primer espectador del ‘Fiat’ de mi Creación? Adán y después Eva, desde luego no fue una
muchedumbre. Después de años y años fueron espectadores multitudes y pueblos. Y en el
segundo ‘Fiat’ sólo mi Mamá fue la única espectadora; ni siquiera San José supo nada y mi
Madre se encontraba en tu misma situación y aún más. Era tanta la grandeza de la fuerza
creadora de mi obra que sentía en Ella, que, confusa, no sentía la fuerza de decir a nadie una
palabra; y si luego San José lo supo, fue porque Yo se lo manifesté. Así que en su seno
virginal germinó como una semilla este ‘Fiat’, se formó la espiga para multiplicarlo y por fin
salió a la luz del día. ¿Pero quiénes fueron los espectadores? Poquísimos; en la casita de
Nazaret los únicos espectadores fueron mi Mamá querida y San José. Cuando más tarde mi
Humanidad creció, salí y Me dí a conocer, pero no a todos; después se difundió aún más y se
seguirá difundiendo todavía.
Así será del tercer ‘Fiat’: en tí germinará, se formará la espiga; sólo el sacerdote lo sabrá,
después pocas almas y más adelante se difundirá, se difundirá y seguirá el mismo camino de
la Creación y de la Redención. Cuanto más te sientes aplastada, tanto más crece en tí y se
fecunda la espiga del tercer ‘Fiat’. Por eso sé atenta y fiel”. (12°, 24-1-1921)
37 - Los tres “Fiat”. Del “Fiat” de María brotan infinitos actos de Gracia,
como una nueva Creación.
“Hija mía, desde luego, en mi Querer está la fuerza creadora. De un solo ‘Fiat’ mío salieron
miles de millones y millones de estrellas; del ‘Fiat mihi’ de mi Mamá, que dió origen a mi
Redención, salen miles de millones y millones de actos de Gracia, que se comunican a las
almas. Estos actos de Gracia son más bellos, más resplandecientes, más multiformes que las
estrellas, y mientras las estrellas son fijas y no se multiplican, los actos de la Gracia se
multiplican infinitamente, en cada instante corren, alegran a las criaturas, les dan felicidad,
fuerza y vida. Ah, si las criaturas pudieran ver en el órden sobrenatural de la Gracia, sentirían
tales armonías, verían un espectáculo tan encantador, que creerían ser eso su Paraíso.
Ahora bien, también el tercer ‘Fiat’ tiene que correr junto con los otros dos ‘Fiat’, debe
multiplicarse infinitamente y en cada instante ha de producir tantos actos cuantos son los
actos de Gracia que brotan de mi seno, cuantas son las estrellas, cuantas son las gotas de
agua y cuantas son las cosas creadas que el ‘Fiat’ de la Creación hizo; ha de confundirse con
ellos y decir: Cuantos actos sois vosotros, otros tantos hago yo. Estos tres ‘Fiat’ tienen el
mismo valor y el mismo poder. Tú desapareces; es el ‘Fiat’ el que obra, y por eso, también tú
en mi ‘Fiat’ omnipotente puedes decir: Quiero crear tanto amor, tantas adoraciones, tantas
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benediciones, tanta gloria a mi Dios, para poder suplir por todos y en todo. Tus actos llenarán
Cielo y tierra, se multiplicarán con los actos de la Creación y de la Redención y con ellos
formarán uno solo. Parecerá sorprendente e increíble todo ésto a algunos, pero entonces
tendrían que poner en duda mi potencia creadora; y luego, cuando soy Yo el que lo quiero, el
que da este poder, cesa toda duda. ¿No soy Yo acaso libre de hacer lo que quiero y de dar a
quien quiero? Tú sé atenta. Yo estaré contigo, te cubriré con mi fuerza creadora y llevaré a
cabo lo que quiero de tí”. (12°, 2-2-1921)
38 - El amor de María supera el de todas las criaturas juntas,
pues hizo encarnarse al Verbo en Ella.
“Hija mía, mi Mamá, con su amor, con sus plegarias y con su anonadamiento Me llamó,
haciendo que viniera del Cielo a la tierra, a encarnarme en su seno. Tú, con tu amor y con
perderte siempre en mi Querer, llamarás a mi Voluntad a que haga vida en tí sobre la tierra y
luego Me darás vida en las demás criaturas. Sin embargo, has de saber que, habiéndome
llamado mi Mamá del Cielo a la tierra, a su seno, hizo un acto único, que nunca más se
repetirá, y Yo la enriquecí de todas las gracias, la doté de tanto amor que supera el amor de
todas las demás criaturas juntas, la hice ser la primera en los privilegios, en la gloria, en todo.
Podría decir que el Eterno se redujo a un solo punto y se derramó enteramente en Ella a
torrentes, a mares inmensos, tanto que todos quedan por debajo de Ella. Tú, al llamar a mi
Voluntad a que venga a tí, haces también un acto único; así que, per decoro de mi Voluntad
que debe residir en tí, tengo que derramar en tí tanta gracia, tanto amor, que te haga superar
todas las criaturas. Y como mi Voluntad tiene la supremacía sobre todo y es eterna, inmensa,
infinita, a la creatura en que ha de tener principio y cumplimiento la vida de mi Voluntad,
tengo que comunicársela, dotarla, enriquecerla con las mismas cualidades de mi Voluntad,
dándole la supremacía sobre todo. Mi Eterno Querer tomará el pasado, el presente y el futuro,
los reducirá a un solo punto y lo derramará en tí. Mi Voluntad es eterna y quiere tener vida
donde halla lo eterno, es inmensa y quiere vida en la inmensidad, es infinita y quiere hallar la
infinitud: ¿cómo puedo encontrar todo eso, si antes no lo pongo en tí?” (12°, 8-3-1921)
39 - Prerogativas únicas de María, para poder encarnarse en Ella el Verbo.
“… Mi Voluntad nunca habría podido bajar de una forma singular y fuera de lo común a un
alma, si ésta no tuviese sus prerrogativas únicas; como tampoco hubiera podido bajar Yo,
Verbo Eterno, a mi Madre querida, si no hubiera tenido sus prerogativas singulares y el Soplo
divino no hubiese soplado en Ella como para una nueva Creación, haciéndola admirable entre
todos y superior a todas las cosas creadas…” (13°, 27-10-1921)
40 - Los dos apoyos de Jesús agonizante en el Getsemani.
María, depositaria de la Misericordia.
Estaba haciéndole compañía a mi Jesús agonizante en el huerto de Getsemani y en la medida de lo
posible Lo compadecía, Lo estrechaba fuerte a mi corazón, tratando de secarle los sudores mortales.
Y mi amoroso Jesús, con voz apagada y moribunda, me ha dicho:
“Hija mía, dura y penosa fue mi agonía en el Huerto, tal vez más penosa que la de la cruz,
porque si esa fue el cumplimiento y el triunfo de todo, aquí en el Huerto fue el principio, y los
males se sienten más al principio que al final. En esta agonía la pena más desgarradora fue
cuando se Me presentaron uno por uno todos los pecados. Mi Humanidad comprendió toda
su enormidad y cada delito llevaba grabado ‘muerte a un Dios’, armado de espada para
matarme. Ante la Divinidad, la culpa Me parecía tan horrorosa, más horrible que la misma
muerte, que con sólo comprender qué significa pecado, Me sentía morir y realmente moría.
Grité al Padre y fue inexorable; no hubo uno al menos que Me ayudase para que no muriera.
Grité a todas las criaturas, que tuvieran piedad de Mí, pero fue en vano; así que mi
Humanidad languidecía y estaba a punto de recibir el último golpe mortal...
¿Sabes tú quién impidió la ejecución y sostavo a mi Humanidad para que no muriese? La
primera fue mi inseparable Mamá. Ella, al oírme pedir ayuda, voló al mi lado y Me sostuvo, y
Yo apoyé mi brazo derecho sobre Ella. La ví casi moribunda y en Ella encontré la inmensidad
de mi Voluntad íntegra, sin que hubiese habido nunca ruptura entre mi Voluntad y la suya. Mi
Voluntad es Vida y, siendo inamovibile la Voluntad del Padre y viniéndome la muerte por
parte de las criaturas, otra Criatura que contenía la Vida de mi Voluntad Me daba la Vida. Así
que mi Madre, que en el portento de mi Voluntad Me concibió y Me hizo nacer en el tiempo,
ahora Me da por segunda vez la vida, para hacerme llevar a cabo la obra de la Redención.
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Después miré a mi izquierda y encontré a la pequeña Hija de mi Querer; te encontré a tí
como la primera, seguida por las otras hijas de mi Voluntad; y así como a mi Mamá La quise
conmigo como el primer eslabón de la Misericordia, por quien habíamos de abrir las puertas a
todas las criaturas y en quien quise por tanto apoyar mi derecha, así te quise a tí como el
primer eslabón de Justicia, para impedir que descargase sobre todas las criaturas, como se
merecen; por eso quise apoyar mi izquierda, para que la sostuvieras conmigo. Con estos dos
apoyos Me sentí devolverme la vida y, como si no hubiera sufrido nada, con paso firme me
dirigí al encuentro de mis enemigos. Y en todas las penas que sufrí en mi Pasión, capaces
muchas de ellas de darme la muerte, estos dos apoyos no Me dejaron nunca; y cuando Me
veían a punto de morir, con mi Voluntad que poseían Me sostenían y Me daban como tantos
sorbos de vida.
¡Oh, los prodigios de mi Querer! ¿Quién podrá numerarlos y calcular su valor? Por eso
amo tanto a quien vive en mi Querer, reconozco en él mi retrato, mis nobles facciones, siento
mi mismo aliento, mi voz, y si no lo amara Me defraudaría a Mí mismo; sería como un Padre
sin descendencia, sin el noble cortejo de su corte y sin la corona de sus hijos. Y si no tuviera
la descendencia, la corte, la corona, ¿cómo podría decir que soy Rey? Mi Reino está formado
por los que viven en mi Voluntad. De este Reino elijo la Madre, la Reina, los hijos, los ministros,
el ejército, el pueblo; Yo soy todo para ellos y ellos son todo para Mí”. (13°, 19-11-1921)
41 - María ha puesto a salvo, Ella sola, todos los frutos y la gloria de la Redención.
“… Pero mi Querer y mi Amor no quieren estar solos en mis obras; quieren hacer otras
imágenes semejantes a Mí, y habiendo salvado mi Humanidad la finalidad de la Creación, a
causa de la ingratitud del hombre vi el fin de la Redención en peligro y casi inútil para
muchos. Por tanto, para hacer que la Redención Me diera gloria completa y todos los
derechos que se Me deben, tomé de la familia humana a otra creatura, que fue mi Madre,
copia fiel de mi Vida, en quien mi Voluntad se conservaba íntegra, y puse en Ella todos los
frutos de la Redención, de modo que puse a salvo el fin de la Creación y Redención; y mi
Madre, aunque nadie se hubiera aprovechado de la Redención, Me habría dado Ella todo lo
que las criaturas no Me hubiesen dado.
Ahora llego a tí. Yo era verdadero Dios y verdadero Hombre, mi Madre querida era
inocente y santa y nuestro Amor nos llevó más lejos: queríamos otra criatura que, aun
concebida como todos los demás hijos de los hombres, ocupase a mi lado el tercer puesto.
No Mo acontentaba con que sólo mi Madre y Yo tuviéramos íntegra la Voluntad Divina;
queríamos otros hijos que, en nombre de todos, viviendo en pleno acuerdo con nuestra
Voluntad, Nos dieran gloria y amor divino por todos. Así que te llamé a tí desde la eternidad,
cuando aún no existía nada acá abajo; y como soñaba con mi Mamá querida, deleitándome,
acariciándola y derramando a torrentes sobre Ella todos los bienes de la Divinidad, así
soñaba contigo, te acariciaba y los torrentes que llovían sobre mi Mamá te inundaban a tí, en
la medida que podías contenerlos, te preparaban, te prevenían y, embelleciéndote, te daban la
gracia de que mi Voluntad estuviera íntegra en tí y de que, no la tuya, sino la Mía animara
hasta tus más pequeños actos. En cada acto tuyo corría mi Vida, mi Querer y todo mi Amor.
¡Qué contento! ¡Cuántas alegrías sentía! Por eso te digo que tú eres, después de mi Mamá, mi
segundo apoyo. No Me apoyaba sobre tí, porque tú eres nada y no podía apoyarme, sino
sobre mi Voluntad, que tú habías de contener. Mi Voluntad es Vida y el que la posee tiene la
Vida y puede sostener al Autor de la Vida. Por tanto, así como establecí en Mí el fin de la
Creación y en Mi Madre los frutos de la Redención, así en tí establecí la finalidad de la Gloria,
como si en todos se hubiese conservado íntegro mi Querer, y aquella de quien ha de venir el
grupo de las otras criaturas. No pasarán las generaciones, si no logro mi propósito”. (13°, 26-
11-1921)
42 - Por María descienden todos los frutos de la Redención.
“… Tú has de saber que cuanto más grande es la obra que quiero hacer, tantos preparativos
de más hacen falta. ¿Cuántas profecías, cuántos preparativos, cuántos siglos tuvieron
que preceder a mi Redención? ¿Cuántos símbolos y figuras prepararon la Concepción de mi
Mamá Celestial? Por eso, despues de llevar a cabo la Redención, tenía que fortificar al
hombre en los bienes de la misma; para lo cual elegí a los Apóstoles, para que aseguraran los
frutos de la Redención, debiendo buscar con los Sacramentos al hombre perdido para
salvarlo. De manera que la Redención es salvación, es salvar al hombre de todo precipicio.
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Por eso ya te dije otra vez que hacer vivir al alma en mi Querer es cosa más grande que la
misma Redención, porque salvarse, vivir una vida a medias, cayendo y levantándose, no es
tan difícil. Eso lo alcanzó mi Redención, porque quise salvar al hombre a toda costa, y eso se
lo encomendé a mis Apóstoles, como depositarios de los frutos de la Redención. Así que,
teniendo por entonces que hacer lo que es menos, dejé lo que es más, reservándome otros
tiempos para dar cumplimiento a mis otros designios.
Ahora bien, el vivir en mi Querer no sólo es salvación, sino Santidad que debe superar las
demás santidades y ha de tener la huella de la Santidad del Creador. Por eso tenían que
surgir antes las santidades menores, como cortejo, precursoras, mensajeras, preparativos de
esta Santidad toda divina.
Y como en la Redención elegí a mi incomparabile Madre como el eslabón de unión
conmigo, a través del cual tenían que bajar todos los frutos de la Redención, así te he elegido
a tí como el eslabón de unión, a partir del cual tiene que comenzar la Santidad del vivir en mi
Querer, que, habiendo salido de mi Voluntad para darme la gloria completa de la finalidad
para la que fue creado el hombre, tenía que regresar a su Creador con los mismos pasos de
mi Querer. Por eso, ¿de qué te extrañas? Estas son cosas decretadas ‘desde la eternidad’ y
nadie podrá cambiarlas.
Y siendo grande la cosa, es decir, establecer mi Reino en el alma aún en la tierra, he
hecho como un Rey cuando tiene que tomar posesión de un Reino. El no es el primero que
va, sino que antes hace que se le prepare el palacio, despues envía a sus soldados a preparar
el Reino y a disponer a los pueblos a su dominio; a continuación siguen sus guardias de
honor, sus ministros, y por último llega el Rey. Eso es decoroso para un Rey. Así he hecho
Yo: he hecho preparar mi palacio, que es la Iglesia; los soldados han sido los Santos, para
que por medio de ellos Me conozcan los pueblos; después han seguido otros Santos que han
sembrado milagros, como ministros más íntimos; ahora como Rey vengo Yo para reinar; por
eso tenía que escoger un alma en quien formar mi primera morada y en la que fundar este
Reino de mi Voluntad. Por tanto, déjame reinar y dame plena libertad”. (13°, 3-12-1921)
43 - María pudo concebir a Jesús y darle la Vida porque Ella tenía la Voluntad Divina.
“Hija mía, mi Querer contiene todo y quien lo posee puede darme todo. Mi Voluntad fue
todo para Mí: Me concibió, Me formó, Me hizo crecer y Me hizo nacer. Si mi Mamá contribuyó
dándome la sangre, pudo hacerlo porque mi Voluntad, absorbida por Ella, la contenía. Si no
hubiese tenido mi Querer, no habría podido contribuir a formar mi Humanidad, de manera que
mi Voluntad directa y mi Voluntad absorbida en mi Madre Me dieron la Vida. Lo humano no
tenía poder sobre Mí para darme nada, sino sólo el Querer Divino con su aliento Me alimentó
y Me dio a luz.
¿Pero crees tú que fue el frío del aire lo que Me entumeció? ¡Ah, no! Fue el frío de los
corazones el que Me heló, y la ingratitud, que Me hizo llorar amargamente apenas nací. Mi
Madre querida Me enjugó el llanto, aunque también Ella lloró. Nuestras lágrimas se
mezclaron, y dándonos los primeros besos Nos desahogamos en amor. Pero nuestra vida
tenía que ser el dolor y el llanto, y Me hice poner en el pesebre para volver a llorar, llamando a
mis hijos con mis sollozos y mis lágrimas. Quería conmoverlos con mis lágrimas y mis
gemidos para que Me escucharan.
¿Pero sabes tú quién fue la primera, después de mi Mamá, que llamé con mis lágrimas a
mi lado, en el mismo pesebre, para desahogar mi amor? Fuiste tú, la pequeña Hija de mi
Querer. Tú eras tan pequeña, que pude tenerte junto a Mí en el mismo pesebre y pude
derramar mis lágrimas en tu corazón. Esas lágrimas sellaron mi Querer en tí y te constituyeron
hija legítima de mi Voluntad. Mi Corazón se alegró, al ver que en tí regresaba, íntegro
en mi Voluntad, todo lo que había realizado mi Querer en la Creación …” (13°, 25-12-1921)
44 - Las vidas de Jesús y de María eran una sola: eso la distinguía a los ojos de Jesús.
“… Tampoco mi Madre querida hacía nada de extraordinario en su vida exterior, al
contrario, hizo aparentemente menos que cualquiera. Ella se abajaba a las acciones más
comunes de la vida, hilaba, cosía, barría, encendía el fuego… ¿Quién habría pensado que Ella
era la Madre de un Dios? Sus acciones externas nada de eso hacían pensar. Y cuando Me
llevaba en sus entrañas, conteniendo en Ella al Verbo Eterno, cada movimento suyo, cada
acción humana obtenía la adoración de todo lo creado. De Ella salía la vida y la conservación
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de todas las criaturas; el sol dependía de Ella y esperaba la conservación de su luz y de su
calor; la tierra, el desarrollo de la vida de las plantas… Todo giraba en torno a Ella, cielos y
tierra dependían de sus deseos; y sin embargo, ¿quién veía nada? Nadie.
Toda su grandeza, poder y santidad, los mares inmensos de bienes que salía de Ella, de su
interior, cada latido, cada respiro, cada pensamiento, cada palabra, desembocaban en su
Creador. Entre Dios y Ella eran continuas las corrientes que recibía y que daba. Nada salía de
Ella que no hiriera a su Creador y con lo que no quedase herida por El. Estas corrientes la
engrandecían, la elevaban, le hacían superar todo, pero nadie veía nada. Sólo Yo, su Hijo y
Dios, estaba al corriente de todo. Entre mi Madre y Yo corría una corriente tal, que su palpitar
corría en el mío y el mío corría en el suyo, por lo cual Ella vivía gracias a mi palpitar eterno y
Yo gracias a su palpitar materno; nuestras vidas se confundían juntas, y era eso precisamente
lo que Me hacía distinguir que era mi Madre.
Las acciones externas no Me satisfacen ni Me agradan, si no parten de un interior del que
Yo sea la vida. Por eso, ¿de qué te extrañas, que tu vida exterior sea en todo ordinaria? Yo
suelo cubrir mis obras más grandes con las cosas más comunes, para que nadie se fije en
ellas y Yo pueda hacerlas más libremente, y cuando he terminado doy una sorpresa y las
manifiesto a todos, dejándolos asombrados…” (14°, 16-3-1922)
45 - Una sola Voluntad anima a Jesús y a María,
y por eso nada hizo Jesús en que Ella no participara.
“… Todo eso es necesario a la santidad del vivir en mi Querer, engendrar semejanza entre
el alma y Yo. Es lo que hice con mi Madre. No toleré ni siquiera una pequeña pena, ni un acto
o bien alguno que hice en el que Ella no tomara parte. Una era la Voluntad que Nos animaba,
y por tanto, cuando Yo sufría las penas, las muertes, o bien cuando obraba, Ella moría, sufría,
obraba junto conmigo. En su alma tenía que ser mi copia fiel, de modo que, mirándome en
Ella, Yo tenía que hallar a otro Mí mismo.
Ahora, lo que hice con mi Madre quiero hacerlo contigo. Después de Ella te pongo a tí.
Quiero que la Stma. Trinidad sea copiada en la tierra: mi Mamá, tú y Yo; es necesario que por
medio de una criatura mi Querer tenga vida operativa en la tierra. ¿Y cómo puede tener esa
vida operativa, si no doy lo que mi Querer contiene y lo que hizo sufrir a mi Humanidad? Mi
Querer tuvo verdadera vida operativa en Mí y en mi inseparable Mamá; ahora quiero que la
tenga en tí. Una criatura Me es absolutamente necesaria, así ha decidido mi Querer; las
demás dependerán de ésto…” (14°, 20-7-1922)
46 - Todas las criaturas reciben como vida los actos de Jesús y, con ellos, los de María.
“Hija mía, en mi Querer no sólo hallarás todos los actos que hizo mi Humanidad, en los
que entretejía a todas las criaturas juntas, sino que hallarás todo lo que hizo mi Madre
querida, que entretejiéndose conmigo formaba un solo acto. Apenas quedé concebido en su
seno, Ella empezó a entretejerse con mis actos, y así como mi Humanidad no tenía más vida,
más alimento, más finalidad que sólo la Voluntad de mi Padre (la cual, estando presente en
todo, Me constituía acto de cada criatura, para devolver al Padre los derechos de Creador de
parte de las criaturas, y para darme como vida a todas las criaturas), así también Ella, apenas
empezó a entretejerse conmigo, en nombre de todos Le restituía los derechos de Creador y
se daba a todas las criaturas. Así que todas las criaturas recibían como vida los actos de mi
Madre, junto con los míos. Ahora en el Cielo abraza toda la gloria de cada uno, y de parte de
cada criatura mi Querer le da una gloria tal, que no hay gloria que Ella no posea, ni gloria que
de Ella no descienda. Y como entretejió conmigo sus obras, su amor, sus penas, etcétera,
ahora en el Cielo está rodeada de tanta gloria por cuantas veces las entretejió en mi Voluntad.
Por eso supera todo, abraza todo y concurre a todo. Esto es lo que significa vivir en mi
Querer. Mi Madre querida nunca habría podido recibir tanta gloria, si no hubieran corrido en
mi Querer todos sus actos, que la constituyen Reina y corona de todos…” (14°, 15-8-1922)
47 - María estaba al corriente de todas las penas secretas de la vida de Jesús.
“… Mi Madre fue espectadora de todas las penas de mi vida oculta, y era necesario. Si Yo
había venido del Cielo a la tierra para padecer, no por Mí, sino por el bien de los demás, tenía
que tener por lo menos una criatura en quien tenía que apoyar el bien que contenían mis
penas y por tanto mover a mi Madre querida a darme las gracias, a alabarme, a bendecirme, a
amarme y a hacerle admirar el exceso de mi bondad. Tanto que Ella, tocada, conmovida,
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arrebatada al ver mis penas, Me pedía que en vista del gran bien que mis penas le causaban,
no la privase de identificarla con mis mismas penas para sufrirlas, para corresponderme por
ellas y ser mi perfecta imitadora. Si mi Madre no hubiera visto nada, no habría tenido Yo mi
primera imitadora, ningún «gracias», ninguna alabanza. Mis penas, el bien que contenían, no
habrían producido efecto, porque al no conocerlas nadie no habría podido Yo tener mi primer
apoyo; y así la finalidad del gran bien que la criatura tenía que recibir, se habría perdido. ¿Ves
cómo era necesario que una sola por lo menos supiera todas mis penas?…” (14°, 13-10-1922)
48 - Frutos de los actos que Jesús y María hicieron juntos
en el Querer Divino, en favor nuestro.
“Quise que mi Madre, también Santa, Me siguiera en el mar inmenso del Querer Supremo
y que junto conmigo duplicara todos los actos humanos, poniendo, después del mío, el doble
sello de los actos hechos en mi Voluntad, sobre todos los actos de las criaturas. ¡Qué dulce
era para Mí la compañía de mi inseparable Madre en mi Voluntad! La compañía en el obrar
hace surgir la felicidad, la complacencia, el amor de ternura, la alegría, el acuerdo, el heroísmo;
mientras que el aislamiento produce lo contrario. Entonces, al obrar juntos mi Madre
querida y Yo, surgían mares de felicidad, de complacencia en ambos, mares de amor, que, a
porfía, se arrojaban el uno al otro y que producían gran heroísmo. Y estos mares no surgían
sólo para Nosotros, sino también para quien Nos hubiera hecho compañía en nuestra Voluntad.
Más aún, estos mares (podría decirse) se convertían en tantas voces que llamaban al
hombre para que viniera a vivir en nuestro Querer, para devolverle la felicidad, su naturaleza
primordial y todos los bienes que había perdido al sustraerse a nuestra Voluntad...” (14°, 11-
11-1922)
49 - La Inmaculada Concepción ( I ).
“Hija mía, la Inmaculada Concepción de mi Madre querida fue prodigiosa y del todo
maravillosa, tanto que Cielos y tierra llenos de estupor hicieron fiesta. Las Tres Divinas
Personas dieron a porfía: el Padre se desbordó en un mar inmenso di Potencia; Yo, el Hijo, en
un mar infinito de Sabiduría, y el Espíritu Santo en un mar inmenso de eterno Amor, que confundiéndose
en un solo mar formaron uno solo, en medio del cual fue formada la Concepción
de esta Virgen, elegida entre las elegidas. Así que la Divinidad suministró la sustancia de esta
Concepción. Y no sólo era centro de vida de esta admirable y singular criatura, sino que este
mar estaba en torno a Ella, no sólo para tenerla defendida de todo lo que pudiera oscurecerla,
sino para darle a cada momento nueva belleza, nuevas gracias, poder, sabiduría, amor,
privilegios, etcétera. Así que su pequeña naturaleza fue concebida en el centro de este mar, y
se formó y creció bajo el influjo de estas olas divinas. Por eso, apenas fue formada esta noble
y singular criatura, Dios no quiso esperar come hace sempre con las demás criaturas; quería
recibir sus abrazos, la correspondencia de su amor, sus besos, disfrutar sus sonrisas
inocentes. Por eso, apenas fue hecha su Concepción, le le dí el uso de razón, la doté de todos
los conocimientos, le hice saber nuestras alegrías y nuestros dolores respecto a la Creación;
y desde el seno de su madre Ella venía al Cielo, a los pies de nuestro trono, para abrazarnos y
darnos la correspondencia de su amor, sus besos llenos de ternura, y abalanzándose a
nuestros brazos Nos sonreía con tal complacencia de gratitud y de reconocimiento, que robaba
nuestras sonrisas. Oh, qué bello era ver a esta inocente y privilegiada criatura, enriquecida
con todas las cualidades divinas, venir en medio de Nosotros, llena de amor, llena de
confianza, sin temor, porque sólo el pecado crea distancia entre el Creador y la criatura,
rompe el amor, destruye la confianza e infunde temor. Así que Ella venía entre Nosotros como
Reina, que con el amor que Le habíamos dado Nos dominaba, Nos embelesaba, Nos ponía de
fiesta y nos robaba más amor; y Nosotros le dejábamos obrar, gozábamos del amor que Nos
arrebataba y La constituímos como Reina del Cielo y de la tierra. Cielo y tierra exultaron e
hicieron fiesta con Nosotros, por tener a su Reina después de tantos siglos... El sol sonrió
con su luz y se sintió afortunado al tener que servir a su Reina dándole la luz. El cielo, las
estrellas y todo el universo sonrieron de alegría e hicieron fiesta, porque debían alegrar a su
Reina, haciéndole ver la armonía de las esferas y su belleza. Sonrieron las plantas, porque
habían de alimentar a su Reina; y también la tierra sonrió y se sintió ennoblecida al tener que
ser la morada que pisaran los pasos de su Emperadora. Sólo el inferno lloró, sintiendo que
desfallecían sus fuerzas por el dominio de esta Soberana Señora.
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¿Pero sábes tú cuál fue el primer acto que hizo esta Criatura Celestial cuando por primera
vez se vio ante nuestro trono? Ella comprendió que todo el mal del hombre había sido la
ruptura entre su voluntad humana y la de su Creador, sintió un estremecimiento y, sin dejar
pasar ni un solo instante, ató su voluntad a los pies de mi trono, sin quererla conocer
siquiera; y mi Voluntad se ató a Ella y se hizo el centro de su vida, de manera que entre
Nosotros y Ella se abrieron todas las corrientes, todas las relaciones, todas las comunicaciones,
y no hubo secreto que no Le confiáramos. Fue eso precisamente el acto más bello,
más grande, más heroico que hizo, colocar su voluntad a nuestros pies, lo que hizo que
Nosotros, como extasiados, nos hizo constituirla Reina de todos. ¿Ves lo que significa
vincularse con mi Voluntad y no conocer la propia?
El segundo acto fue ofrecerse a cualquier sacrificio por amor Nuestro. El tercero fue
devolvernos el honor, la gloria de toda la Creación, que el hombre Nos había negado al hacer
su voluntad; y desde el seno de su madre lloró de amor a Nosotros, al vernos ofendidos, y
lloró de dolor por el hombre culpable... ¡Oh, cóme Nos enternecían esas lágrimas inocentes y
apresuraban la suspirada Redención!
Esta Reina Nos dominaba, Nos vinculaba, obtenía de Nosotros gracias infinitas; Nos
inclinaba tanto hacia el género humano, que no podíamos ni sabíamos resistir a sus continuos
ruegos. ¿Pero de dónde procedía tal poder y tanta influencia sobre la misma Divinidad?
Ah, tú ya lo has comprendido: era la potencia de nuestro Querer que obraba en Ella, el cual,
mientras la dominaba, la hacía ser dominadora del mismo Dios. Y además, ¿cómo podíamos
resistir a tan inocente criatura, poseída por la potencia y la santidad de nuestro mismo
Querer? Habría sido resistirnos a Nosotros mismos. En Ella descubríamos nuestras cualidades
divinas; como oleadas afluíban sobre Ella los reflejos de nuestra Santidad, los reflejos
de nuestros modales divinos, de nuestro Amor, de nuestro Poder, etcétera, y nuestro Querer,
que de todo ello era el centro que atraía los reflejos de nuestras cualidades divinas, se hacía
corona y defensa de la Divinidad habitante en Ella.
Si esta Virgen Inmaculada no hubiera tenido el Querer Divino como centro de vida, todas
las demás prerrogativas y privilegios con que tanto la enriquecimos habrían sido cosa de
nada en comparación con éste. Eso fue lo que le confirmó y le conservó todos sus privilegios,
más aún, le multiplicaba otros nuevos a cada momento. Esa es, por tanto, la causa por
la que la constituímos Reina de todos, porque cuando Nosotros obramos lo hacemos con
razón, sabiduría y justicia: porque nunca dio vida a su querer humano, sino que nuestro
Querer en Ella estuvo siempre íntegro. ¿Cómo podíamos decirle a otra criatura: “Tú eres
reina del cielo, del sol, de las estrellas, etcétera”, si en vez de hacerse dominar por nuestro
Querer, hubiera sido dominada por su querer humano? Todos los elementos, el cielo, el sol,
la tierra, se habrían sustraído al régimen y al dominio de esta criatura; todos habrían gritado
en su mudo lenguaje: “¡No la queremos! Nosotros somos superiores a ella, porque nunca nos
hemos sustraído a tu eterno Querer”. “Como me creaste, así soy”, habría gritado el sol con
su luz, las estrellas con sus destellos, el mar con sus olas, y así todo lo demás. Por el
contrario, en el momento en que todos sintieron el dominio de esta Virgen excelsa, que, casi
como una hermana suya, nunca quiso conocer su voluntad, sino sólo la de Dios, no sólo
hicieron fiesta, sino que sintieron un honor tener a su Reina y corrieron a su alrededor a
formar su cortejo y a tributarle sus homenajes, poniéndose la luna como escabel a sus pies,
las estrellas como corona, el sol como diadema, los Angeles como servidores, los hombres
como a la espera... Todos, todos le rindieron honores y le presentaron sus homenajes. No
hay honor y gloria que no pueda darse a nuestro Querer, tanto si obra en Nosotros, en su
propia sede, como si vive en la criatura.
¿Pero sabes tú qué fue lo primero que hizo esta noble Reina cuando, al salir del seno
materno, abrió los ojos a la luz de este bajo mundo? Al nacer, los Angeles le cantaron la
canción de cuna a la Niña Celestial; Ella quedó arrobada y su alma tan bella salió de su
cuerpecito, acompañada por multitudes de Angeles, y recorrió Cielos y tierra, yendo a
recoger todo el amor que Dios había derramado en toda la Creación, y penetrando en el
Paraíso vino a los pies de Nuestro trono a ofrecernos la correspondencia de amor de todo lo
creado y pronunció su primer “gracias” en nombre de todos. Oh, cómo Nos sentimos felices
al oír el “gracias” de esta Niñita Reina, y le confirmamos todas las gracias, todos los dones,
haciéndole superar a todas las demás criaturas reunidas juntas. A continuación, lanzándose
a nuestros brazos, se sumergió en nuestras delicias, nadando en el piélago de todos los
contentos, quedando embellecida con nueva belleza, nueva luz y nuevo amor; suplicó de
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nuevo por el género humano, suplicándonos con lágrimas que bajara el Verbo Eterno para
salvar a sus hermanos. Pero mientras hacía así, nuestro Querer le hizo saber que bajara a la
tierra, y Ella enseguida dejó nuestros contentos y gozos y se fue, para hacer... ¿qué cosa?
Nuestro Querer. ¡Qué potente atracción tenía nuestro Querer, habitante en la tierra en esta
Reina recién nacida! Ya no Nos parecía extraña la tierra, ya no éramos capaces de flagelarla
haciendo uso de nuestra Justicia; teníamos la Potencia de nuestra Voluntad, que en esta Niña
inocente Nos sujetaba los brazos, Nos sonreía desde la tierra y convertía la Justicia en
gracias y en dulce sonrisa, tanto que, no pudiendo resistir al dulce encanto, el Verbo Eterno
apresuró su curso. ¡Oh prodigio de mi Querer Divino, a Tí se debe todo, por Tí se cumple
todo, y no hay prodigio más grande que mi Querer habitante en la criatura!” (15°, 8-12-1922)
50 - La Encarnación del Verbo. La colaboración de María con la Stma. Trinidad.
“Hija mía querida, si la Concepción de mi Madre Celestial fue prodigioso y fue concebida
en el mar que salió de las Tres Divinas Personas, mi Concepción no fue en el mar que salió
de Nosotros, sino en el gran mar que residía en Nosotros, nuestra misma Divinidad, que
descendía al seno virginal de esta Virgen, y quedé concebido. Es verdad que se dice que el
Verbo se encarnó, pero mi Padre Celestial y el Espíritu Santo eran inseparables de Mí. Es
verdad que Yo tuve la parte agente, pero Ellos la tuvieron concurrente. Imagínate dos
reflectores, de los que uno refleja en el otro la misma imágen. Los sujetos son tres: el de
enmedio toma la parte operante, sufriente, suplicante; los otros dos estan con él, concurren y
son expectadores. Por tanto puedo decir que de los dos reflectores, uno era la Trinidad
Sacrosanta y el otro mi Madre querida. Ella, en el breve curso de su vida, con vivir siempre en
mi Querer Me preparó en su seno virginal el pequeño terreno divino en el que Yo, Verbo
Eterno, tenía que vestirme de carne humana, porque jamás habría bajado en un terreno
humano. Y reflejándose la Trinidad en Ella, quedé concebido. Por eso, mientras esa misma
Trinidad permanecía en el Cielo, Yo quedé concebido en el seno de esta noble Reina. Todas
las demás cosas, por más que sean grandes, nobles, sublimes, prodigiosas, incluso la misma
Concepción de la Virgen Reina, todas se quedan atrás; no hay nada comparable, ni amor, ni
grandeza, ni potencia, a mi Encarnación. Aquí no se trata de formar una vida, sino de encerrar
la Vida que da la vida a todos, no de extenderme, sino de restringirme, para poder
encarnarme, no para recibir, sino para dar… ¡Quien ha creado todo, para encerrarse en una
creada y pequeñísima Humanidad! Estas son solamente obras de un Dios, de un Dios que
ama, que a toda costa quiere vincular con su Amor a la criatura para hacer que Lo ame. Pero
ésto aún es nada. ¿Sabes tú dónde resplandeció todo mi Amor, toda mi Potencia y Sabiduría?
Apenas la Potencia Divina formó esta pequeñísima Humanidad, tan pequeña que podría
compararse al tamaño de una avellana 1, pero con todos sus miembros proporcionados y
formados 2, y el Verbo quedó concebido en Ella, la inmensidad de mi Voluntad, conteniendo
en sí a todas las criaturas pasadas, presentes y futuras, concibió en Ella las vidas de todas
las criaturas y, a la vez que crecía la mía, así crecían ellas en Mí. Por eso, mientras
aparentemente parecía estar Yo solo, visto con el microscopio de mi Voluntad se veían
concebidas todas las criaturas. Conmigo sucedía como cuando se ven aguas cristalinas, que
parecen claras, pero viéndolas con el microscopio, ¿cuántos microbios no se ven?
Mi Encarnación fue tal y tan grande, que la gran rueda de la Eternidad quedó tocada y
estática, al ver los innumerables excesos de mi Amor y todos los prodigios reunidos en uno
solo. Toda la mole del Universo quedó conmovida al ver que el que da vida a todo se
encerraba, se empequeñecía, se anonadaba, encerraba todo…, ¿para hacer qué? Para asumir
las vidas de todos y hacer que renacieran todos”. (15°, 16-12-1922)
51 - María, Reina de todos, se humilló más que nadie
por el conocimiento que tenía de Dios y de sí misma.
“… De mi Madre, Reina de todos, se dice que fue la más humilde de todos, porque tenía
que ser superior a todos; pero para ser más humilde que todos tenía que descender a lo más
bajo, por debajo de todos; y mi Madre Celestial, con el conocimiento que tenía de su Dios y
1 Luisa usa una palabra en dialecto, que significa “avellana”, pero que a la vez en italiano es “el tejido interno
del óvulo, del cual se forma el saco del embrión”; un significado que ella no podía conocer.
2 No es casual que Jesucristo sea, en su Stma. Humanidad, “el Primogénito” entre todas las criaturas (Col.
1,15), “el nuevo Adán”, el modelo ejemplar del mismo Adán y de todo el género humano.
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Creador y de quien era ella, criatura, descendía tan bajo que, como Ella se humillaba, así
Nosotros la ensalzábamos, pero tanto, que no hay nadie como Ella…” (15°, 22-2-1923)
52 - Los dolores de María la constituyeron Reina,
porque estaban animados por el “Fiat” Divino.
Estaba pensando en los dolores de mi Madre Celestial, y mi amable Jesús, moviéndose en mi
interior, me ha dicho: “Hija mía, el primer Rey de los dolores fui Yo, y siendo Yo hombre y Dios,
tenía que reunir todo en Mí para tener la primacía sobre todo, incluso sobre los mismos
dolores. Los de mi Madre no eran sino el reflejo de los míos, que reflejándose en Ella le
comunicaban todos mis dolores, los cuales, traspasándola, la llenaron de tanta amargura y
pena que se sentía morir a cada reflejo de mis dolores; pero el Amor la sostenía y le devolvía
la vida. Por eso, no sólo por honor, sino con derecho de justicia fue la primera Reina del
inmenso mar de sus dolores”.
Mientras así decía, me parecía ver a mi Mamá delante de Jesús, y todo lo que que Jesús tenía, los
dolores y heridas de aquel Corazón Divino, se reflejaba en el Corazón de la Reina Dolorosa, y al
reflejarse se formaban otras tantas espadas en el Corazón de la Madre traspasada. Esas espadas
estaban selladas por un ‘Fiat’ de luz, de la cual Ella quedaba circundada, en medio a tantos ‘Fiat’ de
luz refulgentísima, que le daban tanta gloria, que no hay palabras para decirla.
Y Jesús ha proseguido diciendo: “No fueron los dolores los que constituyeron reina a mi
Madre y la hicieron resplandecer de tanta gloria, sino mi ‘Fiat’ Omnipotente, que trenzaba
cada uno de sus actos y dolores y era la vida de cada uno de ellos. De manera que mi ‘Fiat’
era el acto primero que formaba la espada, dándole la intensidad de dolor que quería. Mi ‘Fiat’
podía poner en ese Corazón transpasado todos los dolores que quería, añadiendo heridas a
heridas, penas sobre penas, sin la sombra de la menor resistencia; al contrario, Ella se sentía
honrada de que mi ‘Fiat’ se hiciera vida hasta de cada latido suyo. Y mi ‘Fiat’ le dió gloria
completa y la constituyó Reina verdadera y legítima. Ahora, ¿en qué almas podrán riflejarse
los destellos de mis dolores y de mi misma vida? En aquellas que tengan como vida mi ‘Fiat’.
Este ‘Fiat’ formará en ellas mis reflejos y Yo seré generoso en compartir lo que mi Querer
realiza en Mí. Por eso espero a las almas en mi Voluntad, para darles el verdadero dominio y
la gloria completa de cada acto y pena que puedan sufrir. Fuera de mi Voluntad, el obrar y el
sufrir Yo no los reconozco; podría decir: «No tengo nada que darte; ¿cuál es la voluntad que
te ha animado para hacer o sufrir éso? Pues que ésa te pague». Muchas veces el hacer el
bien, el padecer, sin que tenga que ver mi Voluntad, pueden ser míseras esclavitudes, que se
vuelven pasiones, mientras que sólo mi Querer da el verdadero dominio, las verdaderas
virtudes, la verdadera gloria, que convierte lo humano en divino”. (15°, 23-3-1923)
53 - Para poder ser Madre del Hombre-Dios,
María ha recibido la Fecundidad virginal del Padre.
“… Es lo que hice en la obra de la Redención. Para poder elevar a una criatura, para que
pudiera concebir a un Hombre y Dios, tuve que reunir en Ella todos los bienes posibles e
imaginables, tuve que elevarla tanto que puse en Ella el gérmen de la misma Fecundidad
Paterna, y como mi Padre Celestial Me engendró virgen en su seno con el gérmen virginal de
su Fecundidad eterna, sin obra de mujer, y en ese mismo gérmen procedió el Espíritu Santo,
así mi Madre Celestial, con ese gérmen eterno, totalmente virginal, de la Fecundidad Paterna,
Me concibió en su seno virgen, sin obra de varón. La Trinidad Sacrosanta tuvo que dar de lo
suyo a esta Virgen divina, para poder concebirme a Mí, Hijo de Dios. Mi Santa Madre nunca
habría podido concebirme, al no tener Ella ninguna semilla. Ahora bien, al ser Ella de la raza
humana, este gérmen de la Fecundidad eterna le dió el poder de concebirlo como Hombre,
pero como el gérmen era divino, al mismo tiempo Me concibió siendo Dios. Y así como, en el
acto de engendrarme el Padre, a la vez procede el Espíritu Santo, así, al mismo tiempo que fui
engendrado en el seno de mi Madre, procedió la generación de las almas. De manera que
todo lo que desde la eternidad le sucedió a la Stma. Trinidad en el Cielo, se repite en el seno
de mi Madre querida.
La obra era grandísima e incalculable para una mente creada. Tenía que reunir todos los
bienes, además de Mí mismo, para hacer que todos pudieran encontrar lo que querían. Por
eso, teniendo que ser la obra de la Redención tan grande que abarcara a todas las
generaciones, quise durante tantos siglos las oraciones, los suspiros, las lágrimas, las
penitencias de tantos patriarcas y profetas y de todo el pueblo del Antiguo Testamento, y eso
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fue para prepararlos a que recibieran un bien tan grande y para hacerme reunir en esta
celestial criatura todos los bienes, de los que todos habían de gozar.
Ahora bien, ¿qué es lo que movía a orar, a suspirar, etcétera, a ese pueblo? La promesa
del futuro Mesías. Esa promesa era como el gérmen de tantas súplicas y lágrimas. Si no
hubiera sido hecha esa promesa, nadie se hubiera preocupado, nadie habría esperado la
salvación.
Y ahora, hija mía, llegamos a mi Voluntad. ¿Crees tú que sea una santidad como las otras
santidades? ¿Que sea un bien o una gracia más o menos como las otras que he concedido
durante tantos siglos a los otros Santos y a toda la Iglesia? ¡No, no! Aquí se trata de una
época nueva, de un bien que ha de servir a todas las generaciones; pero es necesario que
todo ese bien lo reuna primero en una sola criatura, como hice en la Redención, reuniendo
todo en mi Madre, y fíjate, cómo las cosas son de la misma manera.
(…) Esta Voluntad mía es la misma que actuó en la Redención, que quiso servirse de una
Virgen. ¿Cuáles portentos y prodigios de gracia acaso no hizo en Ella? Ella es grande,
contiene todos los bienes y es magnánima en todo lo que hace, y si se trata de realizar algo
para el bien de toda la humanidad, pone en juego todos sus bienes. Ahora mi Voluntad quiere
servirse de otra virgen para poner su sede en ella y dar comienzo a hacer que se conozca que
esta Voluntad se haga así en la tierra como en el Cielo”. (15°, 14-4-1923)
54 - La perfecta virginidad de María. Por medio de Ella
vino el Redentor y se dio a conocer.
“Hija queridísima de mi supremo Querer, es mi costumbre hacer mis obras más grandes
en almas vírgenes y desconocidas; y no sólo vírgenes de naturaleza, sino vírgenes de
afectos, de corazón, de pensamientos, porque la verdadera virginidad es la sombra divina, y
sólo a mi sombra puedo Yo fecundar mis obras más grandes. También en aquellos tiempos
en que vine a redimir había pontífices, autoridades, pero no fui a ellos, porque mi sombra no
estaba. Por eso elejí a una Virgen desconocida a todos, pero bien conocida por Mí; y si la
verdadera virginidad es mi sombra, el elegirla desconocida era debido a mis celos divinos,
que, queriéndola solo para Mí, la mantenía desconocida para todos los demás. Pero a pesar
de que esa Virgen celestial fuera desconocida, Yo Me dí a conocer, abriéndome camino para
dar a conocer a todos la Redención. Cuanto más grande es la obra que quiero hacer, tanto
más voy cubriendo el alma con la superficie de las cosas más corrientes.
Ahora bien, siendo las personas que tú dices personas conocidas, el celo divino no podría
mantener su vigilancia y la sombra divina, oh, qué difícil es encontrarla.
Y además, Yo elijo a quien quiero. Está establecido que dos Vírgenes han de venir en
ayuda de la humanidad: una para hacer que el hombre se salve, la otra para hacer que mi
Voluntad reine sobre la tierra, para dar al hombre su felicidad terrena, para unir las dos
voluntades, la divina y la humana, formando una sola, para que el fin por el que fue creado el
hombre tenga su pleno cumplimiento. Yo me encargaré de abrirme camino para hacer que se
conozca lo que quiero. Lo que me interesa es tener la primiera criatura en quien depositar
este Querer mío y que en ella tenga vida, así en la tierra como en el Cielo; lo demás vendrá
por sí solo…” (15°, 20-4-1923)
55 - Jesús y María adquirieron en sus privaciones todos los bienes
para poder darlos a todos.
“… Ah, hija mía, para tomar plena posesión de mi Voluntad tienes que reunir en tí todos los
estados de ánimo de todas las criaturas, y al pasar por un estado de ánimo, así adquieres su
dominio. Eso ocurrió en mi Madre y en mi misma Humanidad. ¿Cuántas penas, cuántos
estados de ánimo había en Nosotros? Mi Madre querida tantas veces permanecía en el estado
de pura fe, y mi gimiente Humanidad quedaba como aplastada bajo el peso enorme de todos
los pecados y las penas de todas las criaturas; pero mientras sufría Me quedaba con el
dominio de todos los bienes opuestos a aquellos pecados y penas de las criaturas, y mi
Madre querida quedaba como Reina de la fe, de la esperanza y del amor, dominadora de la
luz, para poder dar fe, esperanza, amor y luz a todos. Para dar hacer falta poseer y para
poseer es necesario reunir en sí esas penas, y con la resignación y con el amor convertir las
penas en bienes, las tinieblas en luz, las frialdades en fuego. Mi Voluntad es plenitud y quien
ha de vivir en Ella debe entrar con el dominio de todos los bienes posibles e imaginables, en
la medida de lo posible a una criatura. ¿Cuántos bienes puedo acaso dar a todos y cuántos
puede dar mi inseparable Mamá por haber sufrido todo? (Y si no damos más es porque no
hay quien los tome). Y mientras estábamos en la tierra nuestra morada estaba en la plenitud
de la Divina Voluntad…” (15°, 23-5-1923)
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56 - María, criatura única, en quien estan todos los bienes
de la Redención, fue siempre custodiada.
“Hija mía, cuanto más grande es la obra que quiero hacer, tanto más necesario es que sea
única y singular la criatura que elijo. La obra de la Redención era la más grande y elegí para
ella una sola criatura, dotándola de todos los dones, jamás concedidos a nadie, para hacer
que poseyera tanta Gracia que pudiese hacerme de Madre y que Yo pudiera depositar en Ella
todos los bienes de la Redención; y para custodiar mis mismos dones, desde que fue
concebida hasta que Me concibió, la tuve eclipsada en la Luz de la Stma. Trinidad, la Cual la
custodiaba y tenía el cuidado de dirigirla en todo. Cuando después Yo quedé concebido en su
seno virginal, siendo Yo la verdadera cabeza y el primero de todos los Sacerdotes, asumí Yo
el cuidado de custodiarla y dirigirla en todo, hasta en el movimiento de su palpitar; y al morir
Yo la encomendé a otro Sacerdote, que fue San Juan. Un alma tan privilegiada, que contenía
todas las gracias, única en la Mente Divina, única en la historia, no quise dejarla hasta su
último respiro sin la asistencia de un representante mío. ¿Acaso he hecho eso con otras
almas? No, porque no poseyendo tantos bienes, dones y gracias, no hacía falta tanto cuidado
y asistencia…” (15°, 11-7-1923)
57 - En María estan depositados todos los bienes
y la misma Vida divina, para darse a todos.
“Hija mía, así hice en la Encarnación: primero puse en mi Mamá querida todos los bienes
que convenían para poder bajar del Cielo a la tierra, y luego Me encarné e hice el depósito de
mi misma vida. De mi Mamá salió este depósito como vida di todos. Así será de mi
Voluntad…” (16°, 27-7-1923)
58 - María restableció todas las relaciones con la Voluntad de Dios;
su cumplimiento parte de María.
“… Ahora tú debes saber que una simple criatura rompió las relaciones existentes entre la
Voluntad Divina y la criatura. Esta ruptura destruyó los planes que la Divinidad tenía en la
creación del hombre. Pues bien, a otra simple criatura, si bien dotada de tantas gracias y
privilegios, como fue la Virgen, Reina de todos, pero siempre pura criatura, fue dada la tarea
de volver a atar, de poner los cimientos, de restablecer las relaciones con la Voluntad de su
Creador, para reparar la primera ruptura de aquella primera criatura; mujer fue la primera,
mujer era la segunda.
Fue precisamente Ella quien, vinculando su querer al Nuestro, Nos devolvió el honor, el
decoro, la soberanía, los derechos sobre la Creación. ¿No fue por una sola criatura que
comenzó el mal y se formó la semilla de la ruína para todas las generaciones? Así sólo por
esta celestial criatura tuvo su comienzo el bien. Poniéndose en relación con la Voluntad de su
Creador formó la semilla de aquel ‘Fiat’ Eterno que debía ser la salvación, la santidad, el
bienestar de todos. Pues bien, a medida que esta celestial criatura crecía, así iba creciendo
en Ella la semilla de aquel ‘Fiat’ Eterno, haciéndose árbol, y el Verbo Eterno se sintió
irresistiblemente atraído a descansar a la sombra de su Eterno Querer y quedó concebido,
formando su Humanidad en aquel seno virginal, en el que como rey dominante reinaba su
Querer Supremo. ¿Así que ves cómo todos los bienes descienden de mi Supremo Querer y
todos los males aparecen cuando la criatura se sustrae a la Voluntad Divina? Por tanto, si no
hubiera encontrado una criatura que tuviese como vida mi Querer y que se hubiera puesto en
relación conmigo, con aquellos vínculos de la Creación queridos por Mí, no habría Yo querido
ni podido bajar del Cielo y tomar humana carne para salvar al hombre. Así que mi Madre fue
el comienzo, el orígen, la semilla del «Fiat Voluntas tua, así en la tierra como en el Cielo»,
porque una criatura lo había destruído y era justo que otra criatura tuviese que reedificarlo.
(…) Ahora bien, hija mía, si mi Eterna Sabiduría dispuso que una celestial criatura, la más
santa entre todas, preparase la semilla de mi santo Querer, en el que Yo formé el plano del
resurgimiento del hombre en mi Suprema Voluntad, ahora, por medio de otra criatura,
haciéndola entrar en las eternas mansiones de mi Querer y vinculando su voluntad con la
Mía, uniéndola a todos mis actos, hago resurgir todo su interior en el eterno sol de mi Querer
y abro este plan a las generaciones, de modo que el que quiera pueda entrar en él para
ponerse en relación con la Voluntad de su Creador. Y si hasta ahora han disfrutado de los
bienes de la Redención, ahora pasarán a gustar los frutos del «Fiat Voluntas tua, así en la
tierra como en el Cielo», aquella felicidad perdida, aquella dignidad y nobleza, aquella paz
toda celestial, que el hombre, haciendo su voluntad, había hecho desaparecer de la faz de la
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tierra. Gracia más grande no podría darle, porque piniéndolo de nuevo en relación con mi
Voluntad, le devuelvo todos los bienes con que lo doté al crearlo…” (16°, 13-8-1923)
59 - María es como el Sol, siendo el orígen de todos los bienes.
Ella es el Milagro de los milagros.
“… Y además está el ejemplo de mi Madre, verdadera santidad del vivir en mi Querer, con
todo su interior eclipsado en el eterno sol de la Voluntad Suprema, y que, debiendo ser la
Reina de la santidad de los santos, Madre y portadora de mi vida a todos y por tanto de todos
los bienes, quedaba como escondida para todos, llevándoles el bien sin darse a conocer. Más
que el sol silencioso llevaba la Luz sin hablar, el Fuego sin estrépito, el Bien sin llamar la
atención. No había bien que de Ella no saliera; no había milagro que de Ella no brotara.
Viviendo en mi Querer vivía escondida en todos y era y es origen de los bienes de todos.
Estaba tan raptada en Dios, tan fija y ordenada en la Divina Voluntad, que todo su interior
nadaba en el mar del Eterno Querer, estaba al corriente de todo el interior de todas las
creaturas y ponía de lo suyo para reordenarlas ante Dios.
El interior del hombre tenía más necesidad que lo exterior de ser reparado, reordenado, y
teniendo que hacer lo que es más, parecía dejar lo de menos, mientras Ella era el orígen del
bien externo y del interno. Y no obstante, aparentemente no parecía que hiciese obras
grandes y estrepitosas. Ella, más que el sol, pasaba inobservada y escondida en la nube de
luz de la Divina Voluntad, tanto que los mismos Santos han dado de sí mismos haciendo
aparentemente cosas más estrepitosas que mi misma Madre; y sin embargo, ¿qué cosa son
los más grandes Santos en comparación con mi Madre Celestial? Son apenas estrellitas en
comparación con el gran sol y, si se ven iluminadas, la causa es el sol. Pero aunque no
hiciera cosas llamativas, no dejaba de aparecer majestuosa y bella, sobrevolando apenas la
tierra, enteramente atenta a ese Querer Eterno que con tanto amor y fuerza fascinaba y
raptaba para traerlo del Cielo a la tierra, y que con tanta brutalidad la familia humana había
desterrado, relegándolo al Cielo. Y Ella, con su interior perfectamente ordenado en el Divino
Querer, no le daba tiempo al tiempo. Si pensaba, si palpitaba, si respiraba, todo lo que hacía
eran vínculos fascinantes con los que atraía al Verbo Eterno a la tierra; y de hecho venció e
hizo el milagro más grande, que nadie más pudo hacer….” (16°, 20-8-1923)
60 - María se conservó en su pequeñez,
dando vida en Ella sólamente a la Voluntad Divina.
“Pequeña mía, la maldad no puede entrar en los verdaderos pequeños. ¿Sabes tú cuando
empieza a entrar el mal, el crecimiento? Cuando empieza a entrar el propio querer. Cuando
entra en la criatura, empieza a llenarse y a vivir de sí misma, y el Todo se va de la pequeñez
de la criatura; y a ella le parece que su pequeñez se hace grande, pero es grandeza que hace
llorar porque, no viviendo Dios del todo en ella, se separa de su Principio, deshonra su
origen, pierde la luz, la belleza, la santidad, el frescor de su Creador. Le parece que crece a
sus propios ojos e incluso a los ojos de los demás, pero ante Mí, ¡oh, cómo decrece! Tal vez
se haga grande, pero nunca será mi pequeñita predilecta, que Yo, movido por amor a ella,
para que se mantenga como la he creado, la lleno de Mí y la hago la más grande, y nadie
podrá igualarla.
Eso es lo que hice con mi Madre Celestial. Entre todas las generaciones Ella es la más
pequeña, porque en Ella nunca entró su querer como agente, sino siempre mi Querer Eterno,
el cual no sólo la conservó pequeña, bella, fresca, como había salido de Nosotros, sino que la
hizo la más grande entre todos. ¡Oh, qué bella era, pequeña por sí misma, pero grande,
superior a todos por obra nuestra! Sólo por su pequeñez fue elevada a la altura de Madre de
Aquel que la creó. Por tanto, como ves, todo el bien del hombre está en hacer mi Voluntad,
mientras que todo el mal está en hacer la suya. Por eso, para venir a redimir al hombre escogí
a mi Madre, por ser pequeña, y Me serví de Ella como de un canal para hacer bajar sobre el
género humano todos los bienes y los frutos de la Redención.
Ahora, para hacer que mi Querer sea conocido, para abrir el Cielo haciendo que mi Querer
descienda a la tierra y en ella reine como en el Cielo, tenía que elegir a otra pequeña entre
todas las generaciones. Siendo la obra que quiero hacer la más grande, reintegrar el hombre
a su principio, del que salió, abrirle ese Querer Divino que rechazó, abrirle los brazos para
recibirle de nuevo en el seno de mi Voluntad, mi infinita Sabiduría llama de la nada a la más
pequeña. Era justo que fuese pequeña: si puse a una pequeña a la cabeza de la Redención,
debía poner a otra pequeña a la cabeza del «Fiat Voluntas tua, así en la tierra como en el
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Cielo». Entre dos pequeñas tenía que encerrar la finalidad de la creación del hombre y realizar
mis planes sobre él: por medio de una tenía que redimirlo, lavarlo con mi sangre de sus
deformidades, darle el perdón; por medio de la otra tenía que hacerle volver a su principio, a
su origen, a su nobleza perdida, a los vínculos con mi Voluntad que él había roto, admitirlo de
nuevo a la sonrisa de mi Eterna Voluntad, a que se besaran su voluntad y la Mía y que una
viviera en la otra. Era sólo eso el fin de la creación del hombre, y a lo que Yo he establecido
nadie podrá oponerse. Pasarán siglos y siglos; como en la Redención, así también en ésto,
pero el hombre volverá a mis brazos, como fue creado por Mí (…)
Y además, la vida de mi Voluntad ya ha existido sobre la tierra, no es del todo nueva, si
bien estuvo como de paso. Estuvo en mi inseparable y querida Madre. Si la vida de mi
Voluntad no hubiera estado en Ella, Yo, Verbo Eterno, no habría podido bajar del Cielo; Me
habría faltado el camino por el que bajar, la habitación en la que entrar, la humanidad para
cubrir mi Divinidad, el alimento para nutrirme; Me habría faltado todo, porque todas las
demás cosas no son aptas para Mí. Por el contrario, encontrando mi Voluntad en mi Madre
querida, Yo hallaba mi mismo Cielo, mis alegrías, mis contentos. En todo caso, cambié de
residencia, del Cielo a la tierra, pero por lo demás no cambié nada; lo que tenía en el Cielo,
gracias a mi Voluntad que Ella poseía, lo encontraba en la tierra, y por eso con todo mi amor
bajé a tomar en Ella mi humana carne….” (16°, 10-11-1923)
61 - María hizo suyos todos los actos de la Divina Voluntad rechazados;
por eso el Verbo se encarnó.
“… Eso es necesario, como fue necesario que, para venir a cumplir la Redención, una
pequeña hija nuestra, como fue mi Madre, se encargase de recibir en Ella todos los actos de
nuestra Voluntad, rechazados por las criaturas; los hizo suyos, los acogió con decoro, los
amó, los reparó, correspondió por ellos, tanto que llenó todos sus confines, por cuanto a una
criatura es posible. Entonces la Divinidad, cuando vió su Voluntad de nuevo íntegra respecto
a la Creación en esa pequeña, no sólo de parte de ella, sino de todos los demás, se sintió tan
atraída que, a tantos actos suyos de Voluntad como hizo en la Creación, añadió el acto más
grande, más sublime, más prodigioso: que esta pequeña fuera Aquella que tenía que ser
elevada a la sola y única dignidad de Madre de su propio Creador.
Jamás Yo, Verbo Eterno, habría podido bajar del Cielo, si no hubiera encontrado en Ella
mi Voluntad íntegra de nuevo, como Nosotros habíamos querido que existiese en la criatura.
¿Cuál fue, por tanto, la causa que Me hizo venir a la tierra? Mi Voluntad existente en una
pequeña criatura. ¿Qué Me importaba a Mí que fuera pequeña? Lo que Me interesaba es que
mi Voluntad estuviera a salvo en Ella, sin ruptura alguna por parte de su voluntad humana.
Salvada la Nuestra, todos nuestros derechos se Nos restituían, la criatura se ponía en órden
respecto a su Creador y el Creador se ponía en órden respecto a la criatura. El fin de la
Creación estaba alcanzado; por tanto Nos pusimos a la obra, que el Verbo se hiciese carne,
en primer lugar para redimir al hombre y después para que nuestra Voluntad se hiciera así en
la tierra como en el Cielo. Ah, sí, fue mi Madre que, haciendo suya toda nuestra Voluntad que
había salido de Nosotros para el bien de la Creación, hirió a la Divinidad con flechas divinas,
de manera que, como potente imán, atrajo a su seno al Verbo, herido por nuestras mismas
flechas. Nada sabemos negar a quien posee nuestra Voluntad. Ya ves la necesidad por la que
quiero que, para dar cumplimiento a ese «Fiat» que vine a traer a la tierra y que sólo por mi
Madre fue acogido y comprendido (y por eso no hubo división entre Ella y Yo), otra criatura
se ofrezca a recibir en sí todos los actos de mi Voluntad que salieron en la Creación.
La Divinidad quiere ser herida otra vez con sus mismos dardos, para dar a las generaciones
este gran bien, que mi Voluntad reine en ellas…” (16°, 15-11-1923)
62 - Con qué alimento María nutre a sus hijos.
Ella es la “Madre y Reina de la Divina Voluntad”.
Estaba haciendo la hora de la Pasión en que mi Mamá Dolorosa recibió a su Hijo muerto en sus
brazos y Lo colocó en el sepulcro, y le decía en mi interior: “Madre mía, junto con Jesús pongo en tus
brazos a todas las almas, para que los reconozcas a todos como hijos tuyos, los escribas en tu
Corazón uno por uno y los metas en las llagas de Jesús. Son los hijos de tu dolor inmenso y basta éso
para que los reconozcas y los ames. Quiero poner a todas las generaciones en la Voluntad Suprema,
para que nadie falte, y en nombre de todos quiero darte consuelo, compasión y alivio divino”.
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Y mientras así decía, mi dulce Jesús se ha movido en mi interior y me ha dicho: “Hija mía, ¡si tú
supieras con qué cosa alimentó mi Madre Dolorosa a todos estos hijos!”
(…) “Pero el hombre quiso hacer su voluntad y rompió con la Divina… ¡Ojalá no lo hubiera
hecho! Mi Querer se retiró y él precipitó en el abismo de todos los males. Ahora bien, para
volver a vincular estas dos voluntades hacía falta Alguien que poseyera una Voluntad Divina,
y por eso, amando Yo, Verbo Eterno, con un amor eterno al hombre, decretamos las Tres
Divinas Personas que Yo tomara humana carne para venir a salvarlo y a reunir las dos
voluntades separadas. Pero ¿dónde podía Yo bajar? ¿Quién había de ser Aquella que prestase
su carne a su Creador?
Por esa razón escogimos a una criatura que, gracias a los méritos previstos del futuro
Redentor, fue exentada de la culpa original. Su querer y el Nuestro fueron uno solo. Fue esta
celestial criatura la que comprendió la historia de nuestra Voluntad. Nosotros, como
pequeñita, le narramos todo el dolor de nuestro Querer y cómo el hombre ingrato, rompiendo
la unión entre su voluntad y la Nuestra, había restringido nuestro Querer en el círculo divino,
bloqueándolo en sus planes, impidiendo que pudiera comunicarle sus bienes y la finalidad
para la que lo había creado. (…) ¡Oh, cómo comprendió la celestial niñita nuestro sumo dolor
y el gran mal del hombre al salirse de nuestro Querer! ¡Oh, cuántas veces con lágrimas
ardientes lloraba por nuestro dolor y por la gran desventura del hombre! Por eso Ella,
temiendo, no quiso conceder ni siquiera un acto de vida a su voluntad. Por eso se mantuvo
pequeña, porque su querer no tuvo vida en Ella, ¿y cómo podía hacerse grande? Pero lo que
no hizo Ella lo hizo nuestro Querer: la hizo crecer toda bella, santa, divina; la enriqueció tanto
que la hizo la más grande de todos. Era un prodigio de nuestro Querer, prodigio de gracia, de
belleza, de santidad. Pero Ella se mantuvo siempre pequeña, tanto que nunca se bajaba de
nuestros brazos, y haciendo suya de corazón nuestra defensa, Nos correspondió por todos
los actos dolientes del Supremo Querer. Y no sólo estaba Ella toda en órden respecto a
nuestra Voluntad, sino que hizo suyos todos los actos de las criaturas, absorbiendo en Ella
toda nuestra Voluntad rechazada por ellas, la reparó, la amó y, teniéndola como en depósito
en su Corazón virginal, preparó el alimento de nuestra Voluntad para todas las criaturas.
¿Ves por tanto con qué alimento nutre a sus hijos esta Madre amantísima? Le costó toda
su vida, penas inauditas, la vida misma de su Hijo, para formar en Ella el depósito abundante
de este alimento de mi Voluntad, para tenerlo preparado para alimentar a todos sus hijos.
Como Madre tierna y amorosa, Ella no podía querer más a sus hijos; dándoles este alimento,
su amor había alcanzado el máximo grado. Así que, a tantos títulos suyos, el más hermoso
que se le podría añadir es el de Madre y Regna de la Divina Voluntad .
Ahora, hija mía, si eso hizo mi Madre para la obra de la Redención, también tú tienes que
hacerlo para la obra del «Fiat Voluntas tua». La tuya no tiene que tener vida en tí y, haciendo
tuyos todos los actos de mi Voluntad en cada una de las criaturas, los depositarás en tí; y
mientras en nombre de todos corresponderás a mi Voluntad, formarás en tí todo el alimento
necesario para alimentar a todas las generaciones con el alimento de mi Voluntad…” (16°,
24-11-1923)
63 - Para que la Redención dé sus frutos, se debe
conocer a María y lo que Dios ha hecho en Ella.
“… Ves, eso habría pasado en la Redención. Si mi Madre querida no hubiera querido hacer
saber que era mi Madre, que Me había concebido en su seno virginal, que Me había
alimentado con su leche, mi venida a la tierra, la Redención resultarían increíbles y nadie se
sentiría movido a creer y a recibir los bienes que contiene la Redención, mientras que, con
dar a conocer mi Madre quién era Ella, la exente de toda mancha, incluso original, un prodigio
de la Gracia, y cómo Ella amó tiernamente como a hijos a todas las criaturas y por amor a
ellas llegó a sacrificar la vida de su Hijo y Dios, la Redención tuvo mayor importancia, se hizo
más accesible a la mente humana y formó el reino de la Redención con sus copiosos efectos.
De modo que el inmiscuir a mi Madre en la obra de la Redención no fue sino dar mayor
importancia al gran bien que vine a hacer en la tierra. Teniendo que ser Yo visible a todos,
asumir humana carne, Me tenía que servir de una criatura de la raza humana, sublimándola
sobre todos, para realizar mis altos designios. Ahora, si así fue para formar el reino de mi
Redención sobre la tierra, así también, teniendo que formar el reino de mi Voluntad, es
necesario que se conozca a otra criatura, en la que ha de tener origen y principio el verdadero
reinar de mi Voluntad, quién sea ella, cuánto la he amado, cómo la he sacrificado por todos y
por cada uno…, en una palabra, todo lo que mi Voluntad ha establecido y depositado en
ella…” (16°, 4-12-1923)
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64 - Para que el Verbo se encarnase, María tuvo que
cubrir todas las criaturas con el Querer Divino.
“… Debes saber que para atraer al Verbo y hacerle bajar del Cielo, mi Madre se comprometió
a recorrer todas las generaciones y, haciendo suyos todos los actos de voluntad
humana, ponía en ellos el Querer Divino, porque ese capital del Querer Supremo que Ella
poseía era tan grande que superaba todo lo que debían tener todas las criaturas juntas, y en
cada recorrido que hacía multiplicaba ese capital. Por lo cual, viendo Yo, Verbo Eterno, que
una de nuestras más fieles criaturas con tanta gracia y amor había cubierto todos los actos
humanos con el Querer Divino, haciendo suyo de corazón lo que hacía falta para hacer eso,
viendo que en el mundo estaba nuestro Querer, atraído, bajé del Cielo…” (16°, 6-12-1923)
65 - La Inmaculada Concepción (II). María tuvo que ser concebida en la Vida,
las penas y los méritos del Redentor para poder a su vez concebirlo.
Estaba pensando en la Inmaculada Concepción de mi Mamá y Reina, y mi siempre amable Jesús,
después de la santa Comunión, se hacía ver en mi interior, como en una habitación toda de luz, y en
esa luz mostraba todo lo que había hecho en el curso de toda su vida. Se veían alineados en órden
todos sus méritos, sus obras, sus penas, sus llagas, su sangre, todo lo que contenía la vida de un
Hombre y Dios, como en acto de preservar un alma tan, tan querida para El, de cualquier mal, hasta el
mínimo, que pudiera ensombrecerla. Yo me asombraba al ver tanta atención por parte de Jesús, y El
me ha dicho:
“A mi pequeña recién nacida quiero dar a conocer la Inmaculada Concepción de la Virgen,
concebida sin pecado. Pero antes tienes que saber que mi Divinidad es un solo Acto. Todos
los actos se concentran en uno solo. Eso significa ser Dios, el portento más grande de
nuestra Esencia Divina, no estar sujeto a sucesión de actos; y si a la criatura le parece que
una vez hacemos una cosa y otra vez otra, es más bien que hacemos conocer lo que está en
ese Acto único, pues siendo la criatura incapaz de conocerlo todo en una sola vez, se lo
damos a conocer poco a poco.
Ahora bien, todo lo que Yo, Verbo Eterno, había de hacer en mi Humanidad asumida,
formaba un solo acto con aquel Acto único que contiene mi Divinidad. Así que antes que esta
noble criatura fuese concebida, ya existía todo lo que tenía que hacer en la tierra el Verbo
Eterno. Por tanto, en el acto en que esta Virgen fue concebida, se desplegaron en torno a su
concepción todos mis méritos, mis penas, mi sangre, todo lo que contenía la vida de un
Hombre y Dios, y quedó concebida en los interminables abismos de mis méritos, de mi
sangre divina, en el mar inmenso de mis penas. En virtud de todo ello quedó inmaculada,
bella y pura. Al enemigo le quedó cerrado el paso por mis méritos incalculables, y no pudo
causarle ningún daño. Era justo que Aquella que debía concebir al Hijo de Dios debiera ser
antes Ella misma concebida en las obras de este Dios, para poder ser capaz de concebir a
ese Verbo que tenía que venir a redimir al género humano. Así que primero Ella quedó
concebida en Mí y Yo quedé luego concebido en Ella. No faltaba más que darlo a conocer a
su debido tempo a las criaturas, pero en la Divinidad era como ya hecho.
Por eso, esta excelsa criatura fue la que más recogió los frutos de la Redención, más aún,
en Ella produjo su fruto completo, pues habiendo sido concebida en ella, amó, estimó y
conservó como cosa suya todo lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra. ¡Oh, la belleza de esta
tierna niñita! Era un prodigio de la Gracia, un portento de nuestra Divinidad. Creció como
Hija nuestra, fue nuestro decoro, nuestra alegría, nuestro honor y nuestra gloria”.
Pero mientras eso decía mi dulce Jesús, yo pensaba en mi mente: “Es verdad que mi Reina y
Mammá fue concebida en los interminables méritos de mi Jesús, pero su cuerpo y su sangre fueron
concebidos en el seno de Santa Ana, la cual no estaba exente de la mancha original; por tanto, ¿cómo
puede ser que no heredase nada de los muchos males que todos hemos heredado del pecado de
nuestro primer padre Adán?”
Y Jesús: “Hija mía, tú aún no has entendido que todo el mal está en la voluntad. La
voluntad arrolló al hombre, es decir, a su naturaleza, no la naturaleza a la voluntad del
hombre, así que la naturalezza quedó en su lugar, como Yo la había creado; nada cambió, fue
su voluntad la que cambió y se puso, nada menos, contra una Voluntad Divina, y esa
voluntad rebelde arrolló su naturaleza, la debilitó, la contaminó y la hizo esclava de bajísimas
pasiones. Sucedió como a un recipiente lleno de perfumes o de cosas preciosas: si se le
vacía de su contenido y se le llena de estiércol o de cosas viles, ¿acaso cambia el recipiente?
Cambia lo que se pone dentro, pero él sigue siendo lo que es. En todo caso se vuelve más o
menos apreciable, según su contenido. Así fue del hombre.
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Pues bien, a mi Madre el haber sido concebida en una criatura de la raza humana no le
causó daño alguno, pues su alma era inmune de toda culpa. Entre su voluntad y la de su Dios
no había división alguna, las corrientes divinas no hallaban tropiezo ni oposición para
derramarse en Ella y a cada momento estaba bajo una lluvia intensísima de nuevas gracias.
Entonces, con esa voluntad y con esa alma toda santa, toda pura, toda bella, el recipiente de
su cuerpo que recibió de su madre, quedó perfumado, rehabilitado, ordenado, divinizado, de
modo que quedó exente también de todos los males naturales de los que está invadida la
naturaleza humana.
Ah, sí, fue Ella precisamente la que recibió la semilla del «FIAT VOLUNTAS TUA, así en la
tierra como en el Cielo», el cual la ennobleció y la puso en su principio, como fue creado el
hombre por Nosotros antes de que pecara, incluso se lo hizo superar, la embelleció aún más
con la continua corriente de ese ‘FIAT’, el único que tiene poder de reproducir imágenes
enteramente semejantes a Aquel que las ha creado. Y gracias a esa Voluntad Divina que
actuaba en Ella, se puede decir que lo que Dios es por naturaleza, Ella lo es por gracia.
Nuestra Voluntad puede hacer todo y llegar a todo, cuando el alma Nos da libertad de obrar y
no interrumpe con su voluntad humana nuestra obra”. (16°, 8-12-1923)
66 - Dios pudo gozar las alegrías de la Creación gracias a María;
por eso Ella pudo concebir al Verbo.
“Hija mía, las puras alegrías de la Creación, mis inocentes juegos con la criatura los he
gozado, pero a intervalos, no en forma perenne, y las cosas, cuando no son estables y
continuas, acrecientan aún más el dolor y hacen suspirar más por disfrutarlas de nuevo, y
uno haría cualquier sacrificio por hacerlas permanentes.
En primer lugar gocé las puras alegrías de la Creación cuando, después de haber creado
todo, creé al hombre, hasta que pecó (…) Por segunda vez gozamos las puras alegrías de la
Creación cuando después de tantos siglos vino a la luz del día la Virgen Inmaculada.
Habiendo sido preservada hasta de la sombra de la culpa y poseyendo nuestra Voluntad en
toda su plenitud, no habiendo habido entre Ella y Nosotros, entre su voluntad y la Nuestra,
sombra alguna de ruptura, Nos fueron restituidas las alegrías, nuestros juegos inocentes; en
su regazo Nos trajo todas las fiestas de la Creación, y Nosotros le dimos tanto y nos
divertimos tanto al darle, que en cada instante la enriquecimos con tantas nuevas gracias,
nuevos contentos, nueva belleza, que no podía contener más. Pero la Emperadora criatura no
permaneció mucho sobre la tierra, pasó al Cielo, y no hallamos otra criatura en el bajo mundo
que perpetuase nuestra diversión y Nos diera las alegrías de la Creación. En tercer lugar
gozamos de las alegrías de la Creación cuando Yo, el Verbo Eterno, bajé del Cielo y tomé mi
Humanidad.
Ah, mi Madre querida, poseyendo la plenitud de mi Voluntad, había abierto las corrientes
entre el Cielo y la tierra, había puesto todo de fiesta, Cielo y tierra, y la Divinidad, estando de
fiesta por amor a esta santa criatura, Me hizo ser concebido en su seno virginal, dándole la
Fecundidad Divina, para hacerme cumplir la gran obra de la Redención. Si no hubiera estado
esta Virgen excelsa que tuvo el primado en mi Voluntad, que hizo vida perfecta en mi Querer,
viviendo en El como si no tuviera la suya, y que haciendo así estableció la corriente de las
alegrías de la Creación y nuestras fiestas, jamás el Verbo Eterno habría venido a la tierra a
cumplir la Redención del género humano. Ya ves como la cosa más grande, más importante,
más satisfactoria, la que más atrae a Dios, es el vivir en mi Querer, y el que vive en El vence a
Dios y Le hace que conceda dones tan grandes que asombran Cielo y tierra y que durante
siglos y siglos no se habían podido obtener.
¡Oh, cómo mi Humanidad, estando en la tierra y teniendo en sí la misma vida del Querer
Supremo, que era inseparable de Mí, de un modo perfecto y completo dió a la Divinidad todas
las alegrías, la gloria, la correspondencia de amor de toda la Creación, y la Divinidad se sintió
tan felicitada que Me dió el primato sobre todo, el derecho a juzgar todas las gentes! ¡Oh, el
bien que obtuvieron las criaturas sabiendo que un Hermano suyo, que tanto las amaba y que
tanto había sufrido para ponerlas a salvo, tenía que ser su juez! La Divinidad, al ver contenido
en Mí todo el fin de la Creación, como si se despojara de todo, Me concedió todos los
derechos sobre todas las criaturas.
Pero mi Humanidad pasó al Cielo y no quedó en la tierra quien perpetuase el vivir del todo
en el Querer Divino y que, elevándose sobre todo y todos en nuestra Voluntad, Nos diera las
puras alegrías y Nos hiciera continuar nuestras inocentes diversiones con una criatura
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terrestre. Así que nuestras alegrías quedaron interrumpidas, nuestro juego cortado sobre la
faz de la tierra” (…)
“… Ves, ya han pasado veinte siglos desde que las verdaderas, las plenas alegrías de la
Creación fueron interrumpidas, porque no hemos hallado capacidad suficiente, despojo total
de voluntad humana en alguien a quien poder confiar la propiedad de nuestro Querer. Ahora,
para hacer eso teníamos que escoger a una criatura que estuviera más cerca y se hermanase
con las humanas generaciones. Si les hubiese puesto a mi Madre como ejemplo, se habrían
sentido muy lejos de Ella. Habrían dicho: ‘¿Cómo no tenía que vivir en el Querer Divino, si
carecía de toda mancha, incluso la de origen?’ Por tanto se habrían encogido de hombros y
no habrían interesado para nada. Y si les hubiese puesto como ejemplo a mi Humanidad, se
habrían asustado aún más y habrían dicho: ‘Era Dios y hombre, y siendo la Voluntad Divina
su propia vida no es de extrañar que viviera en el Querer Supremo’. Por eso, para hacer que
en mi Iglesia pudiera tener vida este vivir en mi Voluntad, tenía que seguir la escala, bajar aún
más, escoger entre ellos a una criatura…” (16°, 22-2-1924)
67 - Jesús depositó en el Corazón de su Madre
toda la Ley evangélica y los bienes de la Redención.
“Hija mía, toda la ley y los bienes de la Redención fueron escritos por Mí y depositados en
el Corazón de mi Madre querida. Era justo que Ella, siendo la primera que vivió en mi Querer y
por eso la que Me atrajo del Cielo y Me concibió en su seno, que conociera todas las leyes y
fuese la depositaria de todos los bienes de la Redención. Y no añadí ni una coma de más, y
no porque fuera incapaz, cuando saliendo a la vida pública la manifesté a las gentes, a los
Apóstoles, y los mismos Apóstoles y toda la Iglesia nada han añadido de más a lo que dije e
hice Yo cuando estuve en la tierra. Ningún otro evangelio ha hecho ni ningún otro
sacramento ha instituido, sino que siempre da vueltas alrededor de todo lo que Yo hice y dije.
Quien es el primero en ser llamado es necesario que reciba el depósito de todo ese bien que
quiero dar a todas las generaciones humanas…” (16°, 24-2-1924)
68 - María, viviendo en el Querer Divino, hizo el milagro más grande:
atraer al Verbo a la tierra.
“… También mi Madre tenía mi Querer como vida, a pesar de lo cual el mundo seguía su
curso en el mal, nada se vió que cambiase; ningún milagro externo se vió en él. Y sin
embargo, lo que no hizo en el bajo mundo lo hizo en el Cielo, con su Creador. Con su vivir
continuo en el Querer Divino formó en Ella el espacio para atraer al Verbo a la tierra, cambió
la suerte del género humano, hizo el más grande de los milagros, que nadie más ha hecho ni
podrá hacer jamás. Fue un milagro único transportar el Cielo a la tierra. El que debe hacer lo
más no es necesario que haga lo menos. No obstante, ¿quién sabía nada de lo que hacía mi
Madre, de lo que hacía con el Eterno para conseguir el gran prodigio de la venida del Verbo
en medio de las criaturas? Supieron tan sólo que Ella fue la causa, algunos cuando Me
concibió, muchos cuando Me vieron morir en la cruz”. (16°, 24-3-1924)
69 - María fue el punto de partida de la obra del Redentor,
porque Lo poseía por entero.
“… ¿Acaso no encerré todo mi Ser en el seno de mi Madre Celestial? ¿Acaso Me encerré
en parte y en parte Me quedé en el Cielo? Desde luego que no, y encerrándome en suo seno,
¿no fue Ella la primera que tomó parte en todos los actos de su Creador y en todas sus
penas, identificándose conmigo, para no omitir nada de lo que Yo hice? ¿No fue Ella mi punto
de partida, del que salí para darme a las otras criaturas? Si eso hice con mi inseparable
Madre, para bajar al hombre y llevar a cabo mi Redención, ¿no puedo hacerlo con otra
criatura, dándole gracia y capacidad de contener en sí mi Voluntad, haciéndole partícipe de
todos los bienes que contiene, para formar su Vida y salir como de una segunda madre, para
ir en medio de las criaturas para darme a conocer y cumplir el ‘FIAT VOLUNTAS TUA, así en la
tierra como en el Cielo’? ¿No quieres ser tú el punto de partida de mi Voluntad? Pero, oh,
¡cuánto costó a mi Reina y Madre ser el punto de partida de mi aparición en la tierra! Así te
costará a tí ser punto de partida de mi Voluntad, para que haga su aparición en medio de las
criaturas. Quien todo ha de dar, todo ha de contener. No se puede dar si no lo que se tiene…”
(16°, 6-6-1924)
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70 - La Inmaculada Concepción (III). La prueba de María
desde el primer instante de su concepción.
Estaba pensando en la Inmaculada Concepción de la Soberana Reina y Madre. A mi mente afluían
las cualidades, la belleza y los prodigios de su Inmaculada Concepción, prodigio que supera todos los
demás prodigios hechos por Dios en la Creación. Ahora bien, mientras pensaba en ello, decía para mí:
Grande es el prodigio de la Inmaculada Concepción, pero mi Mamá Celestial no tuvo ninguna prueba
en su Concepción; todo Le resultó favorable, tanto de parte de Dios, como de parte de su naturaleza,
creada por Dios tan felíz, tan santa, tan privilegiada. Por tanto, ¿cuál fue su heroísmo y su prueba? Si
no fueron exentados el Angel en el Cielo ni Adán en el paraíso terrenal, ¿sólo la Reina de todos iba a
ser excluída de la aureola más hermosa que la prueba había de poner sobre su augusta cabeza de Reina
y de Madre del Hijo de Dios?
Mientras pensaba eso, mi amable Jesús, moviéndose en mi interior, me ha dicho: “Hija mía, nadie
puede ser aceptable para Mí sin la prueba. Si no hubiera habido prueba, habría tenido una
Madre esclava, no libre, y la esclavitud no entra en nuestras relaciones ni en nuestras obras,
ni puede tomar parte en nuestro libre amor.
Mi Madre tuvo su primera prueba desde el primer instante de su Concepción. Apenas tuvo
su primer acto de uso de razón, conoció su voluntad humana por una parte y la Voluntad
Divina por la otra, y fue dejada libre, a cuál de las dos voluntades quería adherir, y Ella, sin
perder un instante y conociendo todo el alcance del sacrificio que hacía, Nos entregó su
voluntad, sin querer conocerla, y Nosotros le dimos la Nuestra. En este intercambio de recíproca
entrega de voluntades, afluyeron todas las cualidades, la belleza, los prodigios, los
mares inmensos de gracia de la Inmaculada Concepción de la más privilegiada entre todas
las criaturas.
Siempre es la voluntad lo que acostumbro a probar. Todos los sacrificios, incluso la
muerte, sin la voluntad, Me repugnarían y no atraerían ni siquiera una mirada mía.
¿Pero quieres saber cuál fue el prodigio más grande hecho por Nosotros en esta Criatura
tan santa y el heroísmo más grande, que nadie podrá jamás igualar, de tan hermosa criatura?
Que su vida empezó con nuestra Voluntad, con Ella la siguió y le dió cumplimiento. Por lo
cual se puede decir que cumplió desde que empezó y comenzó donde cumplió. Y nuestro
mayor prodigio fue que en cada uno de sus pensamientos, palabras, respiros, latidos, movimientos
y pasos, nuestro Querer desembocaba en Ella y Ella Nos ofrecía el heroísmo de un
pensamiento, de una palabra, de un respiro, de un palpitar divino y eterno, operante in Ella.
Eso La elevaba tanto, que lo que Nosotros somos por naturaleza Ella lo era por gracia. Todas
sus otras prerrogativas, sus privilegios, su misma Inmaculada Concepción habrían sido nada
en comparación de este gran prodigio, es más, eso fue lo que La confirmó y La hizo estable y
fuerte toda su vida. Mi Voluntad continua, desbordándose en Ella, Le comunicaba la
Naturaleza Divina, y el continuo recibirla La hizo fuerte en el amor, fuerte en el dolor, distinta
entre todos. Fue nuestra Voluntad operante en Ella la que atrajo al Verbo a la tierra, la que
formó la semilla de la Fecundidad Divina, para poder concebir a un hombre y Dios sin obra
humana, y La hizo digna de ser la Madre de su mismo Creador”. (17°, 8-12-1924)
71 - Abrazar todo y poder dar todo a todos es exclusivo de María.
Toda la Iglesia depende de Ella.
“… ¿Qué es lo que se opone a la verdad? ¿Dónde está ese ensalzarte demasiado, sólo
porque te dije que te ponía al lado de mi Divina Madre? Pues habiendo sido Ella la depositaria
de todos los bienes de mi Redención, la ponía por tanto como Madre mía, como Virgen, como
Reina, a la cabeza de todos los redimidos, dándole una misión distinguida, única y especial,
que a nadie más será dada. Los mismos Apóstoles y toda la Iglesia dependen de Ella y
reciben de Ella. No hay bien que Ella no posea; todos los bienes salen de Ella. Era justo que,
siendo Madre mía, encomendase todo y a todos a su Corazón Materno. Abrazar todo y poder
dar todo a todos, eso es sólo de mi Madre.
Ahora te repito que, como Yo ponía a mi Madre al frente de todos, depositando en Ella
todos los bienes de la Redención, así elegía a otra virgen, que ponía al lado de Ella, dándole
la misión de hacer que se conozca mi Divina Voluntad. Y si es grande la Redención, aún más
grande es mi Voluntad. Y como en la Redención hubo un comienzo en el tiempo, no en la
eternidad, así mi Voluntad Divina, aunque es eterna, tenía que tener su comienzo de hacerse
conocer en el tiempo. Por tanto, siendo que mi Voluntad existe en el Cielo y en la tierra y sólo
Ella es la única que posee todos los bienes, tenía que escoger Yo a una criatura a a la que
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confiar el depósitos de sus conocimientos como a una segunda madre, hacer que conociera
sus cualidades, su valor, sus prerrogativas, para que La amara y celosamente conservara su
depósito. Y come mi Madre Celestial, verdadera depositaria de los bienes de la Redención, es
generosa con quien los desea, así esta segunda madre será generosa en dar a conocer a
todos el depósito de mis enseñanzas, la santidad de mi Divina Voluntad y el bien que quiere
dar, cómo mi Voluntad vive desconocida en medio de las criaturas y cómo desde el principio
de la creación del hombre suspira, ruega, suplica que el hombre vuelva a su principio, o sea,
a Ella, y que se le devuelvan los derechos de su soberanía sobre todas las criaturas.
Mi Redención fue una sola, y Me serví de mi Madre querida para hacerla. Mi Voluntad es
también una y tengo que servirme de otra criatura, que, poniéndola a la cabeza y haciendo en
ella el depósito, Me sirva para hacer que se conozcan mis enseñanzas y cumplir los planes de
mi Divina Voluntad.
Así pues, ¿dónde está ese ensalzarte demasiado? ¿Quién puede negar que la Redención y
el cumplimiento de mi Voluntad sean dos misiones únicas y semejantes? ¿Y que, dándose la
mano entre sí, mi Voluntad hará que se completen los frutos de la Redención y que Nos sean
restituidos los derechos de la Creación, sellando la finalidad para la que todas las cosas
fueron creadas? Por eso Nos interesa tanto ese conocimiento de la misión de nuestra
Voluntad, porque ninguna otra cosa hará tanto bien a las criaturas como ésta: será el
cumplimiento y corona de todas nuestras obras…” (17°, 15-4-1925)
72 - María tiene la misión única de Madre de Dios
y el oficio de Corredentora y Madre nuestra.
“Hija mía, ciertas misiones y oficios llevan consigo tales dones, gracias, riquezas y
prerrogativas que, si no fuera por la misión o por el desempeño del oficio, no sería necesario
poseer eso que se tiene y que ha sido dado por la necesidad de desempeñar el oficio (…)
Además de Mí está mi Madre Celestial, que tuvo la misión única de ser la Madre de un Hijo
que es Dios y el oficio de Corredentora del género humano. Para su misión de Maternidad
Divina fue enriquecida con tanta Gracia que, reuniendo todo junto todo de las demás
criaturas del Cielo y de la tierra, jamás podrán igualarla. Pero eso no bastaba: para atraer al
Verbo a su seno materno abrazó a todas las criaturas, amó, reparó, adoró la Majestad
Suprema por todos, de modo que Ella sola pudo hacer todo lo que las generaciones humanas
le debían a Dios. Así que en su Corazón virginal tenía una vena inagotable hacia Dios y hacia
todas las criaturas. Cuando la Divinidad encontró en esta Virgen la correspondencia del amor
de todos, se sintió raptar y llevó a cabo la concepción del Verbo, o sea, la Encarnación. Y al
concebirme tomó el oficio de Corredentora y tomó parte conmigo y abrazó todas las penas,
las satisfacciones, las reparaciones, el amor materno hacia todos. Por tanto, en el Corazón de
mi Madre había una fibra de amor materno para cada criatura. Por eso, con verdad y con
justicia la declaré, cuando Yo estaba en la Cruz, Madre de todos. Ella corría conmigo en el
amor, en las penas, en todo; nunca Me dejaba solo. Si el Eterno no le hubiera dado tanta
Gracia para poder recibir Ella sola el amor de todos, nunca se habría movido del Cielo para
venir a la tierra a redimir el género humano. De ahí la necesidad, la conveniencia que, por su
misión de Madre del Verbo, tuviera que abrazar todo y superar todo. Cuando un oficio es
único, resulta por consiguiente que a quien tiene esa misión nada se le ha de escapar, debe
controlar todo, para poder dar ese bien que posee, tiene que ser como un verdadero sol, que
puede dar luz a todos. Así ha sido de Mí y de mi Madre Celestial.
Ahora, tu misión de dar a conocer la Eterna Voluntad se enlaza con la mía y con la de mi
Madre querida…” (17°, 1°-5-1925)
73 - La Maternidad de María representa la Paternidad
del Padre Celestial y posee su Omnipotencia.
“…La Virgen, con su Maternidad, que refleja la Paternidad del Padre Celestial y encierra su
Potencia, para cumplir su misión de Madre del Verbo Eterno y de Corredentora del género
humano. (…) Cuando miré el sol, que con tanta luz sólo Adán y Eva disfrutaban, miré también
a todos los vivientes y, viendo que aquella luz había de servir a todos, mi Paterna Bondad
exultó de alegría y quedé glorificado en mis obras. Lo mismo hice con mi Madre: la llené de
tanta Gracia que puede dar gracias a todos sin que se le agote una sola. Así hice con mi
Humanidad: no hay bien que no posea; en Ella está contenido todo y la misma Divinidad, para
darla a quien la quiera. Y así he hecho contigo: he metido en tí mi Voluntad y con Ella Me he
encerrado a Mí mismo, he puesto en tí sus conocimientos, sus secretos, su luz…” (17°, 4-5-
1925)
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74 - Jesús trató sólo con María la Redención y,
después de realizar todo en Ella, se dió a los demás.
“… Hija mía, es mi costumbre que el orden de mi eterna Sabiduría manifieste mis obras
más grandes primero a una sola alma, para concentrar en ella todo el bien que mi obra
contiene y resolverla con ella a solas, como si ninguna otra existiera. Y cuando he hecho
todo, de forma que puedo decir que he completado del todo mi obra en ella, tanto que nada le
debe faltar, entonces la hago correr como un inmenso mar en favor de las demás criaturas.
Eso hice con mi Madre Celestial. Primero traté con Ella de tú a tú la Obra de la Redención;
ninguna otra criatura sabía nada de ello. Ella se dispuso a todos los sacrificios, a todos los
preparativos necesarios para hacerme bajar del Cielo a la tierra. Hice todo como si fuera la
única redimida; pero después de haberme dado a luz, de tal forma que todos podían verme y
tomar los bienes de la Redención, Me dí a todos, con tal que quisieran recibirme.
Así será de mi Voluntad: cuando haya completado todo en tí, de tal manera que mi
Voluntad triunfe en tí y tú en Ella, entonces correrá como agua para bien de todos; pero hace
falta hacer la primera alma para tener las demás”. (17°, 25-6-1925)
75 - Toda la gloria de María como Madre y Reina procede del “Fiat”,
y así será para la Iglesia.
“… Más tarde me he encontrado en un vasto jardín y con gran sorpresa mía he encontrado a mi
Reina y Madre, la cual, acercándose a mí, me ha dicho: “Hija mía, ven conmigo a trabajar en este
jardín. Tenemos que plantar flores y frutos celestiales y divinos. Ya está casi vacío y si hay
alguna planta es terrestre y humana; por tanto nos conviene arrancarla para hacer que este
jardín sea del todo del agrado de mi Hijo Jesús. Las semillas que hemos de emplear son todas
mis virtudes, mis obras, mis penas, que contienen la semilla del ‘Fiat Voluntas tua’. No hubo
cosa que hice Yo que no contuviera esta semilla de la Voluntad de Dios. Habría preferido más
bien no hacer nada, en vez de obrar o sufrir sin esta semilla. Toda mi gloria, la dignidad de
Madre, la alteza de Reina, la supremacía sobre todas las cosas me venía de esta semilla. La
Creación entera, todos los seres Me reconocían dominante sobre ellos, porque veían reinante en
Mí la Voluntad Suprema. Por eso, todo lo que hice Yo y todo lo que has hecho tú con esta
semilla del Querer Supremo lo podremos junto y plantaremos este jardín”. (17°, 2-8-1925)
76 - La Stma. Virgen llenó cielos y tierra del amor, de la gloria
y del agradecimiento que todos deben a Dios.
“… Esta falta de correspondencia de amor a Dios por todo lo que ha hecho en la Creación
para el hombre es el primer fraude que la criatura le hace a Dios, es usurpar sus dones, sin
reconocer siquiera de dónde proceden y Quien es el que tanto la amado.
Por eso es el primer deber de la criatura, y es tan indispensable este deber e importante,
que Aquella que tomó de corazón nuestra gloria, nuestra defensa, nuestro interés, no hacía
más que recorrer todas las esferas, de la cosa más pequeña creada por Dios a la más grande,
para imprimir su correspondencia de amor, de gloria, de agradecimiento por todos y en
nombre de todas las generaciones humanas. Ah, sí, precisamente fue mi Madre Celestial la
que llenó cielos y tierra de la correspondencia por todo lo que Dios había hecho en la
Creación. Después de Ella fue mi Humanidad la que cumplió este deber tan sacrosanto, al
que tanto había faltado la criatura, con lo que se hizo benévolo mi Padre Celestial hacia el
hombre culpable. Esto lograron mi oraciones y las de mi Madre inseparable. ¿No quieres tú
repetir mis mismas oraciones? Es más, por eso te he llamado en mi Querer, para que te
asocies con Nosotros y sigas y repitas nuestros actos”. (18°, 9-8-1925)
77 - La Asunción de María (II) fue el triunfo y la fiesta de la Divina Voluntad.
(…) Después de eso estaba pensando en la fiesta de mi Mamá Celestial en su Asunción al Cielo, y
mi dulce Jesús con un acento tierno y conmovedor ha añadido:
“Hija mía, el verdadero nombre de esta fiesta con que debería llamarse es la fiesta de la
Divina Voluntad. La voluntad humana fue la que cerró el Cielo, la que rompió los vínculos con
su Creador, la que hizo aparecer las miserias y el dolor, la que puso fin a las fiestas que la
criatura debía de gozar en el Cielo. Pues bien, esta criatura, Reina de todos, haciendo siempre
y en todo la Voluntad del Eterno –es más, se puede decir que su vida fue solamente la
Voluntad Divina– abrió el Cielo, se vinculó con el Eterno e hizo que en el Cielo volvieran las
fiestas con la criatura. Cada acto que hacía en la Voluntad Suprema era una fiesta que
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comenzaba en el Cielo, eran soles que formaba para adornar esa fiesta, eran músicas que
hacía llegar para alegrar la Jerusalén Celestial, de manera que la verdadera causa de esta
fiesta es la Voluntad Eterna operante y realizada en mi Madre Celestial, que obró tales
prodigios en Ella, que asombró Cielos y tierra, encadenó al Eterno con los lazos indisolubles
del amor y raptó al Verbo incluso en su seno. Los mismos Angeles, raptados, repetían entre
ellos: «¿De dónde viene tanta gloria, tanto honor, tanta grandeza y prodigios nunca vistos en
esta excelsa Criatura? Y sin embargo viene del exilio». Y atónitos reconocían la Voluntad de
su Creador operante y como Vida en Ella, y estremeciéndose decían: «¡Santa, Santa, Santa!
¡Honor y gloria a la Voluntad de nuestro Soberano Señor, y gloria a la tres veces Santa,
Aquella que ha hecho obrar esta Suprema Voluntad». Así que es sobre todo mi Voluntad la
que fue y es festejada el día de la Asunción al Cielo de mi Madre Santísima. Fue solamente mi
Voluntad la que La hizo subir tan alto, que la distinguió entre todos; todo lo demás habría
sido como nada, si no hubiera poseído el prodigio de mi Querer. Fue mi Voluntad la que Le
dió la Fecundidad Divina y La hizo Madre del Verbo, fue mi Voluntad la que Le hizo ver y
abrazar a todas las criaturas juntas, haciéndola Madre de todos y amando a todos con un
amor de Maternidad Divina, y haciéndola Reina de todos Le hacía imperar y dominar.
Así pues, ese día mi Voluntad recibió los primeros honores, la gloria y el fruto abundante
de su trabajo en la Creación, y empezó su Fiesta ininterrumpida para glorificar lo que hace en
mi Madre querida. Y aunque el Cielo fue abierto por Mí y muchos Santos ya poseían la Patria
Celestial cuando la Reina fue llevada al Cielo, sin embargo la causa primaria era precisamente
Ella, que en todo había cumplido la Suprema Voluntad, y por eso esperaron a la que tanto la
había honrado y que contenía el verdadero prodigio de la Santísima Voluntad, para hacerle la
primera fiesta al Supremo Querer. ¡Oh, cómo ensalzaba todo el Cielo, bendecía y alababa a la
Eterna Voluntad, cuando vió entrar en el Empíreo a esta sublime Reina, en medio de la corte
celestial, toda rodeada por el Sol Eterno del Querer Supremo! La veían toda refulgente con la
potencia del ‘Fiat’ Supremo; no había habido en Ella ni siquiera un latido en que no estuviera
impreso ese ‘Fiat’, y asombrados La miraban y Le decían: «Sube, sube más alto; es justo que
la que tanto ha honrado el ‘Fiat’ Supremo, por medio del cual estamos nosotros en la Patria
Celestial, tenga el trono más alto y sea nuestra Reina». Y el honor más grande que recibió mi
Madre fue ver glorificada la Divina Voluntad”. (18°, 15-8-1925)
78 - La verdadera muerte de María: entregó su voluntad
como muerta en manos de Dios.
Encontrándome en mi habitual estado, mi pobre mente se hallaba en una atmósfera altísima; me
parecía ver a la Divinidad, y sobre una rodilla del Padre Celestial a mi Reina y Mamá muerta, como si
no tuviera vida. Yo, asombrada, pensaba para mí: “Mi Mamá está muerta, pero ¡qué dichosa muerte
es morir en las rodillas de nuestro Creador!” Pero fijándome más, veía como si su voluntad estuviera
separada del cuerpo, tenida en las manos del Divino Padre. Yo miraba atónita y no sabía explicarme
lo que veía, pero una voz que salía del Trono Divino decía:
“Esta es la elegida entre todas las elegidas, es la toda bella, es la única criatura que Nos
entregó su voluntad y Nos la dejó muerta en las rodillas, en nuestras manos, y Nosotros le
hicimos en cambio don de nuestra Voluntad. Don más grande no podíamos darle, porque
adquiriendo esta Suprema Voluntad tuvo el poder de hacer descender el Verbo a la tierra y
que llevara a cabo la Redención del género humano. Una voluntad humana no tendría poder
ni atractivo sobre Nosotros; pero una Voluntad Divina dada por Nosotros mismo a esta incomparable
Criatura, Nos venció, Nos conquistó, Nos raptó y, no pudiendo resistir, cedimos a
sus ruegos de hacer bajar el Verbo a la tierra. Ahora esperamos que vengas tú a morir sobre
la otra rodilla, dándonos tu voluntad, y Nosotros, viéndola muerta en nuestras manos, como
si ya no existera para tí, te daremos la Nuestra y por medio tuyo, es decir, de esta nuestra
Voluntad entregada a tí, volverá nuestro ‘Fiat’ a vivir en la tierra. Estas dos voluntades
muertas en nuestras rodillas serán el rescate de tantas voluntades rebeldes y las tendremos
como prenda preciosa, que Nos compensarán de tantos males de las demás criaturas, porque
con nuestra Voluntad podrán satisfacernos por todo”. (18°, 10-10-1925)
79 - Todo lo que María hizo por Jesús
lo ha hecho a los que viven en la Divina Voluntad.
(…) “Hija mía, pon tu pequeño ‘Te amo’ no sólo en la boca, sino también en todos los actos
que tienen lugar entre mi Hijo y Yo. Tú debes saber que todo lo que Yo le hacía a mi Hijo, mi
intención era de hacerlo a aquellas almas que habían de vivir en la Divina Voluntad, porque
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estando en Ella estaban dispuestas a recibir todos los actos que Yo le hacía a Jesús, y
encontraba suficiente espacio donde ponerlos. Así que, si Yo besaba a mi Hijo, las besaba a
ellas, porque las hallaba unidas a El en su Suprema Voluntad. Eran ellas las primeras como
ordenadas en El, y mi amor maternal me obligaba a hacerlas partícipes de lo que le hacía a mi
Hijo. Grandes gracias hacían falta a quienes habían de vivir en esta Santa Voluntad, y Yo les
ponía a su disposición todos mis bienes, mis gracias, mis dolores, como ayuda de ellos, como
fortaleza, como apoyo, como luz, y me sentía felíz y glorificada con los honores más grandes, de
tener como hijos míos los hijos de la Voluntad del Padre Celestial, la cual también Yo poseía, y
por eso los miraba como hijos míos. Es más, de ellos se puede decir lo que se dice de mi Hijo:
que así como las primeras generaciones obtuvieron la salvación por los méritos del futuro
Redentor, así estas almas, en virtud de la Voluntad Divina operante en ellas, estas futuras hijas
son las que incesantemente imploran la salvación, las gracias para las futuras generaciones;
están con Jesús y Jesús en ellas, y repiten con El lo que contiene Jesús. Por eso, si quieres que
te repita lo que le hice a mi Hijo, haz que siempre te encuentre en su Voluntad, y Yo te concederé
en abundancia mis favores”. (18°, 10-10-1925)
80 - La Stma. Virgen completó todos los actos buenos y santos del Antiguo
Testamento,
necesarios para preparar y obtener la venida del Redentor.
“… Es normal para la Eterna Sabiduría establecer los actos de la criatura, para realizar el
bien que quiere hacerle. Eso sucedió para que viniera la Redención, para la venida del Verbo
Eterno a la tierra, hizo falta que pasaran cuatro mil años, y en todo ese tempo estaban
establecidos todos los actos que tenían que hacer las criaturas para prepararse y merecerse
el gran bien de la Redención, y todas las gracias y conocimientos que tenía que dar la
Suprema Majestad, para dar a conocer el mismo bien que había de traer la venida del Verbo
en medio de ellas. Ese es el por qué de los Patriarcas, de los Santos Padres, de los Profetas y
de todos los buenos del Antiguo Testamento, que con sus actos tenían que formar el camino,
la escala, para alcanzar el cumplimiento de la suspirada Redención. Pero eso no bastaba. Por
más que fueran buenos y santos sus actos, estaba el muro altísimo del pecado original, que
mantenía la división entre Dios y ellos. Por eso hizo falta una Virgen concebida sin mancha
original, inocente y santa, enriquecida por Dios con todas las gracias, la cual hizo como
suyos todos los actos buenos del curso de los cuatro mil años, los cubrió con su inocencia,
santidad y pureza, de forma que la Divinidad veía esos actos a través de los actos de esta
inocente y santa Criatura, la cual no sólo abrazó todos los actos de los antiguos, sino que
con los suyos los superó a todos, y por tanto obtuvo la venida del Verbo a la tierra.
Con todos los actos buenos de los antiguos pasó como a quien tiene mucho oro y plata,
sin que en ese metal precioso estyé acuñada la imágen del Rey, que da el valor di moneda a
ese metal, de manera que, aunque de por sí tiene un valor, no puede decirse que sea valor de
moneda que pueda circular en el reino con derecho de moneda. Pero supón que el Rey
adquiriera ese oro y plata y que, dándole forma de moneda, acuñara su efigie: ese oro habría
adquirido el valor de moneda. Así hizo la Virgen, acuñó su inocencia, su santidad, el Querer
Divino que Ella poseía íntegro, los presentó todos juntos ante la Divinidad y obtuvo al
Redentor suspirado. Así que la Stma. Virgen completó todos los actos que hacían falta para
hacer que el Verbo bajase a la tierra…” (18°, 12-11-1925)
81 - El Corazón materno de María quedaba traspasado al ver el dolor de Jesús.
“Hija mía, mis lágrimas empezaron desde el primer instante de mi concepción en el seno
de mi Madre Celestial, hasta el último respiro en la cruz. (…) ¡Cuántas veces mi Madre
querida, mirándome, quedaba traspasada, al ver mis lágrimas, y por el dolor de verme llorar,
Ella unía sus lágrimas a las mías, y llorábamos juntos; y a veces Me veía obligado a esconderme
para desahogar mi llanto, para no traspasar siempre su Corazón materno e inocente.
Otras veces esperaba a que mi Madre Celestial se ocupase por necesidad de las cosas de la
casa, para desahogar mis lágrimas, para poder completar el número de lágrimas de todas las
criaturas”. (18°, 20-12-1925)
82 - De María se ha sabido sólo lo necesario para la Redención:
que el Hijo de Dios era su Hijo.
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“…Amor mío y Vida mía, Jesús, tiempo atrás Tú me decías que querías hacer de mí una copia de
mi Mamá Celestial, de la cual sin embargo casi nada se supo de tantos mares de gracia con que Tú la
inundabas a cada momento. No dijo nada a nadie, tuvo todo para Ella, ni tampoco el Evangelio dice
nada. Se sabe sólo que fue tu Madre y que Te dió al mundo, a Tí, Verbo Eterno, pero todo lo que
entre Tú y Ella hubo de favores, de gracia, lo tuvo todo para Ella. De mí, sin embargo, quieres lo
contrario, quieres que manifieste lo que me dices, no quieres el secreto de lo que hay entre Tú y yo.
Eso me duele. ¿Dónde está la copia de mi Mamá que quieres hacer de mí?”
Y mi dulce Jesús, estrechándome fuerte a su Corazón, con toda la ternura me ha dicho:
“Hija mía, ánimo, no temas; como fue de mi Madre, de la que no se supo sino lo que fue
necesario y suficiente que se supiera, que Yo era su hijo, que por medio suyo vine a redimir a
las generaciones y que Ella fue la primera en cuya alma tuve mi primer campo de acción
divina, y todo lo demás, los favores y mares de gracias que recibió, quedó en el sagrario de
los secretos divinos (pero se supo lo más importante, lo más grande, la cosa más santa, que
el Hijo de Dios era su Hijo, y eso era para Ella el honor más grande, que La ensalzaba sobre
todas las criaturas; de manera que, sabiéndose lo más de mi Madre, lo menos no era
necesario), así será de mi hija: se sabrá sólo que mi Voluntad ha tenido su primer campo de
acción divina en tu alma, y todo lo que hace falta para que se conozca lo que a mi Voluntad se
refiere, cómo quiere salir para hacer que la criatura vuelva a su origen y cómo la espero con
ansia entre mis brazos, para que no haya más división entre ella y Yo. Si no se supiera eso,
¿cómo podría suspirar ese gran bien? ¿Cómo se prepararía a una gracia tan grande? Si mi
Madre no hubiera querido que se supiera que Yo era el Verbo Eterno e hijo suyo, ¿qué bien
habría producido la Redención?”... (19°, 6-3-1926)
83 - En el juego de amor con Dios, María perdió su voluntad y ganó la Voluntad
Divina.
“… Nuestro dolor fue grande al ver que la creatura Nos rechazaba estos grandes bienes y
nuestro juego de azar fracasó por entonces, pero aunque hubiera fracasado, era siempre un
juego divino, que podía y debía rehacerse de su fracaso. Por eso, después de tantos años, mi
amor quiso jugar de nuevo, y fue con mi Madre Inmaculada. En Ella nuestro juego no falló,
tuvo su pleno éxito, y por eso le dimos todo y a Ella le encomendamos todo, más aún, era una
carrera: Nosotros a darle y Ella a recibir.
(…) Ven conmigo, ante el Trono Divino, y encontrarás a los pies de la Majestad Suprema la
llamita de la voluntad de la Reina del Cielo, que Ella se jugó en el juego divino, porque para
jugar hace falta poner siempre algo propio, pues si no quien vence no tiene nada que coger y
quien pierde no tiene nada que dejar. Y como Yo vencí en el juego con mi Madre, Ella perdió
la llamita de su voluntad. Pero felíz pérdida; con haber perdido su llamita, dejándola como
continuo homenaje a los pies de su Creador, formó su vida en el gran fuego divino, creciendo
en el mar inmenso de los bienes divinos, y pudo así obtener al suspirado Redentor…” (19°,
9-3-1926)
84 - La Stma. Virgen es la recién nacida de la Divina Voluntad en el tiempo:
por eso hizo todo y obtuvo todo.
“Hija mía, no te extrañe si te digo que eres la recién nacida de mi Voluntad. Has de saber
que mi misma Madre Inmaculada es la recién nacida de mi Voluntad, porque comparando lo
que es el Creador y lo que es y puede tomar de Dios la creatura, se puede decir que es una
pequeña recién nacida, y por ser la recién nacida de mi Voluntad, se formó a semejanza de su
Creador y pudo ser Reina de toda la Creación y como Reina dominaba todo y su eco
correspondía bien al eco de la Divina Voluntad. Y no sólo la Celestial Soberana, sino todos
los Santos, Angeles y bienaventurados se puede decir que son apenas recién nacidos en el
Eterno Querer, pues apenas el alma sale del cuerpo mortal, renace en mi Voluntad; y si no
renace en Ella no sólo no puede entrar en la Patria Celestial, pero ni siquiera salvarse, porque
en la eterna gloria nadie entra si no ha nacido de mi Voluntad. Sin embargo he de decirte la
gran diferencia que hay entre quien es recién nacido en la Suprema Voluntad en el tiempo y
los que renacen a las puertas de la Eternidad.
Un ejemplo es mi Madre y Reina, que fue la recién nacida de la Divina Voluntad en el
tiempo, y siendo recién nacida tuvo el poder de hacer que su Creador bajase a la tierra, y
mientras era inmenso, Lo encerraba en su seno materno, para vestirlo de su misma
naturaleza y darlo como Salvador de las generaciones humanas. Ella, al ser la recién nacida,
formó mares de gracias, de luz, de santidad, de conocimiento, en los que poder contener a
Aquel que La había creado. Con la potencia de la Vida de la Suprema Voluntad que poseía,
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pudo hacer todo e impetrar todo, y el mismo Dios no podía negarse a lo que pedía esta
Celestial Criatura, porque lo que pedía era lo que su mismo Querer pedía, al cual nada podía
ni debía negar…” (19°, 14-3-1926)
85 - María fue concebida Inmaculada y Llena de Gracia
porque tenía que ser la Madre de Dios.
“Hija mía, mi Madre fue concebida sin mancha original para poder impetrar al suspirado
Redentor, pues era justo y decoroso que en quien tenía que ser mi Madre, ni siquiera el
gérmen de la culpa hubiera tenido jamás existencia, y tenía que ser la más noble, la más
santa entre todas las criaturas, pero con una nobleza divina y una santidad del todo
semejante a su Creador, para poder encontrar en Ella tanta gracia y capacidad, que pudiera
concebir al Santo de los Santos, al Verbo Eterno. Muchas veces las criaturas también hacen
ésto, que si tienen que conservar cosas preciosas y de gran valor, preparan recipientes
limpísimos y d un valor equivalente a las cosas preciosas que se tienen que conservar en
ellos. Pero si son cosas corrientes y de poco poco valor, se preparan vasijas de barro y de
poquísimo valor, no se tiene el cuidado de tenerlas bajo llave como el recipiente limpísimo,
sino que las tienen en cualquier sitio, de modo que de la preciosidad del recipiente y de como
se tiene custodiado se puede saber si lo que contiene es algo precioso y de gran valor. Pues
bien, teniendo Yo que recibir su sangre para ser concebido en su seno, era justo que tanto su
alma como su cuerpo fueran limpísimos y que Ella fuera enriquecida con todas las gracias,
privilegios y prerrogativas posibles e imaginables que Dios puede dar y que la criatura puede
recibir...” (19°, 19-3-1926)
86 - El fin primario de todo lo que Jesús y María hicieron en la Redención
fue obtener el Reino de la Divina Voluntad en la tierra.
“Hija mía, de todo lo que hizo mi Madre y de todo lo que hice Yo en la Redención, la
finalidad primaria fue que mi ‘Fiat’ reinase en la tierra. No habría sido decoroso, ni verdadero
amor, ni magnanimidad grande, ni mucho menos obrar como el Dios que soy, si viniendo al
mundo quisiera y tuviera que dar a las criaturas la cosa más pequeña, como son los medios
para salvarse, y no la cosa más grande, como es mi Voluntad, que contiene no sólo los
remedios, sino todos los bienes posibles que hay en el Cielo y en la tierra; no sólo la
salvación y la santidad, sino esa santidad que la eleva a la misma Santidad de su Creador.
Oh, si tú pudieras penetrar en cada oración, acto, palabra y pena de mi inseparable Madre,
hallarías dentro el ‘Fiat’ que Ella suspiraba y suplicaba…
(…) ¿Es que no llamé y elegí a mi Madre estando en mi Patria Celestial? Así te he llamado
y te he elegido a tí con esa misma potencia a la que nadie puede resistir, para el suspirado
‘Fiat’, es más, te digo que para obtenerlo, tú tienes a tu disposición cosas más grandes y más
importantes que las que tuvo mi Madre querida. Por eso tú eres más dichosa, porque Ella no
tuvo una mamá, ni sus obras, como ayuda para obtener el suspirado Redentor, sino sólo el
cortejo de los actos de los profetas, de los patriarcas y de los buenos del Antiguo Testamento
y los grandes bienes previstos del futuro Redentor, mientras que tú tienes una Mamá y todas
sus obras como ayuda, tienes las ayudas, las penas, las plegarias y la misma Vida, no
prevista, sino efectuada, de tu Redentor; no hay bien ni oración que haya sido hecha y que se
haga en la Iglesia que no esté contigo, para ayudarte a obtener el suspirado ‘Fiat’. Y puesto
que el fin primario de todo lo que ha sido hecho por Mí, por la Reina del Cielo y por todos los
buenos era el cumplimiento de mi Voluntad, por tanto todo está contigo para pedir que la
finalidad sea alcanzada. Por eso sé atenta, Yo estaré contigo, también mi Madre; no estarás
sola suspirando el triunfo de nuestra Voluntad”. (19°, 28-3-1926)
87 - María pudo concebir al Verbo solamente porque tenía
el Querer Divino como vida propia.
“Hija mía, has de saber que mi Madre Celestial pudo concebirme a Mí, Verbo Eterno, en su
seno purísimo, porque hizo la Voluntad de Dios como la hace Dios. Todas las demás
prerrogativas que tenía, o sea, su virginidad, su concepción sin mancha original, su santidad,
los mares de Gracia que poseía, no eran medios suficientes para poder concebir a un Dios,
porque todas esas prerrogativas no le daban ni la inmensidad ni la omnividencia para poder
concebir a un Dios inmenso, que ve todo, y mucho menos la fecundidad para poder concebirlo;
en una palabra, habría faltado el germen para la fecundidad divina, mientras que,
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poseyendo el Supremo Querer como vida propia y haciendo la Voluntad de Dios como la hace
Dios, recibió el germen de la fecundidad divina, y con él la inmensidad, la omnividencia. Por
eso de modo connatural pude ser concebido en Ella; no Me faltaba ni la inmensidad, ni nada
de lo que pertenece a mi Ser. (…) Este hacer la Voluntad de Dios como la hace Dios fue el
punto más alto, más sustancioso, más necesario para que mi Madre obtuviera el suspirado
Redentor. Todas las demás prerrogativas fueron la parte superficial, la decencia, el decoro
que a Ella conveía. Así es para tí: si quieres obtener el suspirado ‘Fiat’ tienes que llegar a
hacer la Voluntad de Dios como la hace Dios”. (19°, 31-3-1926)
88 - Viviendo en el Querer Divino, María tomaba todo de Dios
para corresponderle en modo divino todo y por todos.
“… Así fue la vida de mi Madre Divina. Ella fue la verdadera imagen del vivir en mi Querer.
Su vivir en El fue tan perfecto, que no hacía más que recibir continuamente de Dios lo que le
convenía hacer para vivir en el Supremo Querer. De manera que recibía el acto de la
adoración suprema, para poder ponerse a la cabeza de cada adoración que todas las
criaturas tienen la obligación de hacer a su Creador, pues la verdadera adoración tiene vida
en las Tres Divinas Personas. Nuestra concordia perfecta, nuestro Amor recíproco, nuestra
única Voluntad, forman la adoración más profunda y perfecta en la Trinidad Sacrosanta. Por
tanto, si la criatura Me adora y su voluntad no está de acuerdo conmigo, es palabra inutil,
pero no adoración. Por eso mi Madre tomaba todo de Nosotros, para poder difundirse en todo
y ponerse a la cabeza de cada acto de criatura, a la cabeza de cada acto de amor, de cada
paso, de cada palabra, de cada pensamiento, a la cabeza de cada cosa creada. Ella ponía su
acto primero en todas las cosas, y eso le dió el derecho a ser Reina de todos y de todo, y
superó en santidad, en amor, en gracia, a todos los Santos que han habído y que habrán, y a
todos los Angeles juntos. El Creador se volcó en Ella, dándole tanto amor que tiene amor
suficiente para poderlo amar por todos, le comunicó la suma concordia y la Voluntad única
de las Tres Divinas Personas, de modo que pudo adorar de modo divino por todos y suplir
todos los deberes de las criaturas. Si no hubiera sido así, no sería verdad que la Madre Celestial
superó a todos en la santidad, en el amor, sino un modo de decir; pero cuando Nosotros
hablamos, son hechos, no palabras. Por eso encontramos todo en Ella, y encontrando todo y
a todos, le dimos todo, constituyéndola Reina y Madre del mismo Creador (…)
Tú tienes que ser nuestro eco, el eco de Madre Celestial, porque sólo Ella fue la que vivió
perfecta y plenamente en el Supremo Querer; por eso puede hacerte de guía y de maestra.
¡Ah, si tú supieras con cuánto amor estoy en torno a tí, con cuánto celo te vigilo, para que
no se interrumpa tu vivir en mi Eterno Querer! Has de saber que estoy haciendo más contigo
que con mi misma Madre Celestial, porque Ella no tenía tus necesidades, ni tendencias, ni
pasiones que pudieran impedir lo más mínimo el curso de mi Voluntad en Ella. Con suma
facilidad el Creador se derramaba en Ella y Ella en El, y por eso mi Voluntad siempre era
triunfante en Ella; por eso no tenía necesidad ni de ser empujada ni amonestada…” (19°, 16-
4-1926)
89 - La Divina Voluntad siempre ha tenido plenitud de vida en María:
por eso Ella es la nueva Creación.
“…Tú debes saber que mi Voluntad sólo en la Creación y en mi Madre Celestial ha estado
siempre íntegra y ha tenido libre su campo de acción. Por eso, al tener que llamarte a tí a que
vivas en mi Querer como una de ellas, tenía que proponértelas como ejemplo, como una
imagen que tienes que imitar. (…) Pero la que supera a todos es mi Madre Celestial. Ella es el
nuevo cielo, es el sol más refulgente, es la luna más espléndida, es la tierra más florecida.
Todo, todo encierra en Ella, y si cada cosa creada contiene la plenitud de su propio bien
recibido de Dios, mi Madre contiene todos los bienes juntos, por ser dotada de razón, y
viviendo mi Voluntad íntegra en Ella, la plenitud de la gracia, de la luz, de la santidad crecía
en cada instante. Cada acto que hacía eran soles, estrellas, que mi Querer formaba en Ella, de
manera que superó a toda la Creación, y mi Voluntad, estando íntegra y permanente en Ella,
hizo la cosa más grande e impetró el suspirado Redentor.
Por eso mi Madre es Reina en medio de la Creación, porque superó todo, y mi Voluntad
encontró en Ella el alimento de su razón, e íntegra y permanente la hacía vivir en Sí. Había
sumo acuerdo, se daban la mano mutuamente, no había fibra de su corazón, pensamiento,
palabra, en que mi Voluntad no tuviera vida. ¿Y qué cosa no puede hacer un Querer Divino?
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Todo, no hay potencia que le falte ni cosa que no pueda hacer. Por eso se puede decir que
hizo todo, y todo lo que los demás no pudieron hacer, ni podrán hacer todos juntos, lo hizo
Ella sola…”
90 - El sacrificio supremo de María fue continuo:
fue su “Fiat” con pleno conocimiento y en cada cosa.
Luego estaba pensando para mí: “Mi Mamá y Reina es verdad que hizo el sacrificio más grande,
que nadie más ha hecho, o sea, no quiso conocer absolutamente su voluntad, sino sólo la de Dios, y
con eso abrazó todos los dolores, todas las penas, hasta el heroísmo del sacrificio de sacrificar a su
propio Hijo para cumplir el Querer Supremo, pero ese sacrificio lo hizo una vez; todo lo que sufrió
después fue el efecto de su primer acto, no tuvo que luchar como nosotros en las diferentes
circunstancias, en las situaciones imprevistas, en las pérdidas inesperadas. Es siempre una lucha, hasta
sangrar el propio corazón por temor a ceder a nuestra guerrera voluntad humana. Con qué atención
hay que estar, para que el Querer Supremo tenga siempre su puesto de honor y la supremacía en todo,
y muchas veces la lucha agudiza la pena más que la misma pena”.
Pero mientras pensaba eso, mi amable Jesús se movió en mi interior, diciéndome:
“Hija mía, te equivocas, no fue uno el máximo sacrificio de mi Madre, sino que fueron
tales y tantos cuantos fueron los dolores, penas, circunstancias, situaciones en que estuvo
expuesta su existencia y la mía. Las penas en Ella siempre se duplicaban, porque mis penas
eran para Ella más que si fueran suyas. Y además, mi Sabiduría no cambió de dirección con
mi Madre; en cada pena que tenía que tocarla Yo le preguntaba siempre si quería aceptarla,
para sentirme repetir por Ella aquel ‘Fiat’ en cada pena, en cada circunstancia e incluso en
cada latido suyo. Ese ‘Fiat’ Me resonaba tan dulce, tan suave y armonioso, que quería oírlo
repetir en cada instante de su vida, y por eso le preguntaba siempre: «Mamá, ¿quieres hacer
ésto? ¿Quieres sufrir esta pena?» Y mi ‘Fiat’ le llevaba los mares de los bienes que contiene
y le hacía comprender la intensidad de la pena que aceptaba, y ese comprender con luz divina
lo que tenía que padecer momento por momento le daba un martirio tal, que infinitamente
supera la lucha que sufren las criaturas, pues al no tener Ella el germen de la culpa, no tenía
el germen de la lucha, y mi Voluntad tenía que hallar otra solución para hacer que no fuese
menos que las demás criaturas en el sufrir, porque teniendo que adquirir con justicia el
derecho de Reina de los dolores, debía superar en las penas a todas las criaturas juntas.
¿Y cuántas veces tú misma has probado que, mientras no sentías ninguna lucha, al
hacerte mi Querer comprender las penas a las que te sometía, tú quedabas petrificada por la
fuerza del dolor y, miestras te quedabas deshecha por la pena, tú eras la pequeña corderita
en mis brazos, dispuesta a aceptar otras penas a las que mi Querer hubiese querido someterte?
Ay, ¿no sufrías tú acaso más que por la misma lucha? La lucha es signo de pasiones
vehementes, mientras que mi Voluntad, si da el dolor, da el coraje, y con el conocimiento de
la intensidad de la pena da un mérito, como sólo puede darlo una Voluntad Divina. Por eso,
como hago Yo contigo, que en cada cosa que quiero de tí te pregunto primero si quieres, si
aceptas, así hacía con mi Madre, para que el sacrificio sea siempre nuevo y Me dé ocasión de
conversar con la criatura, de entretenerme con ella, y mi Querer tenga su campo de acción
divina en la voluntad humana”. (19°, 28-4-1926)
91 - Por qué María es antes que Adán y Eva ante Dios:
porque nunca se separó de Dios.
“Hija mía, debes saber que los primeros ante la Majestad Suprema son los que han vivido
en mi Querer, sin salirse nunca de mi Voluntad. Mi Madre vino al mundo después de cuatro
mil años, y sin embargo delante de Dios fue antes que Adán. Sus actos, su amor, estan en el
primer orden de las criaturas, de forma que todos sus actos son antes que todos los actos de
las criaturas, porque Ella fue la más cercana a Dios, vinculada con los lazos más estrechos
de santidad, de unión y de semejanza. Viviendo en nuestro Querer, sus actos se hacían
inseparables de los Nuestros, y lo que es inseparable se hace por eso lo más próximo, como
cosa connatural, a su Creador…” (19°, 6-5-1926)
92 - María es Madre por derecho. Toda la Redención le fue encomendada
y Ella la hizo fructificar.
“Hija mía, mi inseparable Madre, para concebirme a Mí, Verbo Eterno, fue enriquecida con
mares de gracia, de luz y de santidad por la Suprema Majestad, y Ella hizo tales y tantos actos
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de virtud, de amor, di oraciones, de deseos y de ardientes suspiros, que superó todo el amor,
virtudes y actos de todas las generaciones, necesarios para obtener el suspirado Redentor.
Así pues, cuando ví en la Reina Soberana el amor completo de todas las criaturas y de
todos los actos que hacían falta para merecer que el Verbo fuera concebido, y en Ella
encontré la correspondencia del amor de todos, nuestra gloria reintegrada, todos los actos de
los redimidos e e incluso de aquellos a los que mi Redención había de servir de condena por
su ingratitud, entonces mi Amor hizo su último desahogo y Me encarné. Por eso, el derecho
al nombre de Madre es connatural a Ella, es sagrado, porque abrazando todos los actos de
todas las generaciones, sustituyéndose a todos, fue como si los diera a luz a todos, a una
nueva vida, de sus entrañas maternas.
Ahora bien, tú has de saber que cuando hacemos nuestra obra, a la criatura elegida para
eso y a quien es encomendada le tenemos que dar tanto amor, luz y gracia, que pueda darnos
toda la correspondencia y la gloria de la obra que se le ha confiado. Nuestra Potencia y
Sabiduría no se pondrían desde el principio de una obra nuestra en el banco de la criatura si
estuviera en quiebra. De manera que nuestra obra ha de estar segura en la criatura llamada a
ser como acto primero, y Nosotros tenemos que cobrar todos los intereses y la gloria
equivalentes a nuestra obra encomendada. Y aunque luego nuestra obra fuera comunicada a
las demás criaturas y por su ingratitud corriera el peligro de fracasar, para Nosotros es más
tolerable, porque aquella a quien fue encomendada al principio Nos ha hecho cobrar todo el
interés de los fallos de las otras criaturas. Por eso le dimos todo y recibimos todo de Ella,
para que todo el capital de la Redención pudiera permanecer íntegro y por medio suyo
nuestra gloria completada y nuestro amor correspondido.
(…) Y no se trataba de una obra cualquiera, de un pequeño capital, sino de la gran obra de
la Redención y de todo el coste de valor infinito e incalculable del Verbo Eterno. Era obra
única, no se podía repetir una nueva bajada del Verbo Eterno a la tierra y por eso teníamos
que asegurarla en la Soberana Celestial. Y habiéndole encomendado todo y aún la misma
Vida de un Dios, Ella, fiel a Nosotros, tenía que respondernos por todos, hacerse garante y
responsable de esta Vida Divina que se le había confiado, como de hecho hizo.
Pues bien, hija mía, lo que hice y quise de mi Madre Celestial en la gran obra de la
Redención, lo quiero hacer contigo en la gran obra del ‘Fiat’ Supremo. (…) ¿Acaso no soy Yo
dueño de dar lo que quiero? ¿Es que quieres tú poner un un límite a mi obra completa que
quiero encomendarte? ¿Qué dirías tú si mi Madre Celestial hubiera querido aceptar el Verbo
Eterno sin sus bienes y los actos que se necesitaban para poderme concebir? ¿Habría sido
eso verdadero amor e verdadera aceptación? Desde luego que no. ¿Así que tú quisieras mi
Voluntad sin sus obras y sin los actos que le convienen?…” (19°, 18-5-1926)
93 - Cuando María vino al mundo, todas las criaturas
y el Creador tenían los ojos puestos en Ella.
“Hija mía, cuando vino a la luz del día mi Madre y Reina, todos estaban pendientes de Ella
y, como si fuera una sola mirada, todos los ojos se dirigían a la que había de enjugar sus
lágrimas, dándoles la Vida del suspirado Redentor. La Creación entera estaba concentrada en
Ella, sintiendo un honor obedecer a un simple gesto suyo. La misma Divinidad se volcaba
hacia Ella, toda pendiente de Ella, para prepararla y formar en Ella con gracias sorprendentes
el espacio en el que el Verbo Eterno había de bajar para vestirse de humana carne. Así que si
no tuviéramos la capacidad de que mientras obramos, tratamos, hablamos y damos a una
criatura, no descuidamos a los demás, todos Nos habrían dicho: «Dejadnos a nosotros a un
lado, pensad a esa Virgen; dadle todo a Ella, dándole todo, para que haga venir a Aquel en
quien estan nuestras esperanzas, nuestra vida, todo nuestro bien». Por eso aquel tempo, en
que vino a la luz del día la Reina Soberana, se le puede llamar el tiempo de mi Madre…” (19°,
23-5-1926)
94 - María tuvo por gracia la unidad de la luz de la Divina Voluntad:
la Luz plena y jamás interrumpida.
“… Vivir en mi Voluntad es poseer la fuente de la unidad de la luz de mi Voluntad, con
toda la plenitud de los efectos que hay en Ella. Así que en cada acto suyo surge la luz, el
amor, la adoración, etc., que constituyéndose acto por cada acto, amor por cada amor, como
luz solar invade todo, armoniza con todo, reune todo en sí y como rayo refulgente da a su
Creador la correspondencia de todo lo que ha hecho por todas las criaturas y la verdadera
nota de acuerdo entre el Cielo y la tierra.
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(…) La unidad de la luz la poseía Adán antes de pecar, y ya no pudo recuperarla estando
en vida. A él le pasó como a la tierra que gira respecto al sol, que no estando fija, mientras
gira se opone al sol y se forma la noche. Ahora bien, para hacerlo firme de nuevo y poder
sostener así la unidad de esta luz, hacía falta un reparador, que tenía que ser superior a él; se
necesitaba una fuerza divina para enderezarlo: de ahí la necesidad de la Redención.
La unidad de esta Luz la poseía mi Madre Celestial, y por eso, más que el sol puede dar
luz a todos. Entre Ella y la Majestad Suprema nunca hubo noche ni sombra alguna, sino
siempre pleno día, y por eso en cada instante esta unidad de la Luz de mi Querer hacía correr
en Ella toda la Vida Divina, che le daba mares de luz, de alegrías, de felicidad, de conocimientos
divinos, mares de belleza, de gloria, de amor. Y Ella, triunfalmente, llevaba a su
Creador todos esos mares como suyos, para demostrarle su amor, su adoración, y para
hacerle enamorarse de su belleza; y la Divinidad hacía correr otros nuevos mares más bellos.
Ella tenía tanto amor, que como algo natural podía amar por todos, adorar y suplir por todos.
Sus más pequeños actos, hechos en la unidad de esa Luz, eran superiores a los más grandes
actos y a todos los de todas las criaturas juntas; por eso los sacrificios, las obras, el amor de
todas las demás criaturas, puede decirse que son pequeñas llamitas comparadas con el sol,
gotitas de agua respecto al mar, si se comparan con los actos de la Reina Soberana. Y por
eso Ella, en virtud de la unidad de esta luz del Supremo Querer, triunfó en todo, venció a su
mismo Creador y Lo hizo prisionero en su seno materno. Ah, sólo la unidad de esta luz de mi
Querer, que poseía Aquella que imperaba sobre todo, pudo hacer este prodigio jamás
ocurrido, que le suministraba los actos dignos de este Prisionero Divino.
Adán, al perder esta unidad de la Luz, volcó y formó la noche, las debilidades, las pasiones,
para él y para las generaciones. Esta Virgen excelsa, con no hacer nunca su voluntad, se
mantuvo siempre derecha delante del Sol Eterno, y por eso para Ella siempre fue de día e hizo
nacer el día del Sol de Justicia para todas las generaciones. Si esta Virgen Reina no hubiera
hecho más que conservar en el fondo de su alma inmaculada la unidad de la Luz del Eterno
Querer, habría bastado para devolvernos la gloria de todos, los actos de todos y la correspondencia
de amor de toda la Creación. La Divinidad, por medio suyo, en virtud de mi
Voluntad, sintió que volvían a Ella las alegrías y la felicidad que había establecido recibir por
medio de la Creación. Por eso Ella puede llamarse la Reina, la Madre, la fundadora, la base y
el espejo de mi Voluntad, en el que todos pueden mirarse para recibir de Ella su Vida”. (…)
“Hija mía, Adán en el estado de inocencia y mi Madre Celestial poseían la unidad de la Luz
de mi Voluntad, no por sí mismos, sino comunicada por Dios, mientras que mi Humanidad la
poseía por propia capacidad, porque en Ella no sólo estaba la unidad de la Luz del Supremo
Querer, sino que estaba el Verbo Eterno y, siendo Yo inseparable del Padre y del Espíritu
Santo, sucedió la verdadera y perfecta bilocación, pues mientras permanecí en el Cielo baje al
seno de mi Madre, y siendo el Padre y el Espíritu Santo inseparables de Mí, también Ellos
descendieron conmigo a la vez que permanecieron en las alturas de los Cielos”. (…)
“Hija mía, el Padre y el Espíritu Santo, siendo inseparables de Mí, bajaron conmigo y Yo
Me quedé con Ellos en los Cielos, pero la tarea de satisfacer, de padecer y de redimir al
hombre fue tomada por Mí. Yo, Hijo del Padre, Me encargué de pacificar a Dios con el hombre.
Nuestra Divinidad era intangible e incapaz de padecer la mínima pena. Fue mi Humanidad,
inseparablemente unita a las Tres Divinas Personas, la que dándose en poder de la Divinidad
padecía penas inauditas, satisfacía de modo divino. Y como mi Humanidad no sólo poseía la
plenitud de mi Voluntad como suya propia, sino el mismo Verbo y, como consecuencia de la
inseparabilidad, el Padre y el Espíritu Santo, superó por tanto de un modo aún más perfecto
tanto Adán inocente como mi misma Madre, ya que en ellos era gracia, en Mí era naturaleza.
Ellos tenía que obtener de Dios la luz, la gracia, el poder, la belleza; en Mí estaba la fuente de
donde surgía la luz, la belleza, la gracia, etc., por lo que era tanta la diferencia entre Mí, que
era naturaleza, y mi misma Madre, que era gracia, que Ella quedaba eclipsada ante mi
Divinidad…” (19°, 31-5-1926)
95 - Para hacer la Redención Jesús necesitó una Madre Virgen
en la que reinase la Divina Voluntad.
“Hija mía, todo estaba establecido, la época y el tiempo, tanto de la Redención como el de
dar a conocer mi Voluntad sobre la tierra para que reine. Estaba establecido que mi
Redención tenía que servir como medio y ayuda. Ella no había sido el principio del hombre,
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sino que surgió como medio despues de que el hombre se alejó de su principio. Por el
contrario, mi Voluntad fue el principio del hombre y el fin en el que se ha de encerrar. Todas
las cosas tienen su principio a partir de mi Voluntad y todo debe volver a Ella, y si no todas
en el tiempo, en la eternidad nadie se le podrá escapar, por lo cual, también por este motivo,
el primado es siempre de mi Voluntad.
Pues bien, para formar la Redención Yo tenía necesidad de una Madre Virgen, concebida
sin la sombra de la mancha original, pues teniendo que vestirme de humana carne, era
decoroso para Mí, Verbo Eterno, que no recibiera una sangre infecta para formar mi Stma.
Humanidad.
Ahora, para hacer conocer mi Voluntad para que reine, no hace falta que Yo Me forme una
segunda madre según el orden natural, sino más bien Me hace falta una segunda madre
según el orden de la gracia, pues para hacer que reine mi Voluntad no necesito otra Humanidad,
sino dar tales conocimientos de Ella, que las criaturas, atraídas por sus prodigios, por
su belleza y santidad y por el bien grandísimo que deriva para ellas, puedan con todo amor
someterse a su dominio. Por eso, eligiéndote para la misión de mi Querer, según el orden
natural te he tomado de la estirpe común, pero por decoro de mi Voluntad, según el orden de
la gracia, Te tenía que elevar tanto, que en tu alma no quedara ninguna sombra infecta, por la
cual mi Voluntad pudiera sentir repugnancia a reinar en tí. Como hacía falta la sangre pura de
la Virgen Inmaculada para formar mi Humanidad, para poder redimir al hombre, así hacía falta
la pureza, el candor, la santidad, la belleza de tu alma para poder formar en tí la Vida de mi
Voluntad. Y como con haber formado mi Humanidad en el seno della mi Madre, esta
Humanidad se dió a todos –se entiende, a aquellos que Me quieren– como medio de
salvación, de luz, de santidad, así esta vida de mi Voluntad formada en tí se dará a todos,
para darse a conocer y tomar su dominio. Si hubiese querido liberarte de la mancha de
origen, como a mi Madre Celestial, para hacer que mi Voluntad tuviese vida en tí, nadie se
habría procupado de que mi Querer reinase en él; habrían dicho: «Hace falta ser una segunda
madre de Jesús, tener sus privilegios, para hacer que reine la vida de la Voluntad Suprema en
nosotros». Por el contrario, conociendo que eres una de su estirpe, concebida como ellos,
queriéndolo, también ellos con la ayuda de su buena voluntad podrán conocer la Voluntad
Suprema, lo que tienen que hacer para que reine en ellos, el bien que supone para ellos, la
felicidad terrestre y celestial preparada de modo diferente para los que hagan reinar mi
Voluntad…” (19°,6-6-1926)
96 - Turbación de María al darse cuenta de lo que el Todo quería hacer en su nada.
“… Veo que tu nada siente el peso del Todo, porque cuanto más te elevo íntimamente a Mí
y te hago conocer lo que el Todo quiere hacer en tu nada, tanto más sientes tu nulidad y casi
asustada, aplastada bajo el Todo, quisieras escapar de tener que manifestar, y más aún poner
por escrito, lo que el Todo quiere hacer de esta nada; a mayor motivo que, por mucha
repugnancia que tú sientas, Yo venzo siempre y te hago hacer lo que quiero.
Eso le pasó también a mi Madre Celestial cuando le fue dicho: «Te saludo, María, llena de
Gracia. Tú has de concebir al Hijo de Dios». Al oir eso Ella se asustó, tembló y dijo: «¿Cómo
puede ocurrir eso?» Pero acabó diciendo: «Fiat mihi secundum verbum tuum» («hágase en
mí según tu palabra»). Ella sintió todo el peso del Todo sobre su nada y naturalmente se
asustó. Así que cuando te manifiesto lo que quiero hacer de tí y tu nada se asusta, veo
repetirse el susto de la Reina Soberana, y Yo, compadeciéndote, animo a tu nada, la refuerzo,
para que pueda resistir sosteniendo el Todo. Por eso no te preocupes, sino piensa más bien
en hacer que actúe el Todo en tí”.
97 - Los actos de María son inseparables de lo que hace Dios:
en la tierra salvan y en el Cielo felicitan y glorifican a todos.
“Hija mía, amo tanto los actos hechos en mi Querer, que Yo mismo Me encargo de
custodiarlos en la unidad de mi Luz suprema, de forma que los hago inseparables de Mí y de
mis mismos actos. (…)
Eso sucedió con mi Madre y Reina. Ella obró siempre en la unidad de la Luz del Querer
Supremo. Todos sus actos, su papel de Madre, sus derechos de Reina, permanecieron
inseparables de su Creador; tan es así, que la Divinidad, cuando hace salir los actos de la
bienaventuranza para hacer felíz a toda la Patria Celestial, hace salir a la vez todos los actos
de la Madre Celestial, así que todos los Santos no sólo se sienten inundados por nuestras
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dichas y alegrías, sino también son inundados por el amor materno de su Madre, por la gloria
de su Reina y por todos sus actos convertidos en gozos para toda la Jerusalén Celestial. Así
que todas las fibras de su Corazón materno aman con amor de Madre a todos los hijos de la
Patria Celestial, haciendo partícipes a todos de sus alegrías de Madre y de su gloria de Reina.
Por tanto Ella fue Madre de amor y de dolor en la tierra para sus hijos, que le costaron tanto
como le costó la vida de su Hijo y Dios, y en virtud de la unidad de la Luz del Querer Supremo
que poseía, sus actos se hicieron inseparables de los nuestros. En el Cielo es Madre de amor,
de alegrías y de gloria para todos sus hijos celestiales, por lo cual todos los Santos tienen un
amor mayor y nueva gloria y alegrías gracias a su Madre y Reina Soberana. Por eso tanto
amo a quien vive en mi Voluntad, que Me abajo hasta ella para hacer juntos lo que ella hace,
para elevarla hasta el seno del Eterno, para hacer que sea uno su acto y el de su Creador”.
(…) “Mientras estuve con mi Madre en la vida oculta en Nazaret, todo callaba a mi
alrededor, si bien este estar oculto con la Reina Celestial sirvió admirablemente para formar
la sustancia de la Redención y poder anunciar que ya estaba en medio de ellos. ¿Pero cuándo
se comunicaron sus frutos a las gentes? Cuando salí en público, Me dí a conocer y les hablé
con la potencia de mi palabra creadora. Y como todo lo que hice y dije se divulgó y se sigue
divulgando entre las gentes, aspi los frutos de la Redención tuvieron y tienen sus efectos …”
(19°, 15-6-1926)
98 - María puso a salvo en Ella el fruto pleno de la Vida,
Pasión y Muerte de Jesús, para darlo a todos.
“Fue tanto mi dolor, que mi Humanidad giemente estaba a punto de sucumbir y dar su
último respiro, pero mientras moría, la Voluntad Suprema con su omnividencia hizo presentes
a mi Humanidad moribunda todos aquellos que habrían hecho reinar en sí, con dominio
absoluto, el Eterno Querer, los cuales habrían tomado el fruto completo de mi Pasión y
Muerte, entre quienes estaba, a la cabeza, mi Madre querida. Ella se hizo cargo del depósito
de todos mis bienes y de los frutos que hay en mi Vida, Pasión y Muerte. Ni siquiera dejó que
se perdiera un respiro mío, cuyo precioso fruto no custodiara. De Ella habían de ser transmitidos
a la pequeña recién nacida de mi Voluntad y a todos aquellos en quienes el Supremo
Querer habría formado su vida y su Reino. Cuando mi Humanidad agonizante vió a salvo y
asegurado el fruto completo de mi Vida, Pasión y Muerte, pude proseguir y terminar el curso
de mi dolorosa Pasión…”
“Hija mía, mi Madre Celestial pudo darme a los demás porque Me concibió en sí misma,
Me hizo crecer y Me alimentó. Nadie puede dar lo que no tiene, y si Me dió a las otras
criaturas era porque Me poseía”. (19°, 20-6-1926)
99 - María obró en modo universal y por todos ante Dios,
y por eso los ha concebido en su Corazón.
“… Como hija nuestra debes defender los derechos de la Reina Soberana. Ella obró de un
modo universal y por eso tuvo un amor, una gloria, una plegaria, una riparación, un dolor por
su Creador y por todas y cada una de las criaturas. Ella no se dejó escapar ningún acto que
las criaturas debían a su Creador y, encerrando a todos en su materno Corazón, amaba de un
modo universal a todos y a cada uno, de manera que en Ella encontramos toda nuestra gloria,
no Nos negó nada, no sólo lo que a Ella directamente le tocaba darnos, sino que Nos dió lo
que las demás criaturas Nos negaron. Y para hacer de Madre magnánima, amorosísima, que
apasionadamente quiere a sus hijos, los engendró a todos en su doloroso Corazón, cada
fibra del cual era un dolor que la traspasaba y en el cual daba la vida a cada hijo suyo, hasta
llegar al golpe fatal de la muerte de su Hijo y Dios. El dolor de esta muerte selló la regeneración
de la vida a los nuevos hijos de esta Madre dolorosa.
Pues bien, una Virgen Reina, que tanto Nos ha amado y defendido todos nuestros derechos,
una Madre tan tierna que tuvo amor y dolor por todos, merece que nuestra pequeña
recién nacida de nuestro Supremo Querer la ame por todos, le corresponda por todo y que,
abrazando todos sus actos en nuestro Querer, tú pongas en tuyo unido al suyo, pues Ella es
inseparable de Nosotros, su gloria es nuestra, la nuestra es la suya, a mayor razón que
nuestro Querer pone todo en común”. (…)
“Hija mía, mi Querer contiene todo, y conserva celosamente todos sus actos como si
fueran uno solo. Así conserva todos los actos de la Reina Soberana, como si todos fueran
suyos, porque Ella hizo todo en mi Querer. Por tanto, mi mismo Querer te los hará presentes.
Ahora bien, tú has de saber que quien ha hecho tanto bien a todos y ha amado a todos, que
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ha obrado de un modo universal por Dios y por todos, con justicia tiene derecho a todo y
sobre todos. Obrar de modo universal es el modo divino, y mi Madre Celestial pudo obrar con
los modos de su Creador porque poseía el Reino de nuestra Voluntad. Ahora Ella, habiendo
operado en nuestro Querer Supremo tiene los derechos de las propiedades que formó en
nuestro Reino; ¿y quién podrá corresponderle sino quien vive en el mismo Reino? Porque
sólo en este Reino está el obrar universal, el amor que ama a todos, que abraza todo y al que
nada se le escapa... Por eso todos esperan de tí; también mi Madre quiere la correspondencia
del amor universal con que amó a todas las generaciones. Y a tí, en cambio, en la Patria
Celestial te corresponderá la gloria universal, herencia únicamente de quien habrá poseído el
Reino de mi Voluntad en la tierra”. (19°, 26-6-1926)
100 - La plena luz del Querer Divino daba a María
todas las penas de la Redención: la Corredentora.
“… Para formar el reino de la Redención, la que más se dintinguió en el padecer fue mi
Madre, y aunque aparentemente Ella no sufrió ninguna pena conocida por las otras criaturas,
excepto mi muerte, que todos conocieron, la cual fue para su materno Corazón el golpe fatal,
más desgarrador que cualquier muerte dolorosísima, al poseer Ella la unidad de la Luz de mi
Querer, esa Luz llevaba a su Corazón traspasado no sólo las siete espadas que dice la Iglesia,
sino todas las espadas, las lanzas, las heridas de todas las culpas y penas de las criaturas,
que martirizaban de un modo lacerante su materno Corazón. Pero eso aún no es nada: esa
Luz le llevaba todas mis penas, mis humillaciones, mis amarguras, mis espinas, mis clavos,
las penas más íntimas de mi Corazón. El Corazón de mi Madre era el verdadero sol, cuya luz,
mientras se ve sólo luz, contiene todos los bienes y efectos que recibe y posee la tierra, por
lo que puede decirse que la tierra está contenida en el sol. Así la Reina Soberana, se veía sólo
su persona, pero la luz de mi Supremo Querer le hacía tener en Ella todas las penas posibles
e imaginables, y cuanto más íntimas y desconocidas, tanto más preciosas y potentes ante el
Corazón Divino para obtener el suspirado Redentor, y más que luz solar bajaban a los
corazones de las criaturas para conquistarlos y vincularlos al reino de la Redención.
De manera que la Iglesia, de las penas de la Celestial Soberana sabe tan poco, que se
puede decir que conoce sólo las penas que aparecen, y por eso dá el número de siete
espadas, pero si supiera que su materno Corazón era el refugio, el depósito de todas las
penas, y que la luz de mi Voluntad le llevaba todo y nada le ahorraba, no diría siete espadas,
sino millones de espadas, a mayor razón que, siendo penas íntimas, sólo Dios conoce la
intensidad del dolor, y por eso fue constituida con derecho Reina de los mártires y de todos
los dolores. Las criaturas saben dar peso y valor a las penas exteriores, pero de las penas
interiores no entienden ni saben dar el justo precio.
Ahora bien, para formar primero en mi Madre el Reino de mi Voluntad y luego el de la
Redención, no hacían falta tantas penas, ya que no teniendo ninguna culpa, la herencia de las
penas no era para Ella, su herencia era el Reino de mi Voluntad; pero para dar el Reino de la
Redención a las criaturas, tuvo que someterse a tantas penas. Así que los frutos de la
Redención maduraron en el Reino de mi Voluntad, que mi Madre y Yo poseíamos. No hay
cosa bella, buena y útil que no salga de mi Voluntad.
Y unida a la Reina Soberana vino mi Humanidad. Ella quedó escondida en Mí, en mis
dolores, en mis penas; por eso poco se ha conocido de Ella, pero de mi Humanidad fue
necesario que se supiera lo que Yo hice, cuánto padecí y cuánto amé. Si no se supiera nada,
no podría formar el reino de la Redención. El conocimiento de mis penas y de mi amor atrae y
empuja, da ánimo y luz para atraer a las almas, a que tomen los remedios, los bienes que hay
en mi Redención; el saber cuánto Me cuestan sus culpas, su salvación, es cadena que las ata
a Mí y que impide nuevas culpas. Pero si nada hubieran sabido de mis penas y de mi muerte,
no conociendo cuánto Me ha costado su salvación, nadie se preocuparía de amarme y de
salvar su alma. Ya ves lo necesario que es hacer que se conozca cuánto ha hecho y padecido
Aquel o Aquella que ha formado en sí un bien universal para darlo a los demás.
Pues bien, hija mía, como fue necesario dar a conocer quienes fueron Ellos y cuánto les
costó formar el reino de la Redención, así es necesario hacer que antes se conozca aquella
que mi paterna bondad ha elegido para formar en ella el Reino del ‘Fiat’ Supremo, y después
empezar a comunicarlo a los demás. Como fue de la Redención, que primero fue formada
entre mi Madre Celestial y Yo, y luego fue conocida por las criaturas, así será del ‘Fiat’
Supremo...” (19°, 11-7-1926)
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101 - Dios preparó a María sin que Ella supera que sería su Madre
y a su debido tiempo se lo manifestó.
“… Si hubiese querido manifestar el Reino de mi Voluntad cuando vine a la tierra, o antes
que los bienes de la Redención fuesen reconocidos y en gran parte poseídos por las
criaturas, mis Santos más grandes se habrían asustado. Todos habrían pensado y dicho:
«Adán, que era inocente y santo, no supo vivir ni perseverar en este Reino de luz interminable
y de santidad divina; ¿cómo vamos a poder nosotros?» Y tú, la primera, ¿cuántas veces no te
has asustado? Y temblando ante los bienes inmensos y la santidad totalmente divina del
Reino del ‘Fiat’ Supremo, te querías echar atrás, diciéndome: «Jesús, piensa en alguna otra
criatura, yo soy incapaz». No te asustó tanto el sufrir, al contrario, muchas veces Me has
pedido e incitado a que te concediera sufrir. Y por eso, la mía más que paterna bondad [te ha
hecho a tí] como a una segunda Madre mía, a la cual tuve oculto que había de encarnarme en
su seno. Antes la preparé, la formé, para no asustarla, y cuando llegó el tiempo oportuno,
precisamente en el acto en que Yo tenía que ser concebido, entonces se lo hice saber por
medio del Angel; y aunque al principio tembló y se turbó, enseguida se tranquilizó, porque
estaba acostumbrada a vivir con su Dios, en medio de su Luz y en presencia de su
Santidad…” (19°, 18-7-1926)
102 - Mientras Jesús y María vivieron en la tierra,
en toda la Creación resonaban sus actos divinos.
“… Hija mía, tú has de saber que mientras estuvo mi Humanidad en la tierra, como
también mientras estuvo la Reina Soberana, en la Creación no hubo soledad ni silencio
sepulcral, porque en virtud de la luz de la Voluntad Divina, dondequiera que estaba, como luz
se extendía, difundiéndose en todo, se multiplicaba en todas las cosas creadas y mi acto se
repetía en todas partes, porque una era la voluntad…” (19°, 29-7-1926)
103 - María fue inseparable de Jesús, pero muchas veces
se sintió privada de El, en estado de pura fe.
“¡Qué dura es la privación de mi dulce Jesús! Se siente la verdadera muerte del alma, y sucede
como al cuerpo cuando se va el alma, que aunque tiene los mismos miembros, están sin vida, inertes,
sin movimiento y no valen nada. Lo mismo me parece mi pequeña alma sin Jesús: posee las mismas
facultades, pero vacías de vida. Yéndose Jesús, se acaba la vida, el movimiento, el calor, y por eso la
pena es cruel, indescriptible e incomparable a cualquier otra pena. Ah, la Madre Celestial no sufrió
esta pena, porque su santidad la hacía inseparable de Jesús y por eso nunca estuvo privada de El”.
“Hija mía, te equivocas; la privación de Mí no es separación, sino dolor, y tú tienes razón
cuando dices que es más que mortal, un dolor que tiene el poder, no de separar, sino de
reforzar con lazos más fuertes y más estables la unión inseparable conmigo. (…)
Y luego, no es verdad que la Reina Soberana no estuvo nunca privada de Mí; separada
jamás, pero privada sí, lo cual no perjudicaba la altura de su santidad, sino que la aumentaba.
Cuántas veces la dejé en estado de pura fe, porque teniendo que ser la Reina de los dolores y
la Madre de todos los vivientes, no podía faltarle el adorno más bello, la perla más fúlgida,
que le daba la característica de Reina de los mártires y Madre Soberana de todos los dolores.
Esta pena de quedarse en la pura fe la preparó a recibir el depósito de mis enseñanzas, el
tesoro de los sacramentos y todos los bienes de mi Redención, ya que mi privación, siendo la
pena más grande, pone al alma en condiciones de ser la depositaria de los dones más
grandes de su Creador, de sus conocimientos más altos y de sus secretos. ¿Cuántas veces
no lo he hecho contigo? Después de una privación mía te he manifestado los conocimientos
más altos sobre mi Voluntad, y con eso te hacía depositaria, no sólo de sus conocimientos,
sino de mi misma Voluntad.
Y además, la Reina Soberana como Madre debía poseer todos los estados del alma,
incluso el estado de pura fe, para poder dar a sus hijos esa fe inquebrantable que les hace
capaces de dar la sangre y la vida por defender y testimoniar la fe. Si no hubiera poseído este
don de la fe, ¿cómo habría podido darlo a sus hijos?”
“… Quien ha de ser la cabeza conviene que sufra, que trabaje y que haga él solo todo lo
que harán los demás juntos. Es lo que hice Yo, siendo la cabeza de la Redención: puedo decir
que hice todo por amor a todos, para darles la vida y ponerlos a todos a salvo. Como también
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la Virgen Inmaculada, por ser Madre y Reina de todos, ¿cuánto sufrió? ¿Cuánto amó e hizo
por todas las criaturas? Nadie puede decir que nos iguala, tanto en el padecer como en el
amar; a lo sumo se Nos parecen en parte, pero igualarnos, nadie. Pero al estar a la cabeza de
todos, tanto Yo cuanto la Reina Soberana, conteníamos todas las gracias y todos los bienes,
teníamos la fuerza en nuestro poder, el dominio era nuestro, Cielo y tierra obedecían a un
simple gesto nuestro y temblaban ante nuestra potencia y santidad. Los redimidos han tomado
nuestras migajas y han comido nuestros frutos, se han curado con nuestros remedios, se
han fortalecido con nuestros ejemplos, han aprendido nuestras lecciones, han resucitado a
costa de nuestra vida y, si han sido glorificados, ha sido gracias a nuestra gloria, pero el
poder es siempre nuestro, la fuente viva de todos los bienes brota siempre de Nosotros; tan
cierto es que, si los redimidos se alejan de Nosotros, pierden todos los bienes y se vuelven
enfermos y pobres más que antes. Esto es lo que significa estar a la cabeza. Es verdad que
se sufre mucho, que se trabaja tanto, que hay que preparar el bien para todos, pero todo lo
que se posee supera todo y a todos. Hay tanta distancia entre quien está a la cabeza de una
misión y quien ha de ser miembro, que se puede comparar el que es cabeza al sol, y el
miembro a la pequeña luz…” (19°, 22-8-1926)
104 - Para obtener el Redentor hizo falta el ardiente deseo
de todos y por último de la Stma. Virgen.
“… Esto pasó en la Redención: su nuestra Justicia no hubiera encontrado las oraciones,
los suspiros, las lágrimas, las penitencias de los patriarcas, de los profetas y de todos los
buenos del Antiguo Testamento, y luego una Virgen Reina, que poseía íntegra nuestra
Voluntad, que hizo todo suyo con tantas plegarias insistentes, asumiendo Ella toda la tarea
de dar satisfacción por todo el género humano, nuestra Justicia jamás habría consentido a la
venida del suspirado Redentor en medio de las criaturas. Habría sido inexorable y habría
dicho un no tajante a mi venida a la tierra…” (19°, 13-9-1926)
105 - El reino de la Redención, antes de darse a las criaturas,
fue formado entre Jesús y María.
“Hija mía, este Reino del ‘Fiat’ Supremo antes tiene que fundarse, formarse, y madurar
bien entre tú y Yo, y luego se ha de transmitir a las criaturas. Así fue entre la Virgen y Yo:
primero Me formé en Ella, creí en su seno, Mi alimentó a su pecho, vivimos juntos para formar
entre los dos, de tú a tú, como si nadie más existiera, el reino de la Redención, y después fue
transmitida a las demás criaturas mi misma Vida y los frutos de la Redención que mi Vida
contenía. Así será del ‘Fiat’ Supremo: primero lo haremos entre nosotros dos solos, de tú a
tú, y cuando esté formado Me encargaré Yo de cómo transmitirlo a las criaturas…” (19°, 15-9-
1926)
LA STMA. VIRGEN EN LOS ESCRITOS DE LUISA PICCARRETA
INDICE
(Volúmenes)

El Reino de la paz se halla en el Corazón de María.
La fiesta de la Asunción en el Cielo (I) y el “Ave María”.
Lo que Jesús es por naturaleza propia, María lo es por gracia.
El Corazón de María y el Corazón de Jesús.
La aflicción de María.
El Nacimiento de Jesús.
El prodigio de vivir con el Divino Niño.
El motivo de la aflicción de María.
El secreto de María.
La Stma. Trinidad y María.
Los dolores de María se han convertido en gracia y gloria para todos.
“El Señor es contigo”
La adoración de María en su encuentro con Jesús en la Vía Dolorosa.
Los siete dolores de María son siete canales de Gracia para todos.
En la Pasión, Jesús le daba todo a su Madre y María le daba todo a su Hijo.
Cómo podemos participar en los bienes y méritos de los siete dolores de María.
La única intención de María el día de la Pasión.

María fue el punto de partida de la obra del Redentor, porque Lo poseía por entero.
La Inmaculada Concepción (III). La prueba de María desde el primer instante de su
concepción.
Abrazar todo y poder dar todo a todos es sólo de María. Toda la Iglesia depende de Ella.
María tiene la misión única de Madre de Dios y el oficio de Corredentora y Madre nuestra.
La Maternidad de María representa la Paternidad del Padre Celestial y posee su
Omnipotencia.
Jesús trató la Redención sólo con María y después de hacer todo en Ella se dió a los demás.
Toda la gloria de María como Madre y Reina procede del “Fiat”, y así será para la Iglesia.
La Stma. Virgen llenó cielos y tierra del amor, de la gloria y del agradecimiento que todos
deben a Dios.
La Asunción de María (II) fue el triunfo y la fiesta de la Divina Voluntad.
La verdadera muerte de María: entregó su voluntad como muerta en manos de Dios.
Todo lo que María hizo por Jesús lo ha hecho a los que viven en la Divina Voluntad.
La Stma. Virgen completó todos los actos buenos y santos del Antiguo Testamento,
necesarios para preparar y obtener la venida del Redentor.
El Corazón materno de María quedaba traspasado al ver el dolor de Jesús.
De María se ha sabido sólo lo necesario para la Redención: que el Hijo de Dios era su Hijo.
En el juego de amor con Dios, María perdió su voluntad y ganó la Voluntad Divina.
La Stma. Virgen es la recién nacida de la Divina Voluntad en el tiempo: por eso hizo todo y
obtuvo todo.
María fue concebida Inmaculada y Llena de Gracia porque tenía que ser la Madre de Dios.
El fin primario de todo lo que Jesús y María hicieron en la Redención fue obtener el Reino
de la Divina Voluntad en la tierra.
María pudo concebir al Verbo solamente porque poseía el D. Querer como vida propia.
Viviendo en el Querer Divino, María tomaba todo de Dios para darle en modo divino todo
y por todos.
La Divina Voluntad siempre ha tenido plenitud de vida en María: por eso Ella es la nueva
Creación. El sacrificio supremo de María fue continuo: su “Fiat” con pleno conocimiento
y en cada cosa.
Por qué María fue antes que Adán y Eva ante Dios: porque nunca se separó de Dios.
María es Madre por derecho. Toda la Redención le fue encomendada y Ella la hizo
fructificar.
Cuando María vino al mundo, todas las criaturas y el Creador tenían los ojos puestos en
Ella. María tuvo por gracia la unidad de la luz de la Divina Voluntad: la Luz plena y
jamás interrumpida.
Para hacer la Redención Jesús necesitó una Madre Virgen en la que reinase la D. Voluntad.
Turbación de María al darse cuenta de lo que el Todo quería hacer en su nada. Los actos
de María son inseparables de lo que hace Dios: en la tierra salvan y en el Cielo felicitan y
glorifican a todos.
María puso a salvo en Ella el fruto pleno de la Vida, Pasión y Muerte de Jesús, para darlo a
todos.
María obró en modo universal y por todos ante Dios, y por eso los ha concebido en su
Corazón.
La plena luz del D. Querer daba a María todas las penas de la Redención: la Corredentora.
Dios preparó a María sin que Ella supera que sería su Madre y a su debido tiempo se lo
manifestó.
Mientras Jesús y María vivieron en la tierra, en toda la Creación resonaban sus actos
divinos.
María fue inseparable de Jesús, pero muchas veces se sintió privada de El, en estado de
pura fe.
Para obtener el Redentor hizo falta el ardiente deseo de todos y por último de la Stma.
Virgen.
El reino de la Redención, antes de darse a las criaturas, fue formado entre Jesús y María

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